Discutir al Papa y obedecer a los políticos

No tiene sentido entrar en la discusión de si el Papa congregó en Madrid a 1,2 o a 1,1 millones de personas para una misa. En cualquier caso era una multitud. Si en estos tiempos que corren no es noticia que semejante gentío acuda a una misa nada lo es. ¿Quién tiene por otro lado tal poder de movilización? A lo mejor es que los cristianos se encuentran tan invisibilizados todo el resto del año que resulta así de sorprendente que de pronto puedan organizar un evento tan masivo, pero ahí están sin embargo. Es quizá la misma gente que acude en masa a las procesiones de Semana Santa, pero que nos dicen que en realidad no son cristianos, sino meros amantes del folclore. Igual también han acudido a la misa del Papa o a la Vigilia por amor al folclore y los rituales.

Por lo que se refiere al Papa conviene ser cauteloso respecto a lo que se supone que dice o no dice. Así, por ejemplo, según El País el Papa salió del avión lanzando proclamas contra la extrema derecha aún antes de terminar de bajar la escalerilla. En los discursos que ha pronunciado el Papa, sin embargo, no hay mención expresa alguna en particular contra la extrema derecha o la extrema izquierda. El Papa no ha utilizado en ningún momento esta expresión. Sí que ha invitado en cambio a “abandonar las narrativas divisivas y polarizantes”, lo cual es aplicable a todos los partidos. El Papa también ha dicho que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”. Esta es la realidad del Papa, no que bajó del avión con un bate en la mano para “reventar a la derecha” a golpes en la calle junto a Ione Belarra. El cristianismo va de amar a la gente, no de reventar a la gente.

Entre lo que el Papa sí ha dicho, concretamente hoy mismo en el Congreso de los Diputados, es que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Efectivamente esto ha sido así para el catolicismo desde siempre y para el laicismo como mínimo desde los juicios de Nuremberg a los nazis: la dignidad humana no puede quedar deslegitimada por un parlamento, sino que es el parlamento el que se deslegitima cuando atropella la dignidad humana. El Papa ha denunciado a continuación la “cultura del descarte” y ha advertido que “si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás”?

El Papa no ha dejado de subrayar ante los diputados la importancia fundamental de la familia: “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”, el espacio en que “se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”.

León XIV ha reconocido asimismo la importancia fundamental de las instituciones educativas, pero recordando el «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas».

No ha faltado entre las cosas que ha dicho el Papa una referencia y de hecho una advertencia respecto a la inteligencia artificial, objeto de su última encíclica: “Como he recordado en mi reciente Encíclica, la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”. Puro sentido común. Además el Papa es sutil y cabe entender que avisa tanto contra los “tecnoligarcas” como contra los “tecnoburócratas”, denunciando ese este falso dilema que en realidad serían dos amenazas distintas.

Por supuesto el Papa también ha hablado de inmigración. No sólo de inmigración, como algunos pretenden, ni diciendo sólo lo que algunos quieren oír, pero naturalmente que ha hablado de inmigración: “la situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida”. Podríamos traer a colación, a este respecto, también la frase de que “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Esta frase por otra parte se encuentra en el kilómetro cero del cristianismo y la predicación de Jesús. Ahora bien, ¿es un simplista León XIV respecto a la inmigración como algunos pretenden convertirlo? La duda se resuelve atendiendo a todo lo que dice el Papa y no sólo a una parte de su discurso.

