El ecologismo-ficción de la AGENDA 2030, el «cártel del fuego» y el negocio de la extinción

¿Cambio climático o ideología? Esta es la gran pregunta. ¿Se puede culpar sin más al cambio climático de los devastadores incendios forestales que estamos padeciendo o el cambio climático es un mero comodín, conveniente para los gobiernos, con el que lavarse las manos frente a la catastrófica gestión de los espacios naturales? Y esa gestión catastrófica, ¿es fruto de una cuestión ideológica? No podemos evadir esta pregunta porque echar agua cuando ya un incendio es devastador es la actuación más cara e inútil de todo el proceso para luchar contra el fuego, que se inicia (o se debe iniciar) mucho antes de que comience el incendio.

¿Qué es lo que ha cambiado para que ahora haya incendios más devastadores? ¿El clima o la legislación?.

Sin entrar en los posibles avatares climáticos, es evidente que en España siempre ha hecho calor, siempre ha habido incendios y siempre ha habido pirómanos.

¿Por qué son entonces ahora más devastadores los incendios?, ¿Por qué ese incendio que antes iniciaba un pirómano ahora crece mucho más y se vuelve más difícil de combatir?, ¿Ha habido acaso alguna vez en España veranos que no fueran muy calurosos?, ¿Por qué arde Galicia que es una de las zonas menos afectadas por la ola de calor de este verano?.

Donde no cabe duda sin embargo que ha habido un cambio radical y cualitativo es en la legislación medioambiental. ¿Es entonces la causa de los incendios la revolución legislativa de las últimas dos décadas en materia medioambiental?

https://twitter.com/antena3com/status/1958599133133938912

Lo cierto es que tanto la gente de campo que vive en primera persona la situación, como los expertos que tienen que gestionar las emergencias o dirigir la extinción de los incendios, no dudan en señalar como culpable a toda la maraña normativa que ha convertido en intocables los bosques y que prohíbe todas las actuaciones que tradicionalmente, hasta hace unos años, llevaba a cabo en gran medida la propia gente de campo, agricultores y ganaderos, para limpiar los montes y limitar el riesgo de posibles incendios. Convertir el bosque en intocable y dejarlo en estado salvaje puede parecer a primera vista muy idílico desde el punto de vista ecológico, igual que puede parecer muy idílico no tocar, no limpiar o no crear infraestructuras en el cauce de un río. El problema es que cuando hay una inundación o un incendio eso tiene consecuencias devastadoras. Si no hay limpieza de los cauces ni de los bosques, ni presas o cortafuegos, y los matorrales se va dejando que entren incluso al interior de los poblados, no hace falta ningún cambio climático para generar una situación explosiva. Más aún, si efectivamente existe un cambio climático que supone un riesgo añadido, con más razón deberían estar redoblándose los esfuerzos de limpieza de los bosques y prevención de los incendios. Al convertir los montes en intocables, prácticamente se ha decantado por completo la balanza hacia el lado de la extinción. El drama es que la lucha contra el fuego debería ser 90% prevención y 10% extinción.

Es mucho mejor prevenir el cáncer que combatir el cáncer. Con el fuego sucede lo mismo. Una vez que el fuego se ha desatado no sólo es que es muy difícil extinguirlo, es que además el coste de hacerlo es altísimo. Se calcula que el coste por hectárea de las labores de prevención rondan entre los 100 y 1.000 euros, según la zona, mientras que los costes por hectárea de las labores de extinción de un incendio alcanzan los 15.000 euros. A esto habría que añadir el coste de repoblar todo lo quemado. El debate no tiene sentido por tanto en términos económicos. Desde el punto de vista de la protección de la naturaleza tampoco tiene sentido una política basada en la extinción y la repoblación en vez de en la prevención, o tendría más sentido llevar el coche al chapista y al hospital al conductor que ponerle frenos al coche.

