La agresión a Enrique Maya es un mensaje, como todas las agresiones

ETA ya lo tiene todo: estar en el gobierno y que haya que jugársela para ser oposición. La agresión ayer a Enrique Maya en el casco viejo de Pamplona evidencia una vez más la anormalidad de la situación. En Navarra, como en otros muchos sitios de España, hay políticos que pueden vivir con libertad y otros no. Fascismo para los políticos de izquierda es que alguien se les acerque con un micrófono a hacerles las preguntas que no se les pueden hacer en el parlamento, porque las preguntas están filtradas, o porque no se acredita a los medios incómodos. Los políticos de derechas no sólo tienen que hacer frente con toda la elegancia que pueden a las preguntas de todo el mundo, dentro o fuera del parlamento, sino que además no pueden andar por la calle seguros, no ya cuando ejercen un cargo sino hasta cuando dejan de ejercerlo.

La agresión a Enrique Maya no es un hecho aislado sino un clima permanente que genera constantemente una división del mapa político, entre quienes pueden ir tranquilamente en una lista y quienes no, entre quienes pueden opinar en voz alta en cualquier sitio y quienes no, entre quienes pueden pasear tranquilamente por cualquier sitio y quienes no. Entre quienes no van a ser vetados por sus ideas y quienes sí. Entre quienes pueden dedicarse a hacer política sin complicarse la vida y quienes no. Hace poco escuchábamos el testimonio de Lourdes Goicoechea denunciando cómo habían atacado cinco veces su casa. Todos recordamos también, o deberíamos recordar, el caso de la alcaldesa de Estella, que llegó a dejar temporalmente el cargo tras un encontronazo en la calle con otro violento abertzale. No sólo eso, el mundo abertzale y su prensa llegó a culparla a ella por el incidente, tal vez hagan ahora lo mismo con Maya. Hace sólo unas semanas el portavoz de Unión del Pueblo Navarro en Leiza, Silvestre Zubitur, declaraba junto a su mujer en la Audiencia Nacional por las amenazas de muerte recibidas en la calle por otro individuo. Habría que preguntar por qué proliferan tanto todavía este tipo de individuos en el invernadero radical abertzale. ¿No habían abandonado el cultivo?

No digamos cuando se trata de un partido como VOX. ¿Hay algún acto que pueda celebrar tranquilamente este partido? Prácticamente todos los actos públicos de VOX son sistemáticamente boicoteados por los grupúsculos violentos de la extrema izquierda y el mundo abertzale. Sólo la extrema izquierda y el mundo abertzale pueden realizar tranquilamente sus actos políticos, por si alguien se pregunta quién práctica la violencia contra sus rivales políticos y quiénes la sufren. En el caso de VOX, además, la violencia que sufre no es denunciada por muchos de sus rivales políticos. Si es contra VOX todo vale.

De esta manera se establece una división fundamental para hacer política o para poder opinar en esta sociedad. No es sólo que dar un paso a la política sea una decisión desigual con consecuencias desagradablemente desiguales según ese paso se de a la derecha o la izquierda, hacia el nacionalismo o frente al nacionalismo, es que también genera situaciones desiguales en todos los ámbitos. Un escritor, un cantante o un actor ya sabe lo que tiene que decir y lo que no para no tener problemas, para no ser cuestionado, para no tener que dar explicaciones, para no sufrir un boicot o una avalancha de críticas. ¿Por qué es casi monocolor el mundo del arte o de la cultura cuando la sociedad no lo es? Porque en el mundo del arte y de la cultura no hay libertad.

No podemos extrañarnos mucho de que le agredan a Enrique Maya por la calle cuando todos los años se organiza por toda Navarra y la CAV una enorme procesión llamada Korrika para rendir alabanza a los asesinos de ETA. En el mundo nacionalista existe un auténtico culto a la violencia. Al mundo nacionalista le conviene que exista un cierto nivel de violencia para que en muchas localidades pequeñas el pensamiento sea monocolor y para que en todas partes en general no sean iguales las consecuencias de pensar como ellos o no.

Hace sólo unos días se procedía a la detención de casi 30 personas por los graves disturbios en Pamplona con ocasión de la visita de Vito Quiles. La violencia de aquella horda fue aplaudida unánimente por la izquierda abertzale, pero también por todo el resto de la izquierda no abertzale. ¿Se trataba de Vito Quiles? Evidentemente no, de lo que se trataba era de mandar un mensaje: aquí no se organiza ningún acto que no cuente con nuestra aprobación. Aquí sólo habla el que nosotros decidimos que puede hablar.

Y efectivamente ahora ya sabe la UNAV, o cualquier otro, las consecuencias que tiene que afrontar si decide permitir que diga algo alguien que no le gusta a la izquierda abertzale. Por eso cuando han detenido a un par de decenas de los componentes de la manada abertzale han salido a defenderlos, como a los «txabales» de Alsasua, porque les conviene que sigan existiendo esas manadas y que haya un cierto nivel de violencia constante contra quienes no piensan como ellos.

La perpetuación de ese tablero desigual para hacer política o para poder opinar les conviene. El mapa político actual de Navarra, de la CAV o Cataluña es consecuencia de la desigualdad de ese tablero. Por eso la violencia nacionalista perdura. Por eso las agresiones siguen existiendo. Porque les conviene y les favorece que la violencia siga existiendo. No quieren renunciar completamente a la violencia. Por supuesto los demás no podemos conformarnos con esto, dejar de denunciarlo y llamarlo normalidad, o considerar demócratas homologables a los responsables de esta conveniente desigualdad. La agresión a Enrique Maya no será la última porque el clima que propicia esa violencia se sigue alimentando adecuadamente, para que no desaparezca del todo la ventaja de que haya una cierta violencia contra el que no piensa igual.

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