Seguramente aún no somos capaces de entender el alcance y la gravedad de lo sucedido en el campamento de Bernedo. La prueba de ello es que tan grave como lo publicado es lo anterior y lo posterior a lo publicado. ¿Cuánto ha durado el escándalo? ¿Tres días? ¿Cuál ha sido la reacción de las instituciones y de los partidos políticos en la órbita ideológica de los organizadores del campamento? ¿Qué consecuencias prácticas ha tenido todo lo conocido? El Gobierno vasco y las tres diputaciones vascas han acordado activar una mesa de coordinación que sirva para hacer “una reflexión conjunta y poder así analizar los posibles errores del sistema”. La consejera de Bienestar, Juventud y Reto Demográfico del gobierno vasco declara que “pondremos todas las herramientas a nuestro alcance estableciendo unos protocolos de actuación preventivos y proactivos”. Total, un montón de palabras puestas una detrás de otra sin contenido alguno.

Nos conocemos el cuento. Todos los políticos y sus asesores se saben el procedimiento de memoria. Ante cualquier desastre, se lavan las manos creando un comité y anunciando la creación de un protocolo. La idea es primero que hacen algo, y segundo que lo sucedido no es culpa suya sino de la ausencia de un comité y un protocolo. Si resulta que ya había un comité y un protocolo hay que ampliar el protocolo o crear un organismo supervisor del comité ya existente. En vez de rodar cabezas se coloca a tres o cuatro personas más y en tres días asunto olvidado.

En el caso del campamento de Bernedo, tan escandaloso como el propio campamento es el hecho de que hace al menos dos años que lo que allí sucedía se había denunciado. Un educador que trabaja para una empresa contratada por la Diputación de Guipúzcoa, precisamente para tutelar y cuidar menores en situación de riesgo, ha explicado que lo sucedido este año lleva pasando al menos otros dos años anteriores. Ya hace dos veranos algunos de esos menores, no por tanto cualesquiera menores sino unos en situación de riesgo, ya relataron las prácticas del campamento a este educador. La famosa exigencia de chupar el pie a un monitor para conseguir la merienda data de una de aquellas denuncias y no de este verano. El educador indica que si esto ya puede ser traumático para una niña o niño “normal”, para menores con problemas o que han sufrido abusos como los que de él dependían puede resultar especialmente demoledor.

Este educador relata que en una reunión en la que estaba una persona encargada por la Diputación de Guipúzcoa ya refirió la situación, esperando que se tomaran medidas. Vana esperanza. El verano siguiente los menores volvieron contando lo mismo, por lo que el educador, a título personal, interpuso una denuncia en la Ertzaintza. Poco tiempo después recibió una llamada para repasar y corroborar la denuncia y después de eso silencio. Lo sucedido este verano confirma que nuevamente no se hizo nada. ¿Y el problema es la falta de un protocolo o un comité? No, el problema es mucho más grave y profundo.
Nuevas denuncias al campamento de Bernedo hablan de monitores que tuvieron relaciones sexuales frente a menores y de otro que paseó desnudo https://t.co/l0TJhZ46Qf
— laSexta (@laSextaTV) October 4, 2025
Lo sucedido en el campamento de Bernedo ha trascendido porque lo ha publicado una activista feminista, Zuriñe Ojeda, con la que contactó la familia de una de las niñas del campamento. «No hicieron nada porque ponía ‘euskal’ delante», es su veredicto. Al final ha tenido que ser un digital privado y no la Ertzaintza, ni el gobierno, ni las diputaciones vascas, con sus multimillonarios presupuestos, sus comités y sus reglamentos, el que ha destapado el escándalo. Zuriñe Ojeda pone el dedo en la llaga: si pone delante “euskal”, es intocable. Nadie se atreve a hacer nada. Lo mismo podría añadirse si delante pone “trans” o “feminista”. Las autoridades tienen mucho más miedo a que las llamen vascófobas, o machistas o transfobas a que se destape un escándalo como el que ha trascendido. Si te acusan de vascófobo o machista sí que pueden rodar cabezas de comisarios o consejeras. Todo lo demás se arregla con una nota y el anuncio de la creación de un comité que dedicará todo el tiempo y el dinero necesario para dar carpetazo al asunto.
Escándalo en un campamento de Bernedo. «Para comer la merienda tenían que chupar el dedo del pie al monitor» https://t.co/kazWG7P9Tvhttps://t.co/Z3ki4z8Nus
— El Correo (@elcorreo_com) September 26, 2025
No menos significativa en este escándalo es la reacción de los responsables del campamento. Básicamente han reconocido todos los hechos y se han mostrado orgullosos de ellos. Sí, qué pasa, hay que mezclar los géneros, normalizar la desnudez y meter a los monitores a enjabonarse con los niños. También se ha denunciado que los monitores tenían relaciones sexuales delante de los niños. Hay que normalizar estas cosas. A lo mejor la culpa de todo es que algunos padres estaban desinformados. Los responsables del campamento pueden reconocer lo sucedido y decír “sí, y qué pasa” porque se saben impunes. Se saben protegidos por el discurso dominante. La incómoda verdad es que a quien el pensamiento dominante quiere cambiar es a los padres denunciantes y no a los monitores. El discurso dominante no puede actuar contra ellos sin actuar contra sí mismo. La consecuencia lógica del discurso dominante LGBT es el campamento de Bernedo.

