A la fuerza, no: a la izquierda global se le atraganta el pueblo chileno

Si hay algo aún mejor que el descalabro de la izquierda chilena, con el fallido intento de aprobar una constitución a su medida, es que no se trata de un descalabro de la izquierda chilena, sino de un descalabro de toda la izquierda global y su ideario, empezando por supuesto por la izquierda española.

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Una vez más no estamos ante el avance o retroceso de unas ideas particulares que se debaten en Chile, sino en el gran conflicto de nuestra época una de cuyas batallas se libró ayer en Chile. Por eso la constitución que el gobierno izquierdista chileno pretendía aprobar se encontraba plagada de referencias a la ideología de género, por poner un ejemplo; o pretendía convertir el aborto en un derecho constitucional, por poner otro. Todo esto aparte de transformar Chile en un estado plurinacional e implantar un texto lo bastante extenso, ambiguo, discutible y difuso como para otorgar un poder absoluto al gobierno.

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Recordemos a este respecto lo que debe ser esencialmente una constitución y lo que no, porque determinadas imposiciones y recortes de derechos avanzan por todo el mundo a costa de la ignorancia general acerca de algunas cuestiones fundamentales.

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La primera cuestión es que una constitución no puede ser el reflejo del programa electoral de un partido, ni siquiera del ala política derecha o izquierda de una nación. Una constitución, por lo menos una democrática, tiene como objeto precisamente establecer un marco de juego lo bastante amplio como para que casi toda la sociedad se sienta cómoda con ella, estableciendo grandes consensos, para que dentro de ella se pueda jugar y para que no haya que cambiarla cada vez que hay un cambio de gobierno. Eso sí, una vez establecida los límites deben ser firmes: lo que es inconstitucional, es inconstitucional. El proyecto izquierdista de constitución chilena fue rechazado ayer por un 62% a 38%. Esto es justo lo que no puede ser una constitución. A los políticos que presentan un proyecto de constitución con un 38% de respaldo se les debería caer la cara de vergüenza. Pero una constitución con un 51% de respaldo tampoco es una buena constitución.

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La segunda cuestión fundamental hablando de constituciones es que se hace preciso entender que las constituciones son, o deben ser, un conjunto de limitaciones que el pueblo le establece al poder, no un conjunto de limitaciones que el poder le establece al pueblo. Si una constitución deja maniatados a los gobernados en vez de al gobierno es una parodia de constitución.

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Se suele criticar a las constituciones por llevar muchos años vigentes, pero en realidad eso es ota vez no haber entendido nada lo que es una constitución. Obviamente una constitución tiene que poder cambiarse, y periódicamente las constituciones necesitan cambios, o incluso una derogación, pero una constitución se redacta precisamente para que dure. No se puede criticar una constitución porque lleva durando mucho cuando precisamente eso es un síntoma de que funciona bien, lo malo precisamente sería una constitución incapaz de perdurar.

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Regresando de nuevo de lo abstracto a Chile, aunque todo lo anterior resulte aplicable a Chile, conviene recordar que Chile ha llegado a la situación en la que está, incluyendo su actual gobierno y la rechazada propuesta de constitución, a partir de las violentas revueltas de la izquierda contra el gobierno democrático de la derecha en el año 2019. En los últimos tiempos, en muchos países, y no ya tercermundistas sino incluso en los EEUU, a lo que estamos asistiendo es a que o gobierna la izquierda o arden las calles. Uno de los problemas a los que podemos asistir en los próximos tiempos es a que esto pueda pasar en España. Una de las exigencias de aquellas revueltas violentas era una reforma constitucional en el sentido de la que ahora se estaba intentado, por tanto toda aquella violencia queda deslegitimada. Sería ilegítima de todos modos, porque las reformas legales no se aprueban con violencia donde se pueden aprobar pacíficamente, pero es que ni era legítima la forma, ni era legítima la representación que los violentos se arrogaban. Se trata de una deslegitimación absoluta. Por otro lado, cuando una votación refrenda los planteamientos de unos violentos, nunca se sabe cuánta gente ha votado por compartir realmente esos planteamientos y cuánta por comprarles la paz. El voto de un cobarde, a fin de cuentas,  no vale menos que el de los demás.

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El ultraizquierdista Boric, que en España perfectamente podría ser un ministro podemita, ya apunta que no es él quien debe rectificar, sino los votantes, y que habrá que repetir la votación hasta que salga un resultado que le guste a Boric: «Llamo a todas las fuerzas políticas para poner a Chile por delante y a acordar a la brevedad un plazo de un nuevo proceso constitucional. El Congreso nacional deberá ser el gran protagonista«. Además, Boric apunta el uso de la amenaza violenta de la que hablábamos para conseguir sus objetivos. Si no se aprueba la nueva constitución por amor, habrá que aprobarla para que no hagan arder las calles otra vez los partidarios de la constitución: «No olvidemos por qué llegamos hasta aquí: el malestar sigue latente y no podemos olvidarlo». Recientemente el hermano de Boric sufrió una agresión, pero Boric a su vez apoyó la violencia contra el anterior gobierno y defendió el indulto, y por tanto la impunidad, de todos los violentos que habían sido detenidos en el estallido que le llevó al poder.

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Más allá del revolcón democrático al gobierno ultraizquierdista, por si todavía cupiera alguna humillación adicional para la izquierda chilena, sin duda estamos ante una batalla que Pinochet ha ganado desde la tumba por culpa de los partidarios de la reforma, que de algún modo se empeñaron en convertir la consulta constitucional también en un plebiscito sobre Pinochet, ya que la actual constitución chilena, aunque con muchas reformas, data de la época de Pinochet.

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Como reflexión final podríamos concluir, para aplicárnoslo en nuestro propio pellejo, que el caso de Chile confirma una vez más que la economía no basta, que lo esencial es la batalla ideológica y cultural. Que Chile haya sido un país que ha progresado mucho más que otros de su entorno y del ámbito hispanoamericano no ha sido freno para la llegada de la extrema izquierda al poder. Inversamente, que muchos países gobernados por la izquierda estén en la ruina absoluta no evita que vuelvan a votar ruina una y otra vez. No sólo es que la batalla económica no basta o que no es el frente más importante, aunque sea importante, sino que tampoco la batalla económica se puede ganar si se abandonan el resto de frentes. Para que una ideología sea abandonada, y no vuelva más, no basta con que fracase, hace falta además que la gente entienda por qué fracasó.

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2 respuestas

  1. «Una constitución, por lo menos una democrática, tiene como objeto precisamente establecer un marco de juego lo bastante amplio como para que casi toda la sociedad se sienta cómoda con ella, estableciendo grandes consensos…»

    El consenso es un síntoma de que existe oligarquía y un sistema oligarquico no tiene nada de democrático (salvo en la propaganda de determinados regímenes que hablan de «democracia social avanzada»).

    La justificación de una Constitución escrita no está en los consensos (oligarquicos) sino en establecer las reglas de funcionamiento de los poderes del Estado que deben ser neutras y deben servir para todo tipo de gobiernos. Claro que en solo parcialmente se ha conseguido eso en los últimos 250 años porque todos arriman el ascua a su sardina ideológica, pero eso ya es otra historia.

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