La izquierda realmente no cree en el estado ni en el gobierno

Dentro de la problemática que a veces se plantea a la hora de determinar, etiquetar y dotar de contenido a los términos derecha e izquierda, sin duda una de las notas características de la izquierda sería su defensa del estado y la confianza en el gobierno. Es más, se trata de algo de lo que la izquierda hace gala y reprocha a la derecha que quiera recortar los gastos del estado o poner la libertad educativa de las familias por encima del gobierno, por poner algunos ejemplos. A su vez, los partidos de izquierda compiten entre sí a ver quién cree más en el gobierno frente a las personas y quién puede conseguir un estado más grande, más intervencionista y más caro. El mejor izquierdista es el más radical y por tanto el que defiende los impuestos más altos, que todo sea público, que la gente no tenga nada y que el gobierno lo gestione todo con criterios supuestamente sociales y redistributivos en vez de supuestamente egoístas. Constantemente escuchamos a los líderes de la izquierda estos días diciendo que de ninguna manera se pueden bajar los impuestos porque se pondrían en riesgo la sanidad, la educación y las pensiones si lo hiciéramos. Evidentemente esta lógica nos lleva a concluir que cualesquiera impuestos inferiores al 100% ponen en riesgo la sanidad, la educación, las pensiones y los sueldos de los políticos.

Volviendo al planteamiento inicial, pero hilándolo con las consideraciones del párrafo anterior, habría que preguntarse no obstante hasta qué punto la izquierda cree realmente en las bondades del estado, lo público y el gobierno. O sea, ¿sigue siendo estatalista, intervencionista y gubernamentalista la izquierda cuando no gobierna la izquierda?

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Cuando gobierna la derecha, la izquierda acusa a los gobiernos de derecha de hacer todo mal, de gastarse el dinero en absurdas obras faraónicas, de repartirlo entre los amigos y de robar. Desde este punto de vista, cuando no gobierna la izquierda, la izquierda debería exigir la minarquía y bajadas masivas de impuestos, asumiendo que mucho mejor estaría el dinero en la cartera de los españoles que en manos de un gobierno de derechas. La izquierda es por tanto estatalista, intervencionista y colectivista a tiempo parcial; libertaria, antigubernamental y antisistema según convenga. No deja de ser paradójico que, en un país con algunas de las izquierdas más radicales de Occidente, si un policía se lleva una pedrada en un 90% de los casos seguramente el responsable es un activista de extrema izquierda, por tanto un creyente fervoroso en el gobierno, el estado y el funcionariado.

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La conclusión a esta pequeña reflexión, por tanto, es que la izquierda no cree en el estado, ni en lo público, ni en el gobierno, salvo que gobierne la izquierda. Todo el resto del tiempo es ferozmente antigubernamental. Pero claro, entonces esto no es ser realmente estatalista. El estatalismo y lo público tienen un grave fallo y es que la derecha puede llegar al gobierno, controlar las televisiones públicas, hacerse con el Ministerio de Educación, disponer a su antojo del presupuesto, nombrar a los jueces, dar órdenes a la policía. Esto aboca a la izquierda a resolver el dilema por una de estas tres salidas. O la incoherencia, o el libertarismo, o confesar que por lo que aboga de verdad es por una forma de gobierno en la que el estado se encuentre siempre dirigido por la izquierda. O sea, una dictadura de izquierdas. El fallo esencial del estatalismo es la libertad, la alternancia en el poder, el pluralismo,  la democracia. La tentación totalitaria en la izquierda es por tanto consustancial.

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