El niño que dices que no sufre cuando vas a abortarlo, pero lo anestesias cuando vas a operarlo

Hace unos días tuvo lugar una incómoda situación, cuando una periodista de El Debate le preguntaba a la ministra de Sanidad, Mónica García, acerca del dolor que siente el feto durante un aborto. La pregunta incomodó profundamente a la ministra, que por supuesto negó el sufrimiento fetal, aunque la ministra también niega cosas como que el feto sea un ser vivo pese a la evidencia del latido fetal. Que el feto tenga un corazón y que el corazón lata es asimismo evidencia de que no es el cuerpo de la mujer, salvo que pretendamos que una mujer embarazada tiene dos cabezas o dos corazones. Lo que sí resulta posible es que alguien tenga latido fetal pero no tenga corazón, e incluso que sea ministra de Sanidad.

La pregunta a la ministra, no obstante, ha tenido su prolongación en medios y redes, aunque lógicamente es un asunto sobre el que el discurso dominante no permite que se debata en los grandes medios a su servicio. Hace unos días, a este respecto, veíamos que a las mujeres que se arrepienten de haber abortado tampoco se les puede dejar hablar, no sea que alguien escuchando a esas mujeres llegue a la conclusión de que existen. Respecto al sufrimiento fetal, sin embargo, surge el problema de que a los fetos de 20 semanas, a los niños deseados, cuando hay que realizarles una intervención quirúrgica se les anestesia. ¿Cómo se compadece decir que no sienten, cuando se les elimina, con que se les anestesia cuando son deseados y se los opera para salvarlos? Los niños sufren cuando son abortados, la que no sufre con los abortos es la ministra de Sanidad.

Nos enfrentamos por tanto a una más de entre las tantas paradojas y contradicciones que blindan la indiscutibilidad y la normalización del aborto. Si sacas a u niño del vientre de su madre y lo matas es asesinato, pero si lo matas dentro del vientre es un derecho sagrado y decidir sobre el propio cuerpo. Los 100.000 niños abortados al año en España son como 100.000 inmigrantes indeseados a los que sí es moral ametrallar y frenar en la valla. La diferencia es que 100.000 ametrallados en una playa manchan mucho, generan mucha foto de portada y quitan votos, mientras que a 100.000 niños indeseados el sistema los puede eliminar discretamente sin que se vea una gota de sangre por ningún lado. Parafraseando a Borges, quién sabe si a pesar de ello o como su consecuencia, el sistema es canalla a la par que sentimental.

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