El discurso del odio es clave para la resistencia electoral del PSOE

¿Cómo puede tener el PSOE un suelo electoral tan resistente? Las elecciones andaluzas, y previamente las aragonesas, castellano leonesas o extremeñas han dejado un sabor amargo a muchos observadores. La derecha ha ganado, ha ganado incluso de manera apabullante, pero para muchos menos de lo que cabría esperarse. En este sentido podría hablarse de las personas que son víctimas de un juego de expectativas demasiado elevadas. La propia izquierda y sus medios juegan con maestría esta baza. Se elevan las expectativas de la derecha y se rebajan las propias de forma que un excelente resultado de la derecha se convierte en decepcionante, mientras que un resultado catastrófico de la izquierda aparece como un castigo menor al esperado, un éxito. Por otro lado, quizá no somos conscientes de lo difícil que resulta hacer cambiar a la gente no ya de opinión, sino de forma de ver el mundo. Los trasvases internos entre bloques son complicados, pero hacer a la gente cambiar de bloque roza lo milagroso. De este modo quizá despreciamos la proeza de que en España la derecha haya pasado a tener una expectativa de voto superior al 55% en casi todos los territorios. Sin embargo a pesar de todo es cierto que el PSOE y la izquierda, con la que está cayendo, muestran una resistencia electoral poco común y a prueba de escándalos. ¿Cuál puede ser el motivo?

La izquierda habla del discurso del odio mirando al vecino cuando es la que más práctica ese odio. No es casual. El propio Zapatero, ahora imputado, fue pionero en el impulso de esa política, o por lo menos su máximo potenciador en los tiempos recientes. No se trata sólo de intolerancia pasional al que piensa diferente sino de fría estrategia. Si la frontera entre izquierda y derecha es fina, el paso de una a otra orilla es sencillo, tanto de ida como de vuelta. Si la frontera es delgada, un escándalo cualquiera puede representar un grave castigo electoral y una fuga de votos al otro lado, lo mismo que una percepción de una mala gestión de la economía y los recursos públicos. A los gobernantes por tanto no les interesa que la línea de separación entre derecha e izquierda sea delgada.

¿Por qué Pedro Sánchez ha decidido no ya subrayar la línea de separación entre derecha e izquierda, sino levantar un muro sobre ella? La respuesta es evidente, para que no se le escapen los votantes pese a todos los casos de corrupción que lo rodean. La altura del muro sanchista es directamente proporcional a la extensión de la corrupción en la cúpula del sanchismo. A más corrupción, más altura se necesita en el muro. La única forma en que mucha gente siga votando un gobierno corrupto es convencerla de que la alternativa es Hitler. No se trata de convencer a los suyos de que no son corruptos, sino que mejor la izquierda corrupta que Mussolini.

Naturalmente en este juego lo de menos es que la derecha sea realmente Hitler o Mussolini. Por más franciscana que fuera la derecha, la necesidad de pintarla como una horda fascista viene dada por el nivel de corrupción a compensar en la izquierda, no por el nivel de extremismo de la derecha. Es la cantidad de pecados de la izquierda la que exige que el muro sea más alto. No depende de la derecha la altura del muro. La izquierda sólo podría permitirse el lujo de tener un muro más bajo si sus casos de corrupción fueran más limitados. La amenaza imaginaria de la extrema derecha y la altura del muro exigido para contenerla la determina el nivel de corrupción de la izquierda, no el extremismo de la derecha. Por tanto todo aquel que no sea de izquierda sólo puede ser fascista, machista, homófobo, racista, genocida, criminal de guerra… El objetivo es que no haya posibilidad de no ser una mala persona en ninguna discusión sobre ningún tema que se mantenga con alguien de izquierda.

Dicen que todos los asesores políticos parten de la base de que la gente no vota con la cabeza sino con las tripas. Por eso la política cada vez se asienta más en discursos emocionales. No se trata de que el rival está equivocado, sino de que es un hijo de perra. Al fascismo no se le debate, se le combate. Si el rival es un hijo de perra, eso nos da carta blanca para hacer lo que haga falta a este lado del muro. La gente perdonará cualquier pecado que se nos descubra, si la alternativa es que lleguen al gobierno esos hijos de perra. Por tanto convertir en hijos de perra a los rivales no es un accidente, es un objetivo fundamental a cuya consecución se dedican todos los recursos del gobierno. ¿Qué es RTVE? La respuesta a la necesidad de convertir en fascistas e hijos de perra a todos los que podrían ser alternativa a este gobierno. No es casual que la izquierda muestre una resistencia electoral inusitada a los casos de corrupción mientras estamos en niveles máximos de crispación, polarización y guerracivilismo. Lo otro sigue a lo uno. Por eso también el gobierno se ha rodeado de socios expertos en generar guerracivilismo y está encantado con ellos.

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