Hay amores que matan y el de los ecologistas a la naturaleza es uno de ellos

El monte no se puede tocar. Podemos creer lo que dice la gente de campo o lo que dicen los tertulianos de los medios sanchistas para intentar exculpar a sus políticas ecologistas. O podemos ver lo que sucede en la realidad. Porque el hecho es que los montes y los bosques están ardiendo como teas tras ser abandonados a su suerte por falta de cuidados. ¿O alguien cree que todos los bosques están ardiendo pese a estar limpios y contar con cortafuegos? ¿Quién los va a cuidar si además se abandonan los campos porque con las políticas agendistas estamos asfixiando al sector agrícola y ganadero? Cuando un bosque se trabaja y se cuidad no arde, o lo hace en mucho menor medida. Contra las tertulias del fango de los medios gubernamentales, los hechos.

La realidad es que donde se puede tocar una rama es donde más se han cebado con los bosques los incendios. Cuanto más protegida una zona natural, más susceptible de sufrir un incendio devastador. La razón es que se identifica “protegida” con intocable. Si no se puede tocar, si no se limpia, si no se crean y mantienen la zonas defensivas, el fuego avanza sin freno. El ecologismo entiende que proteger o restaurar la naturaleza es devolverla al estado salvaje, sin que intervenga para nada la mano del hombre. El problema en muchas zonas naturales es precisamente que no exista intervención humana o medidas artificiales para detener el posible avance del fuego. Lo espontaneo y lo natural cuando se inicia un fuego es que arda todo. Para frenar el fuego hace falta la intervención humana, tanto para extinguirlo como sobre todo antes para poder prevenirlo.

Llegamos así a la paradoja de que las políticas ecologistas, no dejando que se toque un matojo, lejos de proteger al bosque lo condena ante el fuego. Con los ecologistas de por medio el fuego no tiene freno. Hay que crear espacios artificiales para frenarlo e intervenir el monte para limpiarlo si se quiere salvarlo del fuego. Por sobreproteger al bosque convirtiéndolo en intocable lo que hacemos, en vez de protegerlos, es perder a manos del fuego todos los bosques. Otrotanto se puede decir de los animales. Hay que escuchar antes a la gente de campo que a los ecologistas, porque los ecologistas viven en bloques de pisos y planifican la naturaleza desde las cuatro paredes de una oficina.

Dejando sin ningún cuidado los montes, para protegerlos del hombre, la masa forestal (y combustible) crece sin control, así como la población animal. Cuando después llega el fuego, sea por el cambio climático, los pirómanos, un rayo o la chispa provocada por unos campistas amantes de la naturaleza, da lo mismo, el fuego se traga todo. Toda la población animal que los amantes de los animales habían convertido en intocable muere aniquilada por las llamas. Todos los nidos y madrigueras son destruidos. El ecologismo radical es más la causa de la destrucción de la naturaleza que el fuego, porque la magnitud del fuego es en buena medida consecuencia de las políticas del ecologismo radical. Hay amores que matan y el de los ecologistas a la naturaleza es uno de ellos. Después es ya sólo ironía que quienes entregan a las llamas las vidas de cientos de miles de árboles y animales se rasguen después las vestiduras por una corrida de toros o un árbol de Navidad.

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