Israel, una prueba de coherencia para el discurso progre

Ayer el presidente de Israel, Benjamín Netanyahu, subió a la tribuna de la Asamblea de Naciones Unidas a pronunciar su discurso, en el marco del Debate General que está teniendo lugar estos días. En este debate los primeros ministros y altos representantes de los 193 estados miembros de la ONU se dirigen a la Asamblea General desde su emblemático podio de mármol verde. En el momento en que Netanyahu subió al podio, sin embargo, buena parte de los representantes de los países abandonaron la Asamblea, incluyendo España.

Obviamente se puede discrepar de la política de Israel y de la figura de Netanyahu, se puede estar a su favor o se puede cuestionar qué opciones podía haber barajado, y se puede reflexionar sobre si su respuesta contra Gaza tras los atentados del 7 de octubre ha terminado siendo desproporcionada e indiscriminada. No obstante, hay algo contradictorio en que la ONU se medio vacíe cuando acude a hablar un representante porque entonces, ¿qué sentido tiene la ONU? Es decir, si la ONU es el lugar donde se pretende que los países vayan a hablar como alternativa a la guerra, ¿qué sentido tiene marcharse cuando llega un representante? Por supuesto que Netanyahu es piedra de discordia, pero precisamente por eso es el representante ante el que nadie de la ONU debe marcharse. Es precisamente a los representantes en conflicto a los que hay que escuchar. Si es sólo para escuchar a Malta, podemos cerrar la ONU.

Por el mismo podio de Naciones Unidas que ocupó ayer Netanyahu han pasado antes dictadores como Putin o Xi Jinping, y antes que ellos Fidel Castro, Chávez, Nikita Jrushchov, o el Che Guevara. Nadie en la izquierda que ahora se levanta y se marcha movió una ceja ante todos estos personajes, incluyendo durante la famosa intervención de Guevara en la que presumía de toda la gente que se había fusilado y se seguiría fusilando futuramente en Cuba. Incluso las delegaciones de Irán y Estados Unidos permanecieron ayer en sus sitios para escucharse una a otra, al menos inicialmente, hasta que el presidente iraní llamo terrorrista a los EEUU desde la tribuna de la cámara. En todo caso ya es notable que el presidente de Irán, en plena guerra con EEUU, pueda aterrizar con su avión en Nueva York, hablar en la Asamblea de la ONU y que la delegación USA al menos de entrada se quede a esuchar. Esa o ninguna es sin embargo la lógica de la ONU.

Cabe recordar, por otro lado, que cuando se produjeron los atentados del 7 de octubre de 2023, rompiendo el statu quo y desatando el conflicto a gran escala en Gaza, la Asamblea de la ONU no fue capaz de aprobar una resolución condenando a Hamás. La resolución que pedía rechazar y condenar de forma inequívoca “los ataques terroristas de Hamás que tuvieron lugar en Israel a partir del 7 de octubre de 2023 y la toma de rehenes”, exigir el trato humanitario de los rehenes y su liberación inmediata e incondicional, obtuvo sólo 88 votos a favor, 55 en contra y 23 abstenciones, no alcanzando la mayoría necesaria de dos tercios para ser aprobada. Es decir, en el desfile de representantes que ayer, buscando esa imagen, abandonaron la Asamblea al empezar a hablar Netanyahu, seguramente estaban los de los 78 países que no fueron capaces de condenar los atentados de Hamás en 2023. En lugar de una condena se aprobó una declaración que excluía una condena, rechazaba la violencia de manera genérica, equiparaba atancantes y atacados, exigía a Israel que no respondiera al ataque y que no se defendiera, y le exigía de facto que dejara a sus responsables impunes. De hecho, hay actualmente 29 países en la Asamblea de la ONU que no reconocen siquiera la existencia del estado de Israel, y otros como España que la reconoce, aunque en su gobierno hay ministras que propugnan su destrucción.

Podría alegarse que la ministra de Juventud, aunque pertenece al gobierno, no es miembro del PSOE, pero en cualquier caso lo mejor que se puede decir respecto a un segundo genocidio de los judíos es que el gobierno de España estaría dividido. No se puede dudar de que eliminar el estado de Israel exigiría un genocidio, y que la carnicería necesaria para ejecutar esa eliminación no sería menor a lo que se denomina genocidio en Gaza. Papel llamativo se le puede atribuir en este escenario a la presidenta socialista de Navarra, María Chivite, que ha apoyado manifestaciones, e incluso acudido personalmente a ellas, en las que la pancarta de cabeza exigía la eliminación de Israel y en las que se quemaba su bandera.

En este complejo conflicto, por consiguiente, existe una triple división fundamental entre quienes reflexionan sobre él, y en virtud de la cual habría que distinguir entre quienes quieren la eliminación de Palestina, entre quienes quieren la eliminación de Israel, y entre quienes no quieren que nadie sea eliminado del mapa. De las tres distintos grupos señalados, sólo los últimos podrían decir que no son genocidas.

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