La actualidad manda. A veces la realidad tiene que darnos un zarpazo para
verla en toda su dimensión. España sufre una grave enfermedad que se llama
«golpe de estado», y no podemos seguir usando frases distantes ni
demorarnos en cálculos. En un solo año han fallecido más de cien personas en
ferrocarriles, mientras los pseudomedios sacaban a la luz un fango
gubernamental de cocainómanos, puteros, ladrones y corruptos. A eso se
añade que España regalaba en 2025 más de setecientos cincuenta millones de
euros a Marruecos para modernizar sus trenes. Hijos de Satanás.
Uno, por eso de que pertenece a la Iglesia Católica, se pregunta si no debería
guardar las formas. Habría obispos que me llamarían al orden por expresar sin
ambages mi indignación, mientras ellos aplauden con las orejas la regulación
de emigrantes con ayudas, que en eso se está convirtiendo España, en una
oenegé para jetas, alimentada por una política fiscal agobiante, en la que son
los empresarios los que arriesgan de verdad y a los que atacan desde las filas
de la izquierda mariscada de neón. Que cada palo aguante su vela. Uno ha
visto lo suficiente para saber quién es el bienqueda que hoy se ladea cuando
aparece la derecha indignada, esa derecha que tiene que aguantar que la
llamen nazi un día sí y otro también; esa derecha a la que se recurre cuando
las orejas del lobo están ya aquí.
Y la verdad es que España sufre un golpe de estado que ya no es como
antaño, de un día, sino un proceso de lenta demolición institucional. Un golpe
que empezó como empujón de Felipe González al poder judicial. Un golpe que
explosionó con Rodríguez Zapatero, hoy enjoyado e imputado, cabalgando a
lomos de la masacre del 2004, con Rubalcaba acusando al gobierno de Aznar.
Nunca se supo quién la organizó y se borraron todas las huellas, pero aquí no
pasa nada porque es el PSOE. Y la ETA, la otra ignominia resucitada por
Zapatero a través de sus manejos en el Constitucional. PSOE y ETA, ETA y el
PSOE: a lo mejor ya no suena tan disparatado preguntarse qué sabían, qué
callaron o en qué ayudaron. Rezo para que, algún día, cada uno de esos
magistrados del constitucional que han impuesto el terrorismo en las
instituciones, que han lavado las leyes retroactivas para exculpar a golpistas,
para ahorrar la cárcel a los ladrones de los eres, algún día se sienten en el
banquillo, Conde Pumpido a la cabeza. Pumpido, esa mácula para la justicia
española, que dice que contradecir al constitucional es poner en duda la
democracia. Hace falta tener poca vergüenza.
El que aquí firma hace tiempo escribió que apelando al artículo 8 de la
Constitución, Su Majestad el Rey debería haber disuelto este gobierno, que
hace tiempo perdió la legitimidad. Por lo pronto nos habríamos ahorrado
muchas muertes. En España no se cumple la ley, en España no hay orden y la
unidad de España es papel mojado. Lo vimos en la nula previsión en la
pandemia, en los encierros inconstitucionales, en la desidia criminosa tras las
inundaciones, en la convocatoria de elecciones en pleno verano, en el voto por
correo, en la amnistía a los golpistas, en las cesiones tributarias, en los
proyectos legislativos de Bolaños, en los indultos injustificados, en el gobierno
a golpe de decreto; lo vemos en Renfe, dentro de poco un desierto de vías. No
hay debates del estado de la nación, no hay presupuestos; no vayas a
urgencias, porque estarás doce horas esperando en salas hacinadas, y llenar
el depósito cuesta un zarpazo de pantera a tu nómina, a pesar de que nunca
hubo más fiscalidad ni más ayudas europeas. Eso sí, sólo a un tal Broncano,
por preguntar cuántas veces lo has hecho el último mes, le pagan más de
21.000 euros por programa.
La violación del orden constitucional, la ley y la unidad se traduce en Ceuta,
invadida; en una ley de nietos que quería colar a 160.000 progres extranjeros
que ni han pisado ni pisarán España, de los que ahora sabemos que sólo 900
son descendientes de exiliados. La violación del orden constitucional, la ley y la
unidad se traduce en que el gobierno tenga abiertos doce causas por
corrupción, financiación ilegal, cloaca criminal, amenazas de muerte.
España no puede esperar a que una juez obtenga pruebas de una invasión de
Ceuta que todo el mundo vio. España no puede esperar a más sentencias-
cachete, como la del fiscal general del estado, que ha pagado su servilismo
político con un pellizco de monja. España no puede esperar a otro proceso
judicial para que el hermanísimo devuelva el dinero por un trabajo que nunca
hizo. España no puede esperar a que el laberinto judicial español obligue a un
juez a pasarse más de un año instruyendo un caso en el que una analfabeta
monta una cátedra por ser la esposa de. España no puede a esperar a ver
cómo duermen en un cajón las querellas por la actuación criminal del Gobierno
en la Dana, en el apagón, en Paiporta. España es una pantomima.
Sánchez está acabado pero morirá matando: hoy han muerto setenta personas
bajo el amparo del ministro Puente, que es el amparo de Sánchez. No piensen
que abrirá el libro de los salmos para rezar por las familias de los fallecidos.
Hoy estará reunido con sus cientos de asesores pensando a qué broncano
llamar para lavar sus hialurónicos pómulos. En cuanto a Felipe VI, no es fácil
ponerse en su piel, pero sus palabras de condolencia suenan a una politiqué
correctísima que, siento decirlo, a mí me resulta superflua. Los 68 fallecidos de
ayer son la consecuencia de tener el gobierno en manos de una banda criminal
y no hay muestras de condolencia que valgan. España está desasistida
La izquierda no es que esté dispuesta a quemar la calle, es que la está
quemando ya. Nunca han urgido como ahora unas elecciones; pero han de ser
limpias, hechas solo por españoles, y ni eso lo tenemos asegurado. Espero que
Su Majestad el Rey, como máxima autoridad de las Fuerzas Armadas, haga lo
que sea para que se celebren sin amenazas y pacíficamente.
Es lo único quenos queda para librarnos de esta peste.