El pucherazo y la polarización son el reverso de la corrupción y la mala gestión de Sánchez

Sánchez repite con insistencia que España va como una moto, no dice sin embargo que va como un tren de alta velocidad, que sería más parecido a la realidad. Las noticias de todos los días respecto al pucherazo y la polarización, por otro lado, desmienten el optimismo, los besuqueos y los abrazitos amorosos del culto gubernamental. ¿Por qué hay que cambiar el censo para tener alguna posibilidad de ganar las elecciones si la gente está tan encantada con el sanchismo y todo funciona tan bien? ¿Por qué si las cosas marchan tan estupendamente con Sánchez están ardiendo las calles, se ha levantado un muro entre españoles y hay mucha más polarización que en cualquier otro momento de nuestro pasado democrático?

Uno de los problemas que presenta el sanchismo a sus críticos es que resulta imposible mantener todos los días en el foco los tres o cuatro asuntos escandalosos que aparecen de nuevo. Se produce un accidente de tren catastrófico, pero tapa el pucherazo, la cloaca, la ocupación marroquí de Ceuta o el regreso de la kale borroka, y mañana nos olvidaremos del accidente de tren porque habrá en el foco otra cosa. De este modo conviene recordar los grandes asuntos que no podemos dejar que queden en un segundo plano porque alguno de ellos, como el pucherazo, del que constantemente aparecen nuevos datos confirmando el descarado intento de alterar el censo, son cuestiones capitales en las que nos jugamos la naturaleza democrática de nuestro futuro.

El pucherazo o la polarización, sin embargo, no son cosas que se deban considerar aisladamente porque todos los males sanchistas tienen una fuente común que es la corrupción. Cronológicamente, la crispación es la primera consecuencia de los casos de corrupción. Tenemos un gobierno que sistemáticamente se ha dedicado a practicar con entusiasmo el negacionismo de la corrupción. No había casos de corrupción, había bulos, pseudomedios, fascistas con toga y redes sociales no tuteladas. El problema con la corrupción del sanchismo es que no se trata de casos que afecten tangencialmente al presidente, sino que atestan todo su entorno inmediato. Atendiendo sólo a los imputados y condenados, Zapatero parece que era su consiglieri para muchos asuntos. Imputados están también su directora de la Guardia Civil y su DAO. Imputados están su número dos y después otra vez el sucesor de su número dos. Imputada la fontanera de la cloaca dedicada a cobrar mordidas con una mano y a tapar la corrupción del entorno de Sánchez con otra, a la que por lo que sea todo el mundo abría la puerta y servía como si supiera que venía directamente enviada por Sánchez. Imputada también su mujer, dedicada a captar para sus clientes fondos del gobierno que preside su marido, y condenado ya estas alturas su hermano. Sánchez no niega por tanto casos de corrupción numerosos pero lejanos, sino casos de corrupción de su entorno inmediato. Más aún, son casos de corrupción que no habría podido cometer alguien que precisamente no formara parte del entorno innmediato de Sánchez.

Una vez convertida la corrupción en un problema fundamental para la percepción de los españoles, la polarización y por tanto la crispación eran por tanto consecuencias inevitables. O asumes responsabilidades políticas por los casos de corrupción, o te atrincheras, y si te atrincheras tienes que empezar a convertir en nazis a todos los que denuncian tus casos de corrupción. Si la gente tiene que elegir en las urnas entre San Francisco de Asís y corrupción, elige lógicamente a San Francisco de Asís, de modo que el gobierno sospechoso de corrupción y atrincherado en el poder necesariamente tiene que convertir a la alternativa en Hitler, para que la gente no elija la alternancia pese a los casos de corrupción.

Una vez convertida la alternativa en Hitler, la crispación y hasta la violencia resultan una consecuencia natural. Por un lado no vas a tratar a los nazis como si fueran monjes tibetanos, y por otro marcar como nazis a los críticos o a los jueces y periodistas molestos te permite hacer cualquier cosa contra ellos, incluso mandar a darles un “sustillo” al clan de los Rocho. La pregunta es acaso por qué Sánchez se atrinchera de una forma tan agresiva y desesperada al poder, para responder a lo cual debemos recordar la proximidad a su persona de todos los imputados, condenados y sospechosos de corrupción. A lo mejor Sánchez no es el jefe de toda la banda corrupta, pero desde luego se está comportando como si lo fuera y necesitara conservar el poder a toda costa para blindarse frente a la Justicia, lo que nos lleva al siguiente punto y al pucherazo.

¿Qué ocurre cuando el horizonte judicial es oscuro como el sobaco de una cucaracha y todas las encuestas menos las que tú cocinas anticipan con claridad un cambio? ¿Qué sucede cuando la crispación y la criminalización de la oposición no bastan para compensar los casos de corrupción y la mayoría, a pesar de eso, sigue exigiendo un cambio? La última carta disponible es un pucherazo. Significativamente, eso es precisamente lo que estamos viendo en los últimos meses con la Ley de Nietos. Las evidencias son abrumadoras de que no sólo se está alterando sustancialmente el censo antes de las elecciones, sino que se está haciendo de forma totalmente irregular e incumpliendo los propios términos de la ley creada para alterar ese censo. Interesa tener en cuenta todo esto primero para que el torbellino de sucesos, por graves que sean, no eclipse la amenaza fundamental y existencial que pesa en estas elecciones sobre el sistema electoral, el estado de derecho y la democracia. En segundo lugar, hay que recordar constantemente este marco en que todo el entorno de Sánchez está corrupto porque es la fuente de todo el resto de fenómenos que se están produciendo, ya sea el ataque a los jueces, periodistas y policías, la cloaca, la polarización, el muro, o finalmente el intento desesperado por alterar el censo.

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