¿Por qué los niños y las niñas tendrían que ducharse separados si no existen los géneros? ¿Por qué los monitores no iban a tener relaciones delante de los niños si llamamos a eso normalizar el sexo? Obviamente hay que duchar a todos desnudos y juntos “porque podía haber alguna persona trans que se sintiera categorizade”, y “bastante tenían con que los váteres tuvieran puerta”, explican los monitores. Efectivamente, las relaciones sexuales y cagar son actos biológicamente equivalentes para esta gente que no cree en la biología. De hecho cagar todavía les resulta un acto más protegible que la intimidad sexual.
185 familias defienden el modelo del campamento de Bernedo en una carta enviada a Euskadi Irratia: https://t.co/FbmlzC1uus
— Orain Noticias (@orainnoticias) October 1, 2025
El problema que esta gente no ha brotado de la nada, sino que es el resultado lógico e inevitable de la ideología de género y el discurso dominante de los últimos tiempos. «Los niños, las niñas, les niñes tienen derecho a saber que pueden amar a quien quieran y tener sexo con quien quieran», esto no lo dijo un monitor siniestro del campamento de Bernedo, sino la ministra de Igualdad Irene Montero. En Navarra el gobierno más progresista del mundo puso en marcha, no sin algún tropiezo judicial, un programa llamado Skolae cuyas actividades en clase incluían hacer cuestionarse a los niños su sexualidad, incentivar el autoerotismo o darse masajes con los ojos cerrados para ignorar el género y la normatividad (o la edad) del masajista. ¿A quién vas a acudir si te sucede lo del campamento de Bernedo? ¿A los creadores de Skolae? ¿Cuántos partidos se han puesto de canto ante estas denuncias? La cruda realidad es que el proceso ante el que estamos no es el de perseguir sino el de normalizar lo sucedido en Bernedo.
"Las duchas mixtas son un espacio para deconstruir la sexualización", responden los monitores de las colonias infantiles de Bernedo https://t.co/Ob5KAKyWMZ
— EL MUNDO (@elmundoes) September 26, 2025
“No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres», esto tampoco es de los monitores de Bernedo sino de Isabel Celaá, ministra de Educación y portavoz del gobierno. Lo que sí es de uno de los organizadores de los campamentos es que “hemos sufrido una adoctrinación heterosexual. Ahora queremos utilizar las herramientas que les hemos aprendido a ustedes. Así como hemos aprendido que a la violencia machista se le responde con la violencia transfeminista – y no con la paz general neutral asimilacionista –, sabemos que a la educación heterosexual se le responde con la educación transmaribollo. Llámalo adoctrinamiento. Queremos llevar a cabo la adoctrinación transmaribollo y estamos dispuestos a llevarla a cabo. No era broma, tenían razón los ecos, queremos mariconizar a vuestros niños (normalmente no tenemos niños nuestros) para que vosotros, como hicisteis con nosotros, no los heterosexualicéis. No lo consiguieron del todo. Y nosotros también tenemos títulos de profesores”.
En este contexto no puede resultar tan sorprendente que al menos una parte de los padres hayan salido a la palestra para defender públicamente el campamento. Esos padres aprueban lo allí sucedido y lo quieren para sus hijos. Un campamento «autogestionado, basado en el feminismo, el euskara y el trabajo comunitario» es por lo visto eso. Debe ser eso. Que lo sepan quienes envían a sus hijos a campamentos con esos etiquetados.

Lo cierto es que no estamos ni remotamente cerca de que las autoridades pongan punto final a campamentos como el de Bernedo. Estamos mucho más cerca, por el contrario, de que no haya otra cosa que campamentos como los de Bernedo. Los padres que defienden el campamento de Bernedo, igual que todos los gobernantes como Celáa o Montero, no quieren ese campamento sólo para sus hijos, sino para los hijos de todo el mundo. No esperemos por tanto amparo para las familias de parte de las autoridades. El ataque viene precisamente de las autoridades. Los monitores de Bernedo son simplemente un mero instrumento. En el mejor de los casos, para calmar la alarma social, puede que se tome alguna medida contra alguno que se haya adelantado al proceso de conversión general por querer correr demasiado. Para encontrar y combatir el origen de lo sucedido en Bernedo no basta por tanto con quedarse en Bernedo. Hay que apuntar mucho más alto para encontrar el origen del mal.