En el día de ayer, 6 de septiembre, se celebraron elecciones estatales en el Land teutón de Sajonia-Anhalt. Para una legislatura de cinco años acorde al máximo legal, se renovó la composición parlamentaria de su Landtag, con siete candidaturas en el plano principal.
Estos comicios se convirtieron en un termómetro electoral y sociológico a nivel nacional, con la vista puesta en más de un país europeo (no necesariamente vecino). Evidentemente, no se trató de un mero interés por conocer mejor episodios históricos relacionados como el Saqueo de Magdeburgo o la pretérita y aplastante victoria del colectivista e intervencionista Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) en 1932.

La formación política de derechas Alternativa por Alemania (AfD) se convirtió en la primera formación más votada en este Land alemán, con casi un cuarenta y cuatro por ciento del voto escrutado, quedándose «casi a las puertas» de una mayoría absoluta. De ahí que su gobernabilidad dependa de una repetición electoral, del apoyo de la izquierda anti-invasión del BSW o de alguna rebelión en las filas de una CDU cada vez menos creíble.
Este resultado no es ninguna sorpresa. La AfD se proyecta actualmente como la formación política más votada a nivel federal. Desde hace años, empezó a consolidarse como una alternativa para los alemanes orientales que vivieron bajo el Telón de Acero. Se dejó de confiar en Die Linke como una garantía de progreso y de prevención del agravio comparativo del establishment nacional (CDU-SPD). El retraso económico de esta zona alemana se agudizó más (de hecho, actualmente se ven superados por Polonia en su conjunto), además de haber un miedo mayor al reemplazo demográfico (pese a no haber tanta concentración como en Colonia, Hamburgo o Berlín).
De hecho, hay mapas demoscópicos que sugieren que la AfD también se estaría convirtiendo en la formación más votada en buena parte de las demarcaciones municipales renanas (donde hay bastante industria e inmigración no europea, aparte de la proximidad de las mismas a otros focos como Francia y el Benelux) y en la Baja Baviera. El segundo área sugeriría que la resistencia de la Alemania conservadora frente a la «ultraderecha» estaría llegando a su fin. Los bávaros, que deberían de independizarse, no solo componen el Land más católico, religioso y económicamente libre, sino también una sociología electoral bastante alejada de los partidos del semáforo.
Ahora bien, no se debe de chillar de una manera irracional e incomprensiva. Incluso algunos, en la derecha, asumimos que hay puntos de considerable imperfección en esta formación (si bien es cierto que no hay herramienta llena de absoluta puridad idealista). No se refiere uno a los «apocalipsis izquierdistas» sobre el nazismo (hay un «caucus» de judíos en el partido, aparte de considerarse a Israel como un aliado frente al islamismo) y la intolerancia (según ciertas apps de dating, la AfD es la opción favorita de los homosexuales alemanes). Todo versa sobre ciertas cuestiones que obedecen a distintos aspectos.
Es plausible saber que la AfD aboga por reducciones drásticas de la presión fiscal y de subsidios de determinada índole (fomentando la prioridad nacional, la productividad empresarial y la búsqueda de Empleo) y que plantea la escrupulosa libertad de elección educativa y la diversidad de fuentes energéticas, más allá de oponerse a la burocratización eurosoviética y al monopolio monetario europeo. Pero no por ello es falaz afirmar que existen sectores más favorables al proteccionismo mercantil y que tienen miedo a un fortalecimiento excesivo del sector privado en ámbitos económicos varios.
No se puede negar que, en materia geopolítica, en determinadas cuestiones, el partido podría estar siendo respaldado por el Kremlin de Rusia. En ocasiones, los posicionamientos políticos de la AfD ante los conflictos militares eslavo-orientales trascienden la posible crítica legítima a la élite política ucraniana o a la figura de Volodimir Zelensky. Incluso es verdad que algunos, dentro de su delirio expansionista pangermánico incurren en una desmedida fobia hacia los polacos (lamentablemente, hay quienes sostienen de manera extraoficial y privada que son «los negros de Europa», que aún, además, en cierto modo, suponen un dique de contención frente a la invasión islámica de Europa.
No obstante, la cuestión es entender que estos resultados electorales tienen una causa, a la que ninguna otra fuerza ha sabido responder ni en el presente ni con anterioridad. Cada vez más alemanes sufren por el hecho de que su locomotora europea se haya deteriorado por culpa de las cláusulas ecologistas (destruyendo industrias como la automovilística) y de que el país sea cada vez más inseguro debido a los «nuevos ingenieros» (habrá más kebabs a la venta a altas horas de la noche, y es legítimo que puedan gustar, pero cada vez menos mujeres y homosexuales pueden circular a solas). De hecho, Berlín es un foco de vandalismo islamo-fascista, reconocido como hostil para homosexuales, judíos y cristianos (aunque el sinodalismo católico sea bastante fuerte y se centre en ir contra la Lex Dei).
Y, para finalizar, cabe recordar que esto sigue siendo otra señal para el establishment eurosoviético de Bruselas y para el resto del continente. Los proyectos de armonización normativa, ruina ecosocialista y multiculturalidad forzosa han fracasado. De hecho, se puede observar cómo los escenarios de guerra híbrida de Bielorrusia y de Marruecos contra fronteras de la Unión Europea han forzado a algunos políticos centristas y socialdemócratas a plantear la necesidad de la seguridad fronteriza. Con lo cual, guste o no guste, el éxito de la AfD tiene un evidente porqué.