De cara las próximas elecciones se suceden los argumentos y los pronunciamientos curiosos. El voto no convencido, por ejemplo. Votaré por un cambio aunque no me convencen los partidos del cambio. Como si alguna vez se pudiera votar convencido. O sea, votar convencido será la excepción, casi un milagro. Siempre votamos no convencidos, ¿o acaso alguno compartimos al 100% todo lo que dice un partido que no presidimos? Tampoco te compras nunca los pantalones perfectos sino los imperfectos que por lo menos, aunque imperfectamente en tu cuerpo imperfecto, no vas andando con ellos enredados en los tobillos. ¿Y no se puede ser también un abstencionista no convencido por la abstención? Decir que se vota sin estar convencido es por tanto una declaración innecesaria, como si las alternativas fueran votar convencido a Sánchez o votar sin estar convencido. No estar convencido al votar es de hecho hasta sano y recomendable. El votante español no debería ser un territorio ganado sino alguien al que los partidos constantemente deberían estar convenciendo con sus acciones, a riesgo de poderlo perder.

Tenemos también al votante que anuncia que votará contra Sánchez para salvar la democracia y el estado de derecho, pero que si gana la oposición su crítica será implacable desde el primer minuto contra el nuevo gobierno. A veces cuesta dilucidar si realmente se trata de sano espíritu crítico o acomplejamiento, como si anunciando lo crítico que va a ser con el nuevo gobierno pidiera perdón por no votar a la izquierda en este momento. A partir del minuto uno que la izquierda pierda el poder hay que empezar por lo visto a trabajar todos por el regreso de la izquierda al poder. Hay que comprar el perdón por haber criticado al sanchismo criticando implacablemente desde el primer momento al nuevo gobierno. Que dimita ya el nuevo gobierno.

Sánchez ya ha dividido a los españoles estas elecciones, con sus camisetas, sus besos y sus bailes, entre odiadores y odiados. El problema es que a los que la izquierda llama odiadores son en realidad los odiados. Un bote de veneno sigue siendo veneno aunque aunque se cambie la etiqueta por otra que pone azúcar. Del mismo modo, un odiador sigue siendo un odiador que llama fascista a todo el que le lleva la contraria aunque se enfunde en una camiseta que diga “amor”.
‼️ Pedro Almodóvar asegura que la opción PP/Vox es «terrorífica»: «Me hace desconfiar de la democracia». pic.twitter.com/s5SpKuecNB
— okdiario.com (@okdiario) November 6, 2026
A los que la izquierda llama odiadores, no solo se les puede odiar sino que existe el deber de odiarles o se les rodea de calificativos cuya única consecuencia lógica es odiarlos, ¿o no vas a odiar al fascismo? La izquierda hace algo incluso peor que sólo promover el discurso del odio, llegando a crear categorías de personas a las que esta bien odiar y hacia las que el odio es legitimo. Todo el que le lleva la contraria a la izquierda en cualquier asunto entra en alguna categoría de persona odiable, ya sea por machista, homófobo, racista, fascista, pijo, insolidario, negacionista, propietario, rentista, taurino, patriota o católico. O eres izquierdista, o eres odioso. Ser odioso frente a esta izquierda es además un deporte de riesgo.

Las elecciones del 29N pueden ser también por tanto y deben ser de hecho la rebelión de los odiados. No me hagas abrazar tu discurso porque si no me colocas una etiqueta de odiable que me hace merecedor de que se me arroje un ladrillo. No me conviertas en un fascista odiable porque necesitas convertir la elección en una disyuntiva entre corrupción o fascismo. No conviertas a los demás en fascistas porque si la elección fuera simplemente entre corrupción y cualquier otra cosa ya casi nadie te votaría.