El esplendor veraniego de la violencia nacionalista y ultraizquierdista

UPN ha denunciado una agresión física a su concejal en el Ayuntamiento de Burlada, Carlos Oto, durante el transcurso de las fiestas de la localidad. El agresor irrumpió en la sede de UPN cuando varios integrantes de la formación celebraban la jornada golpeando al edil, que tuvo que recibir atención médica. El agresor lanzó gritos de ‘UPN kanpora’, ‘hijos de puta’ y ‘putos fachas’”. La situación se saldó con la actuación de la policía.

Este suceso recién ocurrido no es sino el penúltimo capítulo de la violencia nacionalista desatada durante este verano. Ya en el Chupinazo las hordas abertzales, como es su costumbre, irrumpieron violentamente en la plaza consistorial a empujones y puñetazos, haciéndose hueco para desplegar sus ikurriñas, sus pancartas a favor de los presos de ETA y este año, como novedad, proclamas exigiendo la imposición del socialismo y la destrucción de Israel. Obviamente ni el socialismo se puede imponer sin sangre ni destruir Israel sin un genocidio. Hay gente, la gente normal, para la que todo genocidio está mal, y después está la gente anormal, como la izquierda abertzale, que está a favor o en contra de los genocidios según quien sea el que lo comete y quién sea el eliminado. La presidenta Chivite, por cierto, ya hace unos meses abriendo camino se sumó a las proclamas que exigen la aniquilación de los israelíes. Paradójicamente, el exterminio de los judíos que era el signo distintivo de los nazis es ahora un lema común de la extrema izquierda.

Con todo lo anterior, la gran eclosión de violencia abertzale en Navarra y la CAV ha tenido su marco en el Mundial de fútbol y las victorias de España, con múltiples agresiones en diversos lugares y momentos contra todo tipo de aficionados. Lejos de condenar esta violencia, la izquierda abertzale ha usado el caso de un agredido con una camiseta de Núcleo Nacional para presentar todas las agresiones en todos los lugares y contra todos los aficionados españoles como acciones antifascistas.

Como reiteramos con insistencia, la persistencia de la violencia abertzale y ultraizquierdista es un fenómeno que sólo se explica porque a la extrema izquierda y el nacionalismo les interesa la persistencia de esa violencia. ¿En qué clima surgen esos violentos? ¿Dónde estudian? ¿Qué grupos de música escuchan? ¿A qué lugares de ocio acuden? ¿Qué medios siguen? ¿Cuáles son sus referencias políticas? Cuando se detiene a un grupo de violentos nacionalistas o ultraizquierdistas, como los “txabales” de Alsasua, los Indar Gorri o los encapuchados del campus de la UNAV, ¿cuál es la reacción de la izquierda y el nacionalismo? El fenómeno no termina porque a la extrema izquierda y el nacionalismo le conviene vivir para siempre en ese marco en que si eres uno de ellos puedes hacer política y decir lo que piensas con libertad, pero si les llevas la contraria o muestras una bandera de España te pueden partir la cara en cualquier momento.

En ese terreno inclinado y ventajoso todo el que simplemente quiera vivir tranquilo y que le dejen en paz ya sabe lo que tiene que pensar, o atenerse a las consecuencias. Cierto es que ya no hace falta el tiro en la nuca, pero seguimos lejos de una plena normalidad. Es más, el nacionalismo y la izquierda no quieren esa normalidad. Y no queriendo que llegue, obviamente no llega. Por si acaso tampoco se les exige desde fuera esa normalidad, o Chivite no podría gobernar mientras persistiera la anormalidad. Y si Chivite y Barcos no pudieran gobernar, Servinabar tampoco podría robar. No nos extrañemos por tanto que persista la violencia contra el que no forma parte de la alianza nacionalizquierdista. Persiste porque interesa.

Por otro lado, tenemos al incalificable ministro de Transporte, Oscar Puente, llamando fascista desde sus redes sociales a todo el que se le pone por delante. La hemeroteca es apabullante. Tenemos a la izquierda diciendo por un lado que la violencia contra los fascistas es legítima y deseable, y por otro llamando fascista a todo el que osa no pensar como ella. El resultado de ese discurso que la legitima es una violencia nacionalista y ultraizquierdista creciente.

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