Feliz no Día del Empresario

¿Para cuando un día que ponga en valor y reconozca los méritos de este colectivo socialmente estigmatizado?

El Día de la Mujer, el Día del Migrante, el Día del Orgullo Gay,  por supuesto el Día de los Trabajadores… Las estructuras de gobierno, nacionales e internacionales, promueven constantemente la defensa de diversas causas y colectivos para dotarlos de visibilidad. Se trata de provocar una reacción social de simpatía hacia estas causas y colectivos, o de rechazo contra quienes no simpatizan con ellos y los atacan. Los colectivos a los que se les dota de un día especial suelen ser grupos sociales a los que se considera injustamente tratados, oprimidos, vilipendiados, minorizados… Entonces, ¿para cuándo un Día del Empresario?

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Es decir, en este momento el grupo de los empresarios encaja más que ninguno en el de colectivos atacados, insultados, perseguidos, estigmatizados y señalados (y por tanto necesitados de defensa). Si hay en la sociedad un discurso de odio rampante, es contra los empresarios. No sólo además es un odio latente pero formalmente repudiado, como el que sufren otros colectivos, sino un odio normalizado, bien visto, incluso promovido desde múltiples ámbitos, empezando por el del mundo de la cultura. Lejos de defender a los empresarios, el gobierno es el primero que ataca a este colectivo. Hay partidos e ideologías que hacen del odio al empresario casi la razón de su existencia. Si hay un colectivo que necesita y merece en este momento un día especial para visibilizar tanto su valor social como la persecución a la que está sometido, es el de los empresarios. Hace falta urgentemente un Día del Empresario.

Al igual que para ser futbolista, violinista, novelista o matemático, para ser empresario hace falta un talento. O sea, se puede poner a todo un curso escolar a tocar el piano, pero sólo habrá alguno que muestre un talento especial para hacerlo, un don que hará que el resto nunca pueda alcanzar su nivel tocando el piano. Habrá también quien nunca pueda hacer otra cosa con un piano que aporrearlo. No se trata por tanto de intentar que todo el mundo sea pianista o empresario, pero sí que ninguna persona con un don para emprender transite por la vida con ese talento frustrado, que esa capacidad no florezca por falta de apoyo, o porque ser empresario se haya convertido en una idea cargada de señalamiento y rechazo.

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De todas las cosas preocupantes que puede decir un niño en esta sociedad la peor es que de mayor quiere ser empresario. Es casi como si dijera que de mayor quiere ser un secuestrador. En realidad los secuestradores tienen ahora en España mejor reputación que los empresarios, al punto que algunos hasta lideran formaciones políticas. Ser secuestrador a fin de cuentas no parece tan condenable si el secuestrado es un empresario. Qué tragedia que el niño quiera ser de mayor empresario en vez de una persona de provecho.

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Desde luego querer ser empresario puede tener algunos atenuantes, como el de querer ser un empresario que pierda dinero. Es decir, querer tener una empresa todavía puede ser perdonable en esta sociedad siempre que hablemos de una empresa que no gane dinero, que necesite subvenciones y favores públicos para ser artificialmente sostenida, que no crezca, que no genere empleo, que no aporte dinero a las arcas públicas sino que sea una carga para ellas y que tenga números rojos todos los años. Lo que en ningún caso se puede perdonar a un empresario es que tenga éxito, que su empresa crezca, que amplíe su plantilla, que abra nuevos establecimientos, que triunfe en el extranjero, que suba en bolsa, que genere beneficios, que pague impuestos, que reparta dividendos. A partir de unos pocos empleados en plantilla el empresario pasa a convertirse en un monstruo. A partir de cierto número de comercios, factorías o sucursales el empresario comienza a ser sospechoso. A partir de cierto número de ceros en la cuenta de resultados el éxito pasa a ser imperdonable. En el mundo de la empresa esta sociedad sólo tolera fracasar o triunfar un poquito. Sólo se le perdona la vida al empresario con micropyme. A los Juan Roig, Amancio Ortega o Rafael del Pino hay que ahogarlos en la cuna. Si ser empresario ya es malo por naturaleza, cuando mayor empresario más rechazable profesional y peor persona.

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Como hemos señalado en otras ocasiones, una sociedad tiene un grave problema si llega un punto en que las alternativas son ser pobre o hijodeputa. O sea, no podemos aspirar a ser una sociedad de pobres para evitar ser una sociedad de hijosdeputa. Una sociedad en la que intentar prosperar es ser un hijodeputa es una sociedad condenada al fracaso y a la miseria. Ser pobre es muy fácil. Nacemos sin nada. El estado natural del ser humano es la pobreza. Hace falta hacer cosas para salir de la pobreza. Si lo que estimulamos es ser pobres en vez de hacer cosas para salir de la pobreza el éxito de la pobreza está garantizado. Si por otro lado para prosperar bastara con ser hijodeputa ni habría pobres hijosdeputa ni sería tan escaso el número de grandes empresarios. El porcentaje de hijosdeputa seguramente es el mismo en un país pobre que en un país rico. No hacemos mejor a la gente dejándola sin dinero. Si por otro lado usted no tiene una gran empresa no es probablemente porque sea una persona maravillosa, sino porque no tiene las cualidades o las ideas necesarias para ser un gran empresario. Un gran empresario puede ser un hijodeputa o una persona estupenda, lo mismo que un político o un fontanero. Bueno, quizá sólo lo mismo que un fontanero.

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Es por todo lo anterior que sin duda hace falta crear urgentemente el Día del Empresario. Un día al año que otorgue visibilidad y muestre reconocimiento a un colectivo tan injustamente menospreciado y cruelmente vilipendiado.

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