¿Cómo tratar cristianamente a los inmigrantes?

La visita del Papa a España ha tenido como uno de los principales hilos argumentales el problema de la inmigración. Obviamente este no ha sido el único asunto tratado por el Papa, pero si uno de los asuntos más repercutidos en los medios y redes y el único de los asuntos tratados por el Papa atendido por algunos partidos, que se ponen en cambio de espaldas ante cuestiones como la eutanasia o el aborto.

El Papa ha reconocido, junto a la dignidad humana de los inmigrantes, el derecho de los estados a poner límites, así como también el derecho de los emigrantes a no tener que marcharse obligatoriamente de su tierra, por la violencia, la miseria y la falta de perspectivas. Tenemos por tanto tres ejes en este debate: el derecho de los estados, la dignidad de los emigrantes y la situación en los países de origen. ¿Cuál es la forma cristiana entonces de tratar el problema de la inmigración y a los inmigrantes?

Que la inmigración es un problema es evidente. Si no fuera un problema no estaríamos discutiendo. Si la inmigración sólo aportara beneficios no sólo es que no estaríamos discutiendo, sino que habría peleas por acoger a los inmigrantes. Obviamente no es eso lo que está sucediendo. Un párroco de El Hierro puede decir que la inmigración es maravillosa, pero cuando El Hierro se satura de pateras las autoridades civiles, y también las religiosas, suplican que los inmigrantes sean redirigidos y realojados en la península. ¿No sería bondoso negarse a realojarlos y dejarlos a todos en El Hierro para no robarle a El hierro esa fuente de prosperidad que es la bendición de la inmigración? Cuando hay que redistribuir inmigrantes, si son una fuente neta de bendiciones, ¿por qué no levanta la mano cualquier comunidad autónoma de progreso y pide que se los envíen todos a ella? ¿Por qué no los pide y acoge a todos el Vaticano? Si los actos no pueden compadecerse con el discurso, hay que cambiar los actos o revisar el discurso, porque en el mundo real uno de los dos tiene un fallo.

Por lo que se refiere a la dignidad humana de los inmigrantes, es evidente que nadie puede negársela y menos desde un punto de vista cristiano. Dignidad humana tiene pese a sus actos hasta Zapatero, no digamos un inmigrante. Por supuesto el racismo es inaceptable. El problema, sin embargo, no es la dignidad sino que los recursos son limitados. Si alguien está con una barca junto a un naufragio, ¿es moral que no ayude a los naúfragos que se están ahogando? Pero si su barca sólo puede aguantar el peso de 10 personas y hay 50 naúfragos, ¿qué debe hacer el barquero cuando ya ha recogido a 9 naúfragos? ¿Seguir metiendo naúfragos hasta que vuelque la barca y se ahoguen todos?

Cuando se produjo la pandemia del COVID todas las fronteras, externas e internas, volvieron a levantarse por arte de magia. La premisa era que entre que la gente que viajaba había infectados y no infectados, había por tanto que establecer controles y someter a los viajeros a tests para evitar el contagio. No poner ningún control costaba vidas humanas. Lo mismo por otro lado estamos viendo, sin que nadie lo cuestione, con el hantavirus o el ébola. En realidad el problema con la imigración descontrolada es parecido. Entre los inmigrantes los hay que vienen con buenas intenciones y los que no. Los que vienen buscando una oportunidad y los que vienen de delinquir en sus países y a delinquir aquí. Los que vienen con la voluntad de integrarse y los que no. Por tanto nos encontramos ante la misma lógica que con la pandemia de establecer controles y aplicar test para evitar importar delincuentes, o para saber de dónde vienen para poder devolverlos. Una cosa es el deber moral de acoger gente perseguida y necesitada y otra que haya una obligación moral de acoger y quedarse ladrones, asesinos y violadores. Tampoco en el Vaticano se puede pasar más allá de una puerta sin una invitación o sin una identificación. Todo predicador del papeles para todos tiene sin embargo una puerta en la entrada de su casa. Nada más lógico y normal. Nada más incoherente por otro lado.

El Papa ha hablado por otra parte de que la emigración no tiene que ser una obligación del emigrante. Las personas tienen el derecho a vivir en su tierra. Que si se marchan no tiene que ser por necesidad. Pero entonces nos enfrentamos a un doble problema. ¿Dónde ponemos el umbral de la necesidad? ¿Está obligada por la necesidad a marcharse una persona que vive en Argelia o Marruecos? ¿Es lo mismo marcharse para mejorar que marcharse por necesidad? ¿Qué baremos establecemos para distinguir lo uno de lo otro? ¿Tenemos que acoger lo mismo al que viene por necesidad que al que viene sólo por conveniencia? ¿No debería tener prioridad el que tiene necesidad? ¿O es tabú aquí también la palabra “prioridad”? Y desde otro punto de vista, si uno está obligado a acoger a los naúfragos de un barco que se hunde, pero no tiene un bote salvavidas con capacidad ilimitada de acoger naúfragos, ¿tiene derecho a subir al barco que se hunde a tratar de tapar la vía de agua? Y los del barco que se hunde, ¿tienen derecho a ignorar la vía de agua y a pasar de taparla porque total ya recogerán otros a los naúfragos del agua? Sin duda estamos ante un problema complejo y sin soluciones mágicas. En lo que tiene razón absoluta el Papa es en que tenemos que tratar de encontrar al problema de la inmigración, como al resto de problemas humanos, soluciones desde el punto de vista cristiano.

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