Navarra no levanta cabeza en lo que se refiere al empleo. Resulta perturbador pensar que teníamos una tasa de paro bastante más baja en 2007 que en la actualidad. Es decir, que llevamos 19 años estancados en términos de empleo. En 19 años han pasado momentos de crisis y momentos de bonanza, hemos disparado la deuda pública y el déficit, nos ha llovido el dinero de Europa, Cerdán se convirtió en un gran empresario, pero nunca hemos recuperado aquellos niveles de empleo. No sólo eso, antes éramos sistemáticamente la comunidad española con menor tasa de paro, ahora somos la séptima. Nominalmente tenemos más ocupados, pero es sólo porque también tenemos 85.000 habitantes más que hace 19 años. El hecho es que la población crece a costa de la inmigración, pero crece más la población que el empleo, por eso no recuperamos la tasa de paro. Ya veremos además lo que pasa cuando la siguiente crisis económica sacuda los cimientos navarros. Cuando venga el lobo y sople veremos si nuestra casita estaba hecha de papel, de madera o de piedra.

Lo que en todo caso ya vemos e Institución Futuro denuncia es que se está produciendo en la Comunidad Foral una progresiva pérdida de peso en el empleo del sector privado, que pasa del 82,9 % en el primer trimestre de 2021 al 78,6 % en el cuarto trimestre de 2025.

Este descenso tiene su reverso en un incremento más o menos equivalente en el empleo público, que alcanza el 21,4% del total. La preocupante conclusión por tanto no sólo es que Navarra apenas crea empleo en términos reales desde hace tiempo, sino que la escasa creación de empleo se apoya en gran medida en el aumento de empleados del sector público, con posibles efectos negativos sobre la productividad, el crecimiento potencial y la sostenibilidad de las finanzas públicas a medio y largo plazo, como bien denuncia el think tank navarro.

El sector público no genera riqueza. Puede que haga cosas que son necesarias y deban ser hechas, pero no genera riqueza, desde luego no como para poder compensar los gastos, o no haría falta que pagáramos impuestos para poder sostenerlo. Por el contrario, el sector público y las sociedades públicas cada vez exigen más presupuesto y más impuestos porque cada vez tienen más pérdidas y más gasto.

No hace falta por tanto insistir demasiado en el peligro de que cada vez sea mayor el sector que no genera recursos sino que los consume. Sin un sector privado extremadamente pujante, es imposible mantener un sector público creciente a largo plazo. El sector público no es capaz de autofinanciarse precisamente por aquello por lo que se le supone necesario: porque no ofrece o deja de ofrecer un servicio sólo porque sea rentable. Por esto mismo para poder financiarse necesita del sector privado y de que exista un equilibrio entre lo público y lo privado. En España es difícil ese equilibrio porque buena parte de nuestra clase política, y también de la sociedad, odia al sector privado, querría destruir al sector privado, y no es consciente de que el sector público no puede mantenerse sin el respaldo del sector privado. Todos los países que tanto admira la izquierda por sus estados del bienestar, y no nos referimos a Cuba, Venezuela o la RDA sino a Suecia, Dinamarca o Finlandia, se caracterizan por la fortaleza de sus sectores privados tanto como por sus estados de bienestar. Si todo lo que sabe un gobierno es gastar y hacer crecer el tamaño de la administración sin conseguir un crecimiento paralelo del sector privado, lo único que puede hacer el tren del bienestar es descarrilar, como consecuencia de ir poniendo vías sólo en un lado. Los avisos están ahí, no nos hagamos luego los sorprendidos y digamos que era imprevisible cuando vengan las vacas flacas y colapse la estructura de gasto.