O los Chikos del maíz de Pablo Iglesias eran muy malos, o las denuncias falsas no eran un invento fascista

Un nuevo escándalo sexual salpica al entorno de Podemos y Pablo Iglesias. En aquel núcleo inicial de Podemos, aparte del “soviet de la Complu” y el grupo político que rodeaba a Iglesias, Errejón y Monedero, había toda una pequeña corte de proxys que derivaban de los medios controlados por la extrema izquierda, que desfilaban por las tertulias iraníes en La Tuerka, o que rellenaban los espacios de ocio y el programa cultural del movimiento a través de la música.

En este marco ocupaba un puesto principal un grupo de rap valenciano llamado los Chikos del maíz, al que Pablo Iglesias con su aparato mediático constantemente promocionaba. Se podía decir que se trataba del grupo de música de cabecera de Podemos. Las letras de las canciones de este grupo musical se encuentran llenas de ideología ultra y violencia del siguiente tenor, que naturalmente no es discurso del hodio por alguna extraña razón.

Es necesario que vuelva Lenin,
Que construyan otro muro en Berlín
Que la historia no llegó a su fin
Y que disparen sobre Leire Pajín

El caso es que predicar la nostalgia soviética o la muerte de Leire Pajín puede pasar, pero lo que ha aflorado ahora es que el líder de los Chicos del maíz habría sido uno de los acusados de comportamientos sexuales inapropiados en la larga lista de denuncias publicada por Cristina Fallarás. La lista de Fallarás se encuentra por ejemplo en el origen de la caída de Inigo Errejón.

No sólo eso, también han aflorado unos audios del cantante respondiendo a la denuncia, asegurando que la lista de Fallarás es un despropósito, que no se pueden aceptar testimonios y denuncias sin corroborar, que si todo es agresión sexual nada es agresión sexual… Es decir, que el cantante del maíz viene a abrazar súbitamente el discurso de la extrema derecha nazi que defiende el principio de la presunción de inocencia o la existencia de denuncias falsas. Eso sí, el cantante abraza el discurso del sentido común a micrófono cerrado y en una conversación particular, no de cara a la galería, y lo hace mientras de cara al exterior sigue defendiendo cobardemente los mismos mantras suicidas del feminismo radical. O a lo mejor pretende que esos mantras se les apliquen a todos los demás menos a él, como le ha sucedido a Errejón.

El caso es que Los niños del maíz no parecen una excepción, sino que todo el universo izquierdista puede implosionar a causa del monstruo que ellos mismos han creado. Lo disparatado del discurso que defienden en público tampoco es una excepción, casi todos los hombres de la izquierda reconocen en privado que efectivamente hay denuncias ciertas y falsas y que no se puede liquidar el principio de presunción de inocencia. Lo que sucede es que en vez de reconocer el disparate y cambiar el discurso, milagro imposible en la izquierda, la alternativa es aplicar una doble vara de medir y decir una cosa en privado y otra distinta en público. Lo malo para el señor del maíz es que a él le han grabado, o que ha cambiado de discurso al ser acusado.

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