Más inmigración no es más crecimiento

Pedro Sánchez escribe una nueva carta a la ciudadanía para justificar la regularización de medio millón de inmigrantes. Lo cierto es que las cartas de Pedro Sánchez, como todo Pedro Sánchez, no se caracterizan particularmente por su credibilidad. Es decir, la primera carta a los españoles giraba en torno a la persecución injusta que supuestamente sufría la mujer del presidente acosada por la Justicia por sus chanchullos. En el nuevo régimen sanchista, quien decide si procede o no investigar a la mujer del presidente es el presidente, no los jueces. Con este precedente no cabe esperar mucha seriedad y rigor, no digamos sinceridad, de la segunda carta a los españoles de Pedro Sánchez.

Sánchez impone una regularización masiva que no ha pasado por el Congreso y no tiene apoyo mayoritario, sino que la impone por decreto. No es por tanto una regularización democrática en su origen, pero mucho menos por su destino. El propósito de esta regularización, como el voto de los tataranietos del exilio, no es atender una demanda del mercado laboral sino alterar el censo electoral por el medio que sea, porque Sánchez sabe por las encuestas que con el actual censo electoral tiene las siguientes elecciones perdidas. Desde luego la regularización no se basa en criterios económicos cuando hace tiempo que nuestra economía no tiene capacidad para absorber más inmigrantes, la tasa de paro entre los inmigrantes duplica o triplica la de los nacionales, los inmigrantes copan las ayudas del estado como la renta garantizada y además enfrentamos un grave problema de déficit de vivienda, porque no aumenta el número de viviendas construidas y sin embargo a todos los millones de personas que vienen de fuera hay que buscarles un techo.

Obviamente no tiene ningún sentido atribuir a los inmigrantes todos las males de un país, pero la misma falta de sentido tiene pretender atribuir a los inmigrantes todos los parabienes o la prosperidad de un país. La inmigración tiene efectos positivos y negativos. Los inmigrantes ocupan empleos necesarios y lo hacen además cobrando los salarios más bajos, pero la inmigración también está provocando un problema de inseguridad que no se puede negar, incluyendo la multiplicación por 4 de las violaciones en los últimos años. Alguno de estos efectos, por otro lado, no son achacables a la inmigración en sí, sino al exceso de inmigración o a la falta de control, así como a la dejación a la hora de expulsar sin contemplaciones a aquellos inmigrantes que vienen a delinquir.

Por lo que se refiere estrictamente a la economía, es evidente que tenemos con la inmigración unos cuantos problemas. Si traer inmigrantes fuera una fórmula mágica para hacer crecer a la economía, no habría pobreza en el mundo. Habría tortas entre los países más desarrollados para importar inmigrantes. Si por otro lado la población fuera el único factor de riqueza no habría países que nos enviaran emigrantes, porque ya serían ricos y prósperos en origen. Pensemos por ejemplo que la India ocupa el puesto número 1 por población mundial, mientras que ocupa el puesto número 150 en cuanto a PIB per cápita. Por otro lado, si hubiera una relación directa entre riqueza y población, Luxemburgo tendría que ser uno de los países más pobres del mundo. Tiene además gracia que la misma izquierda de la Agenda 2030, que nos decía en Davos que tener hijos no era sostenible, y que quería reducir la población mundial, ahora nos diga que la riqueza y la población se encuentran en proporción.

Desde luego otro problema con la inmigración es que se trata de población sin formación. Exportamos población nativa con una alta formación académica e importamos mano de obra barata sin cualificación alguna. ¿Realmente pensamos que eso no va a tener consecuencias? ¿No nos decían que la prosperidad del futuro dependía del nivel de la educación actual y que había que apostar todo a la formación? ¿Cómo hemos pasado de despreciar el modelo económico de ser un país de camareros a basar la economía del futuro en la importación de camareros? Es curioso cómo hemos pasado del discurso de que teníamos que ser pocos y bien formados a que tengamos que ser muchos y sin cualificación. Lo llamativo es que nos han dado el cambiazo sin que nos enteremos, que ni siquiera hayan cambiado las caras de quienes primero nos decían una cosa y después la contraria y que aplaudamos con el mismo entusiasmo acrítico cuando nos dicen blanco que cuando nos dicen negro.

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