Cerdán tenía claro que, para poder empezar a robar, primero había que construir un relato. Un relato que en primer lugar permitiera crear el marco político en cual podría llevarse a cabo el robo, y en segundo lugar que permitiera incluso justificar o dejar impune el robo, al menos en el escenario político.

A fin de crear el marco necesario para el robo, Cerdán fue un ferviente defensor desde el principio del quesito nacionalista; es decir del pacto del socialismo con el nacionalismo vasco, incluso con Bildu llegado el momento. Las consideraciones de Cerdán evidentemente no eran ideológicas, sino económicas. El ya había formado una alianza con el nacionalismo al firmar en 2015 con Antxon Alonso el reparto casi al 50% de Servinabar. Sólo se trataba de trasladar ese modelo de la pata socialista y la pata nacionalista al marco político. Por otro lado, ese marco político de gobierno nacionalsocialista era absolutamente necesario para que pudiera prosperar el negocio corrupto de Servinabar. Cerdán y Alonso sólo podían forrarse si el nacionalismo y el socialismo estaban en el poder. Había que conseguir como fuera y a cualquier precio que los socialistas y los nacionalistas estuvieran en el poder. Normal que para pactar con ellos Cerdán se pusiera a la cabeza de las negociaciones en Waterloo. Cerdán no estaba pactando con Puigdemont en Waterloo sólo un programa político o una investidura, sino el futuro de su negocio particular.


El pacto con los golpistas catalanes fugados de la justicia, o con los filoetarras de Bildu, exigía ante la opinión pública nacional la criminalización de la oposición. La forma de vender los pactos o la amnistía a toda la gente en la izquierda que tenía reparos era hacerles ver que la alternativa era la vuelta de Hitler al poder. Es por esto que el sanchismo volvió a remover la tumba de Franco, a decir que Ayuso era una asesina de ancianos, que Feijóo era un narcotraficante o que Abascal era un neonazi en vez de un patriota neocón. El primero que se apuntó a este discurso fue Cerdán, puesto que para poner en marcha su tinglado tenía que justificar que sus pactos con un golpista, un chavista y un secuestrador eran el mal menor. Si Cerdán tenía algún problema para pactar en Waterloo, significativamente iba a echarle una mano Zapatero en Suiza. No es casualidad que los políticos más polarizadores hayan resultado los más ladrones. Esa polarización era el marco en que se tenían que construir los pactos que les permitirían robar a escala industrial.
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El hecho es que el marco creado por Cerdán y Zapatero para robar ha sido un éxito a escala política. No sólo es que los pactos del PSOE no hayan pasado apenas factura electoral a los socialistas, sino que bajo este marco hasta la corrupción está provocando un daño limitado en el electorado de izquierdas. Hay daño, pero mucho menos del que sería esperable tras descubrirse la fosa séptica en la que Sánchez y sus lugartenientes han convertido el PSOE. Si antes decíamos que los mayores polarizadores eran los más ladrones, y que la polarización era el presupuesto justificador de los pactos necesarios para gobernar y robar, ¿qué papel podemos pensar que le corresponde a Sánchez siendo el hombre sentado en la cima de la montaña de corrupción y el mayor polarizador?

Hasta cierto punto podemos decir que hasta los socios de Sánchez son ahora víctimas de este marco de polarización que los socialistas corruptos han creado. Podemos dudar si a Rufián o a Esteban les gustaría o no desligarse de este gobierno y de la corrupción del PSOE. Es decir, a fin de cuentas Rufián, Esteban o todos los latisueldistas podemitas no son víctimas de este falso dilema entre corrupción o extrema derecha, sino cómplices de su construcción y sostenimiento, a cambio de un precio. A pesar de todo, aunque realmente les repugnara la corrupción del gobierno, ya no podrían desligarse de ella ni aunque quisieran. Frente a su propio electorado, si dejan caer a Sánchez, aparecerían como los responsables de haber propiciado la llegada al gobierno de la derecha fascista. Sánchez tiene atrapados a sus socios en un auténtico mataleón. ¿Y qué pueden hacer sus socios para justificar su apoyo a Sánchez pese a su corrupción? Ahondar todavía más en ese marco que les atrapa, aumentado todavía más el discurso de la polarización: que los socialistas roben todo lo que quieran, que lo otro es peor.
📜 Rufián apunta directamente a Sánchez: “P.S solo puede ser Pedro Sánchez” https://t.co/uqxFdZLLIs
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Por desgracia, por tanto, el problema al final no sólo es robar. Es robar, es polarizar al país y es sustituir el estado de derecho por una tiranía de cleptócratas, porque los incentivos del corrupto en el poder son afrontar su horizonte judicial o convertirse en tirano para conseguir la impunidad. Si el electorado de izquierdas compra el falso dilema entre corrupción o fascismo, y elige corrupción, la pregunta es si también compraría el falso dilema entre tiranía o fascismo. El votante actual de izquierdas no sólo le está comprando a Sánchez la corrupción, sino la demolición del estado de derecho. Podemos pasar de inventar una amenaza fascista para poder robar a que la amenaza fascista inventada se use para justificar una dictadura. Estamos por tanto ante un escenario mucho peor que la propia corrupción al que no sólo nos lleva Sánchez, sino también Otegui, Esteban, Pugidemont, Belarra o Rufián.