Pedir respeto y a la vez la eliminación del contrario

Diversos medios y organizaciones de extrema izquierda han impulsado un manifiesto bajo el título “Por una esfera pública libre de acoso, amenazas y miedo”. El texto denuncia las supuestas «mentiras, insultos, machismo, homofobia, racismo, desinformación y violencia coordinada, en las redes sociales, los medios o las calles, con el objetivo de amedrentar a las voces comprometidas con la democracia que resultan incómodas a los ultras». ¿Quiénes son los significados defensores del respeto y la libertad que promueven y apoyan este manifiesto? Pues resulta que nos encontramos tras el manifiesto a los directores de El Plural o Público, a Pablo Iglesias, a Ana Pardo de Vera, a Maruja Torres, Rosa María Artal, Jordi Évole, Mónica Oltra, Samantha Hudson o Sarah Santaolalla. Sería un poco exagerado, pero no mucho, decir que es como una manifiesto por la inclusión radial firmado por Hitler, un manifiesto a favor de los espacios verdes firmado por el caballo de Atila, o un manifiesto a favor de la comida vegana firmado por Hannibal Lecter.

Empezando por el final, Sarah Santaolalla es la periodista que todos los días llama fascistas a todos los que osan criticar el sanchismo. Santaolalla es una persona que recibe faltas de respeto, pero que al mismo tiempo falta constantemente al respeto a todo el mundo que no piensa como ella. Santaolalla no quiere un mundo de gente respetuosa. Como todos los que firman el manifiesto, por el contrario, quiere un mundo en el que ellos puedan insultar libremente y los insultados por ellos sean amordazados, cancelados y perseguidos.

La presencia de Pablo Iglesias desbarata por sí misma la seriedad de cualquier manifiesto pidiendo una esfera pública libre de acosos, amenazas y miedo. Pablo Iglesias se hizo famoso por el escrache a Rosa Díaz boicoteando su conferencia en la Complutense. La libertad que Iglesias desea para quienes se le oponen es la que desea en Venezuela o Cuba para los opositores. Pablo Iglesias es el mismo que se emocionaba en el Rodea el Congreso viendo cómo una multitud de ultraizquierdistas violentos pateaban en el suelo a un policía. Pablo Iglesias se pasa todo el día llamando fascista a la oposición y promoviendo la retirada de licencias a todos los medios críticos con el sanchismo. A los escraches y el acoso, siempre que fueran a los demás, Pablo Iglesias los calificaba como “jarabe democrático”. Como firmante de un manifiesto por un espacio público libre sin acoso ni amenaza, Pablo Iglesias no tiene precio.

Maruja Torres llamó “cerda” a Ayuso, que a diferencia de decir que es “medio tonta, medio tetas” debe ser por lo visto un insulto de lo más aceptable. El Plural, uno de los medios que promueve el manifiesto, es un digital que sistemáticamente ha negado la corrupción del sanchismo, que ha descalificado a los medios que la denunciaban, y que por el contrario ha puesto en marcha, para defender al gobierno, bulos como el de los dos DNI del juez Peinado o la bomba lapa que los investigadores de la UCO le querían poner a Sánchez.

Ha habido agresiones a periodistas en los últimos tiempos, pero seguramente no han merecido el interés de los firmantes de este manifiesto. Pensemos por ejemplo en el periodista de ABC agredido en el campus de la Universidad de Navarra por una manada de violentos abertzales, a la que aplaudieron no pocos partidos de izquierdas y sus periodistas afines, o en la agresión hace tan sólo unos día a Txapu Apaolaza, por tratar de informar sobre la liberación del etarra Txeroki. ¿Qué sabríamos de la corrupción que rodea a Pedro Sánchez si sólo fuera por los firmantes de este manifiesto? ¿Qué estaría tolerado decir o pensar si sólo fuera por los firmantes de este manifiesto? ¿A qué países y regímenes se parecería España si de los firmantes de este manifiesto dependiera?

Tenemos también entre los firmantes al asimétrico Jordi Evole, feroz investigador de toda corrupción o comportamiento que no se le pueda afear a la izquierda. Puede que sea el caso más detestable de todos. Es decir, es reprobable el totalitario que muestra a las claras su totalitarismo y su violencia, pero más aún el totalitario, sectario y violento que intenta disimularla. La botella de veneno que pone naranjada es mucho peor y mucho más peligrosa que la botella de veneno que pone veneno. Por eso son más peligrosos los totalitarios que disimulan que los totalitarios a cara descubierta.

Uno no defiende la libertad por los manifiestos que firma o por decir de sí mismo que es un demócrata, sino por sus hechos y las cosas que efectivamente defiende. Escuchar que Otegui era un hombre de paz era sólo el principio. Si Otegui era un hombre de paz cualquiera podía ser un hombre de paz y cualquiera un fascista. De hecho había que convertir en fascistas a todos los que la banda de Otegui secuestraba y mataba para blanquear a Otegui. Igual que hay que convertir en fascistas a todos los que denuncian la corrupción o se oponen a Sánchez, para justificar las crecientes medidas autoritarias de Sánchez.

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