Vuelve la kale borroka nocturna a Pamplona

La kale borroka ha vuelto a Navarra. Lo vimos claramente el día en que, con la excusa de Vito Quiles, una horda abertzale atravesó media Pamplona sembrando el caos, vandalizando y dejando una estela de violencia a su paso. La izquierda abertzale no es muy distinta de los Lating Kings u otra banda de pandilleros. Se entra en ella en un determinado contexto social de degradación, la integración en el grupo espanta el fantasma del vertigo individual y la banda proporciona un sentido y un propósito, aunque sólo sea porque nadie una vez que entra puede dudar de ese sentido y propósito. Por lo demás es un grupo de violentos con un fuerte sentido territorial. Nadie puede venir sin permiso a nuestro territorio. En nuestro territorio sólo se hace lo que nosotros permitimos. Esto lo mismo se aplica a la charla de alguien como Vito Quiles que a abrir un Burger King en lo viejo, su territorio.

En este caso, sin embargo, el último ataque se acaba de producir contra un edificio de apartamentos turísticos en la capital navarra. El mismo tipo de encapuchados. El mismo tipo de modus operandi. Es probable que debajo de las capuchas encontráramos las mismas caras que en el campus de la Universidad de Navarra.

Además de atacar el inmueble, los encapuchados han señalado y marcado al futbolista de Osasuna Rubén García, que habría invertido en estos apartamentos. Si quieres jugar en Osasuna ya sabemos que también hace falta el permiso de estos violentos. Cuidado con lo que dices. Cuidado con lo que piensas. Cuidado con las camisetas que te pones. Cuidado con lo que dices en redes sociales. Cuidado con las causas a las que no te sumas. Cuidado con dónde inviertes.

El rebrote de la kale borroka en Pamplona ha tenido también otros episodios recientes, como los ataques al nuevo establecimiento “Sabor a España” o al del Starbucks. No hay tantos violentos en Pamplona como para que unos sean los que atacan los pisos turísticos, otros el Sabor a España, otros el Starbucks y otros vayan a liarla y a agredir a la gente al Campus de la UNAV o a vandalizar Iturrama, o a pegarse con las hinchadas de otros equipos de fútbol. Están organizados y son todos los mismos violentos. Detrás de toda la violencia y debajo de todas las capuchas encontraríamos siempre las mismas caras.

Dentro de su cabeza, la horda abertzale está luchando a martillazos por un mundo mejor. Cada martillazo a un cristal o cada ataque a un establecimiento es un gran avance para Pamplona que graban con orgullo. No parecen temer demasiado las consecuencias por sus ataques. Ni durante el ataque ni después. Se pasean por las calles con sus capuchas, hacen pintadas, ponen pancartas, hacen ruido, rompen cristales… Ni hay presencia policial ni respuesta posterior en un breve espacio de tiempo. Tampoco hemos visto detenciones por estos ataques a más largo plazo.

La experiencia nos enseña que la kale borroka es la punta del iceberg del fenómeno. No existe este tipo de fenómenos fuera de un caldo de cultivo propicio. Para que haya un encapuchado violento, hace falta que haya 19 animadores remando en el mismo sentido y compartiendo discurso. El violento que se pone una capucha y coge un martillo es simplemente el más tonto de los 20. O el más débil. El que necesita hacer un extra sobre lo que hacen los demás para conseguir la consideración en el grupo que tienen los demás sin necesidad de jugársela.

En todo este fenómeno no podemos dejar de contemplar la perspectiva política. Es improbable este tipo de actuaciones y su crecimiento sin una dosis de tolerancia política. Volviendo a la kale borroka, no podía explicarse sin la complicidad y la legitimación de ciertos partidos políticos. El rebrote de la kale borroka se está produciendo en la Pamplona de Bildu y en la España de Sánchez. Detras de la violencia abertzale siempre aparecen ciertas organizaciones como GKS, Ernai, Indar Gorri… En Bildu hay una facción que simpatiza abiertamente con estas organizaciones y su violencia, y otra facción que puede sentir alguna incomodidad, siquiera estratégica, pero que no está dispuesta a actuar para evitar división o incluso una escisión. La izquierda abertzale no puede enfrentarse a sí misma, menos aún ahora que está en el poder. Por consiguiente en Bildu hay quien mira con más o menos simpatía este tipo de acciones, pero nadie realmente dispuesto a condenarlas y actuar contra sus responsables. Al contrario, un cierto grado de violencia interesa desde el punto de vista político. La fuerza del nacionalismo en las últimas décadas se ha construido precisamente bajo la premisa de jugar en un escenario desigual.

La imagen de Pamplona por lo demás vuelve a resultar catastrófica. Si por otro lado una zona se encuentra particularmente degradada es precisamente el casco viejo, la zona en la que la pandilla abertzale es más territorial. No es casual. La degradación no es la causa de la actuación de la pandilla sino su consecuencia. Este rebrote de la violencia abertzale no puede más que empeorar la situación. Inseguridad, marginalidad, okupas, narcopisos, ratas, violaciones… sólo falta una manada abertzale atacando establecimientos a martillazos para rematar la jugada. En el Ayuntamiento de Pamplona es posible que hoy haya más fuerzas políticas agradeciendo a estos salvajes su violencia que condenándola. Lo mismo puede decirse del Parlamento de Navarra. Esto por supuesto es también parte esencial del problema. Todo el que puede intenta marcharse de los “paraísos” sociales que esta gente modela a martillazos. Acabar en un territorio de estos paisanos es la última opción en la lista de cualquiera que pretenda prosperar, tener seguridad, ser libre y llevar una vida tranquila. Nadie quiere vivir, si tiene alternativa, donde esta gente impone su ley. Cualquier propiedad ve reducir su valor en el territorio vandalizado por estos sujetos. El deterioro de los barrios son ellos y sus martillos.

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