Mucha resiliencia pero poca habilidad para negociar. Así se podrían resumir las capacidades de Pedro Sánchez para estar donde está. O peor aún, para llevarnos adonde nos lleva. No se trata aquí siquiera de discutir, que esa sería otra, el qué sino el cómo. Es decir, todo lo que está negociando Sánchez con los nacionalistas es una abominación que implica no ya el desmantelamiento y venta por fascículos del estado de derecho español, sino de la propia España. Eso sería el qué, pero es que ni siquiera la vende bien. Es un pésimo negociador.
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Frente a lo que podría pensarse, el PSOE es un malísimo negociador. Suele creerse que el PSOE tiene una gran capacidad de negociar porque consigue lo que quiere negociando, pero eso no es exactamente ser un buen negociador. Es como pensar que alguien es un gran negociador porque después de negociar con el vendedor ha conseguido comprar un coche. El mero hecho de que compre el coche no implica que haya negociado la compra bien.
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El poder negociador lo da el tener alternativas. Si para alcanzar el poder sólo puedes pactar con un partido, estás en manos de ese partido y el precio por el pacto será alto. Si puedes alcanzar el poder pactando tanto con un partido como con otro, el precio será más bajo porque habrá una puja a la baja, como el que puede elegir contratar entre dos operadoras de teléfono. Nadie por tanto da un trato por hecho o renuncia nunca de antemano a una baza negociadora, menos el PSOE.
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Si primero anuncias que habrá gobierno y que lo negociarás con el nacionalismo, y después negocias el pacto, el precio será alto, disparatado, como si ya le dices de entrada al vendedor que pase lo que pase le vas a comprar el coche y después empiezas a negociar el precio. Pedro Sánchez sería el peor comprador de coches del mundo. Que al final consiga comprar el coche no significa en absoluto que sea un buen negociador, si el precio es desaforado. Un político con principios de entrada no se hubiera puesto a pactar con golpistas, pero si a falta de escrúpulos hubiera tenido cabeza al menos antes de ponerse a negociar con los nacionalistas habría dejado las puertas abiertas a una nueva convocatoria electoral, a un pacto constitucional, a cualquier cosa que le hubiera dado opciones antes de empezar la negociación.
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En España nos quejamos del poder que ostentan unas pequeñas minorías nacionalistas, y cómo se incrementa el apoyo a estas fuerzas nacionalistas gracias a ese poder. Sin embargo, nunca hacemos nada al respecto. En Argentina o en Francia, por ejemplo, tienen un sistema a segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. O sea, que si gobernaba Sánchez o Feijóo podría decidirse directamente por los españoles en una votación, no a expensas de oscuros pactos, no por precios autodestructivos, no a escondidas en Waterloo. Pero incluso sin necesidad de cambiar el sistema de elección, que siempre sería una posibilidad, o de ilegalizar a los partidos que quieren destruir el país, o que no condenan la violencia política, o que han dado un golpe de estado, que sería otra opción, incluso con las cartas que tenemos parece que no sabemos jugar. Ya bastante limitado es el tablero como para que, además, la izquierda renuncie a pactar con la derecha o la derecha renuncie a pactar entre sí. Esto es renunciar a todas las bazas negociadoras que no sean pagar el precio que sea al nacionalismo para conseguir el poder. El poder del nacionalismo no sólo se lo proporciona el sistema, que podría cambiarse, sino la aceptación de un marco, impuesto por los nacionalistas, o autoimpuesto por la izquierda, en el que los no nacionalistas dinamitan sus propias bazas de negociación.
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