Obviamente el sufrimiento humano no puede ser indiferente a los cristianos, pero cómo atender ese sufrimiento es un asunto complejo. Esto lo asume el propio Papa cuando, junto a todo lo anterior, también dice que: “creo que un estado tiene derecho a poner reglas en sus fronteras” y que “no digo que todos deban entrar sin un orden, creando a veces en los lugares a los que van situaciones más injustas que las que han dejado atrás”. En este sentido el Papa apunta cuando habla de inmigración, y también lo ha hecho ahora en su visita, que el problema tiene una vertiente en destino pero asimismo en origen. Naturalmente esto también es problemático. ¿Cómo arreglar el problema en origen “para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida”, sin arrogarnos al mismo tiempo el derecho a intervenir en esos lugares de origen? ¿Podemos imponer un arreglo a los países de origen? ¿Cómo hacer eso? ¿La alternativa a no hacerlo es acoger a todos los pobres del mundo como si aquí no fueran también limitados los recursos y como si nuestra forma de vida no dependiera de equilibrios delicados susceptibles de ser arrasados por esa avalancha? Los inmigrantes llegan a Occidente atraídos por una forma de vida que puede ser destruida por su llegada descontrolada. Esa forma de vida, por otra parte, es fruto de una visión del mundo y una cultura cristiana. Si no se llega a integrarse en esa forma de vida, la prosperidad y el tipo de vida que genera esa visión del mundo y esa cultura se destruirían.

El problema de la inmigración es complejo y las soluciones no son sencillas. Dos alternativas absurdas e inaceptables en esta encrucijada serían el racismo o la pretensión de que tenemos el poder de acoger descontroladamente y sin consecuencias a todos los pobres del mundo. No todos los que llegan además son simplemente pobres. Un cierto porcentaje son personas sin voluntad de integración o delincuentes de la peor calaña y ese porcentaje hay que gestionarlo y devolverlo a su lugar de origen si es que no se ha podido directamente evitar su llegada.

Acabando por el principio, no deja de resultar llamativo un cierto fenómeno que se observa a derecha e izquierda no ya con la visita del Papa, sino en general con el Papa, y no con León XIV sino ya con sus antecesores. Según algunos llevamos ya nosecuántos antipapas seguidos. Antipapa es todo Papa que no piensa como ellos en todo. Es curioso cómo cuestionan la palabra del Papa personas, incluso católicas, que no cuestionan en cambio nunca las palabras de su líderes políticos o sus partidos. Personas que defienden a capa y espada cada una de las malditas cosas que hacen Sánchez, Iglesias, Feijóo, o Abascal, discuten en cambio cada palabra que dice que el Papa. Alegan que es que no todo lo que dice el Papa es dogma ni por tanto infalible, y efectivamente tienen razón, y muchas de las cosas que dice el Papa son efectivamente opinables, pero en cambio nunca discuten lo que dicen Abascal, o Sánchez, o Trump, o Rufián o Xi Jinping, como si estos sí que fueran infalibles. Tampoco discuten lo que piensan ellos mismos cuando choca con lo que dice el Papa, como si los que hablaran siempre en dogma fueran ellos. Hemos trasladado la infalibilidad del Papa a nuestro partido o líder político favorito, o a nuestra persona favorita que somos nosotros mismos. Coincide un momento de máximos de cuestionamiento de lo que dice el Papa con mínimos de cuestionamiento de lo que dice el líder político respectivo. Que todo lo que dice el de enfrente está mal es evidente, pero el problema del simpatizante de Vox, del PP, del PSOE o del que sea, es que no pueda cuestionar llegado el momento lo que hacen el PP, VOX o el PSOE. Irónicamente ese simpatizante a lo mejor es católico, y cuestiona más al Papa que a su líder político. Con una diferencia, y es que el Papa tiene de base un respaldo del Espíritu, aunque no todo el rato esté proclamando dogmas, que no tienen los líderes políticos, al menos desde el punto de vista católico. No perdamos de vista de todas formas que además muchas veces lo que se discute no es lo que dice el Papa, sino lo que El País o el medio o partido que sea dice que dice el Papa. Por lo demás el Papa va a estar con nosotros todavía hasta el viernes, por lo que estamos ante un viaje largo y a lo mejor es que el Papa nos nota necesitados, y por otro lado España responde masivamente, lo que indica que efectivamente existía una demanda. Aquí estamos por tanto hablando de todo esto y buscando y mirando hacia arriba para encontrar respuestas, orientación, inspiración y consuelo, porque lo que encontramos abajo es mucho fango, aunque no sólo fango.

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