La ministra de Igualdad considera desiguales a los hombres

Ana Redondo es la ministra de Igualdad del actual gobierno de Pedro Sánchez, digna sucesora de Irene Montero en esta prescindible cartera. Lo cierto es que la designación del ministerio como de Igualdad debería ser modificada, o bien debería abandonar el cargo la ministra, a la luz al menos de sus últimas declaraciones asegurando que, lejos de ser iguales, “hombres y mujeres son especies radicalmente distintas, que no tienen mucho que ver», y pidiendo ayudar a «evolucionar» al género masculino.

Más allá de la contradicción de que una ministra de igualdad afirme que los hombres y las mujeres son radicalmente diferentes, e incluso que no tienen casi nada que ver, ¿sería imaginable que la ministra dijera esto mismo de los negros respecto a los blancos, que son de otra especie, que no tienen nada que ver y que hay que ayudarles a evolucionar? El feminismo ha normalizado respecto a los hombres un discurso que sería considerado intolerable y calificado como discurso de “hodio” respecto a cualquier otro colectivo.

El 80% de las víctimas en las guerras son hombres. El 95% de las muertes en accidente laboral las padecen los hombres. El 70% de los suicidios los cometen hombres. El 93% de los presos son hombres y el 80% de las personas sin hogar son hombres. Casi dos tercios de los asesinados en España son hombres. La esperanza de vida entre los hombres en España es de 81 años y la de las mujeres 86. En España mueren al año unas 50 mujeres asesinadas por la llamada “violencia de género”, aunque más bien se trataría estrictamente de crímenes pasionales, frente a las cerca de 100 que mueren ahogadas en el el mar, el río o una piscina y las alrededor de 1.500 que mueren por atragantamiento. Se salvaría la vida de muchas más mujeres cambiando las campañas sobre violencia de género por campañas sobre la maniobra de Heimlich. Obviamente hay violencia contra la mujer y esa violencia es intolerable, como contra los ancianos o los niños, pero alrededor de ella se ha construido un relato de criminalización de lo masculino.

A lo largo de la historia, precisamente porque los hombres y las mujeres no somos biológicamente iguales, ha existido un reparto de papeles. Un reparto de papeles que era lógico. De hecho, no era menos dura la vida de los hombres yendo a la guerra o trabajando de sol a sol en condiciones atroces (para defender y alimentar a su familia) que la de las mujeres criando y cuidando en casa a los hijos. Puede que el poder formal estuviera en poder de los hombres durante siglos, pero no en manos del hombre común sino en el de un pequeño puñado de reyes, o por cierto de reinas. Hasta hace cuatro días la mujer no podía votar, pero tampoco el hombre. Cuando se instauró el sufragio universal en España, buena parte de la izquierda se opuso por temer que la mujer votara a la derecha. Estaba muy bien que las mujeres votaran, siempre que votaran a la izquierda, eso no ha cambiado mucho en todo este tiempo. Tampoco nos engañemos, la izquierda no sólo usa el feminismo para someter a los hombres, también lo usa para fabricar mujeres en serie y decirles lo que tienen que pensar a las mujeres.

La Constitución ya establece legalmente la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. No hace falta una ministra de igualdad. Si una mujer se siente discriminada, puede y debe acudir a los tribunales. Aparte de para gastar miles de millones y poner a sueldo a cientos de plataformas y organizaciones feministas, que por ejemplo no dicen nada de que las violaciones se hayan multiplicado por 4 en los últimos años, la existencia del Ministerio de Igualdad no ha servido para nada, en orden a reducir las agresiones sexuales, el maltrato o los asesinatos de mujeres. Para lo que sirve el Ministerio de Igualdad, como evidencian las declaraciones de la ministra, es justamente para establecer una desigualdad, para criminalizar a los hombres, para dinamitar la presunción de inocencia según el género, para negar la existencia de denuncias falsas, para crear una discriminación contra el hombre mediante cuotas y un sistema de discriminación por turnos, y para convertirlo en un género inferior que tiene que ser reseteado y reconfigurado según un manual de masculinidad woke, que después no les gusta a las propias wokes.

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