La urna secreta en vez del voto secreto, la primera aportación de Sánchez a la historia del pucherazo

Que allí donde participaba Sánchez en unas elecciones había irregularidades ya lo sabíamos. Lo del comité federal de 2016 ya lo habíamos escuchado contar a algunos de los asistentes. Quienes primero han hablado públicamente de pucherazo fueron los propios compañeros de partido de Sánchez. Después, gracias a la UCO, conocimos los mensajes entre Santos Cerdán y Koldo García hablando de papeletas fantasma y votos para Sánchez multiplicados. Ahora ya no es algo que nos cuentan sino que podemos verlo, al haberse hecho públicos los vídeos de aquel comité federal del PSOE en el que la mayoría trataba de echar al entonces secretario general, y el secretario general trataba de impedir o manipular esa votación para permanecer en el cargo.

El contexto de aquella situación eran las elecciones generales de junio de 2016, en las que el PP de Rajoy sólo había obtenido 137 diputados pero el PSOE sólo 85. Por su parte, Podemos tenía 71 diputados y Ciudadanos 32. De este modo, las alternativas eran que el PSOE se abstuviera en la investidura y dejara gobernar a Rajoy en minoría, o que el PSOE se lanzara en brazos de toda la ultraizquierda y el separatismo (“no es no”) como después ha pasado. Precisamente para evitar eso la dirección del PSOE, que mayoritariamente se oponía a ese pacto, depuso a Sánchez mediante una dimisión en masa y la convocatoria de aquel comité federal en cuyos vídeos vemos ahora el intento de pucherazo.

Durante el comité se produjo una disputa a la hora de llevar a cabo la votación, ya que la mayoría liderada por Susana Díaz quería votar a mano alzada. Sánchez por el contrario quería que el voto fuera secreto y en una urna. Lo que pasa es que además del voto secreto Sánchez inventó la urna secreta. Una urna que sus secuaces instalaron por la vía de los hechos en un apartado fuera de la vista de los asistentes sin que hubiera censo y control de los votantes, sin interventores y sin nadie que comprobara los votos. Todos los vídeos que estamos viendo ahora se corresponden con aquella extraña maniobra. Una votación puede ser secreta o a mano alzada, pero lo que no puede ser es descontrolada, al menos para ser democrática.

Finalmente no se votó con la falta de garantías que pretendía Sánchez y fue depuesto como secretario general del partido. Después llegaría el periplo de la banda del Peugeot (ahora también sabemos que en realidad el vehículo usado era un Mercedes de alta gama) y la reconquista de la secretaría general por parte de Sánchez en las primarias de 2017. El resto es historia. Por cierto, hablando de historia y como testimonian las evidencias gráficas, María Chivite fue una de las escasas personas participantes en el comité a la que le faltó tiempo para ir a votar en la urna secreta y apartada de Sánchez.

La propia investidura de Sánchez en 2019 es una compra de votos irregular, lo que se podría considerar otra especie de pucherazo. Es decir, no es normal que alguien consiga los votos para ser presidente comprándoselos a unos delincuentes encarcelados o fugados de la justicia a cambio de la amnistía.

Un líder político con los antecedentes de Sánchez, ya sea por los mensajes destapados entre Cerdán y Koldo, ya sea por el intento de pucherazo en el comité del PSOE, ya sea por la compra de los votos de unos delincuentes mediante una amnistía, debería haber sido inhabilitado hace tiempo. No es democráticamente homolagble un tipo con el historial de Pedro Sánchez. No sólo es que no sea homologable, es que es peligroso para la democracia que llegue al poder un sujeto con el perfil y los antecedentes de Sánchez. De hecho a lo que asistimos ahora es a otro descarado intento de alterar un resultado electoral mediante la sustitución de un censo electoral por otro, un nuevo censo en el que haya 1 millón de nacionalizados durante la presente legislatura, a los que se añadirían hasta 2 millones más de votantes en calidad de descendientes de generaciones anteriores en el exilio.

Cambiar lo votos o cambiar los votantes son dos formas equivalentes de pucherazo. El problema es que el estado de derecho se encuentra desarmado ante los movimientos de Sánchez, en parte porque nadie había previsto un escenario como este y en parte porque Sánchez previamente se ha hecho ya en gran medida con el control absoluto del estado de derecho. La primera pregunta es si las elecciones de 2027 serán la última oportunidad de echar democráticamente a Sánchez o si estamos siendo ingenuos y en realidad ese tren ya pasó en 2023. La segunda pregunta es por qué. ¿Sánchez está haciendo todo esto simplemente porque su fin es conservar el poder o conservar el poder es más bien un medio para evitar enfrentar sus posibles responsabilidades judiciales? Sea como sea estamos viviendo una situación extrema como país de la que parte de la población todavía no es seguramente consciente y tenemos por lo demás la certeza, a tenor de lo que estamos viendo, de que Sánchez es capaz de hacer todo lo que el resto del mundo es capaz de temer.

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