Atender a los menas le cuesta a Navarra como todos los bomberos o como media Policía Foral

Hace tiempo que el discurso político de la izquierda y la realidad transitan por caminos distintos. Lo llamativo es que el discurso de la izquierda resulte tan resistente y que tanta gente lo siga abrazando contra toda evidencia. La polarización tiene que ver seguramente mucho con esto y por eso polariza tanto la izquierda. La gente puede mirar raro al que le dice que dos más dos son cinco, pero si convences a la gente de que quien dice que dos más dos son cuatro es un fascista, entonces dos más dos pueden empezar a ser cuatro y medio. Uno de los apartados más evidentes donde se aplica este discurso es en el ámbito migratorio. Es un hecho que la inmigración masiva y descontrolada provoca problemas, como comprobamos en Ceuta de modo particularmente intenso, pero además genera unos costes enormes, para comprobar lo cual no tenemos que irnos tan lejos.

Navarra, según se ha publicado, tiene en 2026 un presupuesto de 68,3 millones de euros para llevar a cabo todas las actuaciones en materia de protección y atención a la infancia y la adolescencia, un gasto que se ha disparado en los últimos años y que en 2019 sólo suponía 24,7 millones. Evidentemente en el origen de esta multiplicación del gasto por casi 2,8 veces se encuentra la llegada masiva de menas.

Para hacernos una idea, el coste anual de los menas empieza rondar el coste de desdoblar el túnel de Velate, o la mitad del coste del Hospital Reina Sofía de Tudela, o la mitad del coste de la Policía Foral, o el coste total anual de los Bomberos de Navarra. Como los recursos no son infinitos, todo el presupuesto que se come la atención a los menas hay que quitarlo de otro lugar. Por eso a veces después nos preguntamos por qué las cosas van mal o faltan recursos en otro lugar. De todos modos aún ni siquiera nos planteamos la pregunta de si tiene sentido o no todo este gasto en atender a los menas, sino que todavía solamente lo estamos cuantificando.

No todos los menas se encuentran en la misma situación ni en el mismo tipo de centro. Por otro lado, tenemos menas que tampoco son menas, sino jóvenes extranjeros no acompañados entre 18 y 21 años, que también entran dentro de los programas públicos de acogida. Los costes varían por tanto en función del recurso pero el coste mensual por mena puede llegar a más de 14.000 euros. Si fuéramos populistas nos preguntaríamos cuánto nos costaría matricularlos en Harvard.

COA (centro de orientación y acogida). 4.992 euros al mes.

Acogimiento residencial básico. 7.416 euros al mes.

Acogimiento residencial especializado. 14.815 euros al mes.

Preautonomía (17 a 19 años). 6.330 euros al mes.

Autonomía (18 a 21 años). 2.418 euros al mes.

Medio abierto (18 a 21 años). 666 euros al mes.

Naturalmente no todos los menores a los que tiene que acoger y atender el gobierno foral son extranjeros, pero sí lo son una gran proporción y una proporción además creciente, como evidencia que el presupuesto casi se haya triplicado en los últimos años. No es la población local la que se ha triplicado en los últimos años. Por otro lado, en junio el Gobierno de Navarra cuantificaba en 30 las plazas disponibles para poder acoger más menas. Este dato resulta llamativo ahora que tenemos sobre la mesa el reparto masivo de menas tras el asalto de Ceuta, y la negativa de comunidades como Cataluña o la CAV a acoger más menas, lo que se traduciría en más menas acogidos por el resto. Las comunidades cogobernadas por VOX también rechazan otro nuevo reparto masivo, pero a quien seguro que Sánchez no les va a imponer al final el reparto es a Cataluña y País Vasco. La disponibilidad de recursos es por tanto muy limitada, tiene ya un coste altísimo y ampliarla supondría un coste todavía más alto. Por otra parte hablamos de dinero, pero los centros de menas suelen ser además una fuente constante de problemas y una perturbación en la convivencia, como saben bien por ejemplo en Marcilla.

Una de las características del problema, nos focalicemos en la Comunidad Foral o en Ceuta, es que es un problema dinámico. No se trata de una situación más o menos grave, de tal o cual magnitud, pero que afrontamos con todos los recursos necesarios y logramos dejarla resuelta. Si por cada mena cuya situación resolvemos entran tres el problema no se resuelve nunca, la crisis no tiene fin y el consumo final de recursos es infinito. De nada sirve por tanto resolver la última crisis o la última situación planteada si persisten las causas. Si en vez de tapar el agujero de la piscina seguimos echando cubos de agua y encima el agujero se hace más grande acabaremos pasando sed y encima tendremos una piscina vacía. No podemos, en vez de resolver las situaciones en origen, acoger a toda la población de todos los países del mundo en que la gente tenga problemas. No por insolidaridad, sino porque tampoco nuestros recursos son infinitos y porque la afluencia masiva y descontralada de personas genera no sólo problemas presupuestarios, sino de seguridad, de empleo, de sanidad, de vivienda y de convivencia. Naturalmente podemos cerrar los ojos ante esos problemas, pero entonces pagaremos también las consecuencias de cerrar los ojos ante esos problemas.

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