En un mundo idílico e irreal, puede que dejar los montes casi sin mantenimiento alguno y sin intervención humana pudiera resultar particularmente bucólico. En el mundo real, un incendio en un monte sin cuidar y sin cortafuegos resulta devastador. En este sentido algunos expertos señalan un dato demoledor. El 80% de los incendios afectan a zonas protegidas y a zonas acogidas a la Red Natura 2000. El resultado de dejar los espacios naturales abandonados y asilvestrados no es protegerlos sino dejarlos vendidos, a la vista está la tozudez de los resultados.

https://twitter.com/DebatAlRojoVivo/status/1957462596157681944

El hecho de que extinguir un incendio cueste 30 ó 100 veces más dinero que prevenirlo no es un hecho baladí que podamos citar y dejar pasar sin más. Muchos observadores hablan ya de un auténtico “cártel del fuego”. La lucha contra el fuego es obviamente una noble labor, pero en todo lugar donde empiezan a afluir grandes cantidades de dinero empiezan a surgir intereses creados. Hay quien habla ya incluso del negocio de la extinción. Una apuesta decidida por la prevención que revisara la actual regulación medioambiental y pusiera el acento en la evitación de los incendios podría poner en peligro el creciente y multimillonario negocio de la extinción.

https://twitter.com/viOnemedia/status/1958839062414205095

Dentro de las grandes cantidades de dinero que mueve la extinción de incendios, no puede dejar de señalarse el caso de TRAGSA, acrónimo de Empresa de Transformación Agraria, S.A., empresa pública integrada en la SEPI. Como casi todo en el estado español, TRAGSA es una empresa colonizada por la política, al frente de la cual se coloca a un político, que sigue una agenda y unas directrices políticas. Para hacernos una idea, TRAGSA es una sociedad que maneja anualmente encargos por más de 3.000 millones de euros y emplea a 26.000 personas. Por cierto, una de esas personas empleadas por TRAGSA era la famosa “Jésica” a la que Abalos enchufó cobrando sin hacer nada como contraprestación a sus favores sexuales. Podría parecer sólo una anécdota, pero en realidad Jésica ilustra bien los problemas en la administración española de colonización política, ideologización, falta de supervisión independiente e ineficacia en la gestión.

Respecto a todas estas cuestiones, interesa recuperar en situaciones como la actual el testimonio de aquellos que hace años vienen avisando de lo que estaba por venir y de cuáles eran las causas por las que el problema de los incendios no iba a dejar de crecer. Es decir, en la duda entra la opinión de varios médicos, el diagnóstico bueno es aquel cuyas previsiones los hechos posteriores van confirmando. Así, hace ya más de 3 años David Sainz, el ex director-gerente de la Agencia Navarra de Emergencias, diagnosticaba la situación y advertía de lo todo lo que estaba por llegar si no se llevaba a cabo una corrección. Por cierto, la Agencia Navarra de Emergencias, que fue eliminada por la consejera de Bildu en el gobierno de Barcos debido a motivos ideológicos, sigue sin ser recuperada pese a que los mismos partidos que la eliminaron usaron la eliminación de la agencia de emergencias de la Comunidad Valenciana para culpar a Mazón de las inundaciones del año pasado. En realidad empieza a hacerse patente la necesidad de una agencia nacional de emergencias para maximizar los medios, optimizar el gasto y coordinar los esfuerzos y los refuerzos de todas las comunidades autónomas (en España hay 120 servicios de bomberos y más de 22.000 bomberos), claro que esto choca frontalmente con la política sanchista de fragmentar el mapa de España y de derivar a otros las responsabilidades de cualquier tipo de catástrofe o situación comprometida.

Por lo demás, podría concluirse esta aproximación al problema citando dos de las paradojas por las que, en todo este asunto, las agendas ecologistas y animalistas acaban aniquilando los animales y la ecología. Convertir en intocables los montes imposibilita la prevención, por lo que además de arder todos los árboles, todos esos animalitos que se deja proliferar en los bosques, a veces en forma de plaga, en vez de protegidos acaban achicharrados en una barbacoa gigante. Por otro lado, si centramos los esfuerzos en la extinción olvidando la prevención, aparte de encontrarnos con que a menudo resulta muy difícil la extinción de un monte no trabajado, lo que tenemos es una emisión brutal a la atmósfera de CO2. ¿Para qué esforzarnos tanto y asumir tantos costes y restricciones cuando después, por una política medioambiental nefasta, echamos a la atmósfera por culpa de los incendios todo el CO2 que tanto esfuerzo y dinero nos había costado dejar de emitir? Además de quedarnos mirando bovinamente cómo las llamas consumen todo habrá que reflexionar sobre el fondo ideológico de toda esta compleja cuestión.

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