Blocus, Halloween y otros monstruos

Los últimos graves sucesos en España opacan los anteriores graves sucesos ocurridos apenas una semana antes. De este modo el puente festivo, la patochada de Halloween y la nueva tragedia ferroviaria han dejado en segundo plano noticias, como el resurgir la de la violencia callejera, que merecerían una atención mucho más importante en situaciones normales, sólo que en la España sanchista han dejado de existir hace ya tiempo las situaciones normales.

Hace tan sólo una semana ardían las calles de Barcelona o Bilbao al son de las calles francesas. La responsabilidad de los graves disturbios en Barcelona se le atribuía a una red de personajes llamada “Blocus”. Hasta la semana pasada, por otro lado, nadie había escuchado nada de esta organización Blocus capaz de poner patas arriba Barcelona o Bilbao. Hace tres días, no obstante, eran detenidos los principales responsables de Blocus en España y de todos los disturbios convocados para Halloween no ha quedado un contenedor arañado. Blocus ha desaparecido del mapa desarticulado por el estado en cinco minutos.

No somos amigos de teorías conspirativas: las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y el sano espíritu de cuestionamiento de las verdades oficiales no puede servir para abrazar sin cuestionamiento verdades todavía más estrafalarias que las verdades oficiales. No obstante todo lo cual, lo de Blocus es raro.

Cuando el estado es capaz de desactivar en cinco minutos un movimiento violento caben dos hipótesis: que el aparato policial del estado sea sumamente eficaz o que la violencia del movimiento haya partido del propio estado. En este sentido no ha faltado quien ha sugerido que la violencia de Blocus, o la violencia callejera de los últimos tiempos en general, es un hecho tolerado o promovido por los propios estados europeos, cuya conclusión será usar esta violencia para justificar la persecución ideológica, aumentar más si cabe el control estatal del ciudadano común, y promover la censura en los medios y las redes sociales. Puede ser que sí o puede ser que no, pero a estas alturas no vamos a hacer como que los gobiernos no odian la libertad. Puede que como el COVID la reciente violencia callejera no sea una creación de los propios gobiernos, pero al igual que el COVID corremos el riesgo de que los gobiernos lo usen para apretar un poco más si cabe el grillete sobre las escasas libertades que nos quedan aún a los ciudadanos. De esta, si salimos, salimos más controlados.

Existe sin embargo una tercera opción, y es la de que el gobierno haya detenido a cuatro pringados como responsables de una violencia que quizá excede en mucho sus capacidades. No es probablemente que los detenidos sean unos angelitos exentos de toda culpa, pero cabe dudar que cuatro adolescentes con un móvil tengan tamaño poder de convocatoria, ya sea para asaltar Ceuta o quemar Barcelona. Como bien se sabe en el País Vasco o la CAV, y a estas alturas también en Cataluña, la kale borroka persistente y contundente exige estructura, dinero y apoyo político. De hecho, existe una asimetría absoluta en España entre la violencia que pueden convocar la izquierda y los nacionalistas respecto a los no nacionalistas y la derecha. En realidad, los no nacionalistas y la derecha no tienen capacidad para hacer la kale borroka. Toda la violencia política que sufren la derecha o los no nacionalistas no se la pueden devolver proporcionalmente a la izquierda y el nacionalismo. Si hay alguna acción violenta de la extrema derecha, es ínfima y responsabilidad de cuatro pringados descoordinados. Por un lado porque la violencia política sigue un discurso violento y la derecha y los no nacionalistas no tienen un discurso violento, y por otro lado porque en el no nacionalismo y la derecha no existen estructura, financiación ni apoyo político a grupos violentos, pese a todos los ataques sufridos. Puede haber una violencia ultraderechista, pero menor y sin organización, mientras que la violencia nacionalista y de extrema izquierda no existe sin organización y puede hacer arder una ciudad, una comunidad o un país.

Dicho todo lo cual, no deja de resultar llamativa la cuestión de la identidad, origen y nacionalidad de los responsables de Blocus. Más allá de estos responsables reales o inventados de la violencia de la semana pasada, no cabe mucha duda de que buena parte de aquella violencia saqueadora y vandálica fue protagonizada, sobre todo en Barcelona, por personas de origen inmigrante. Conocemos sobradamente nombres como Indar Gorri, Ikasle Abertzaleak, Bukaneros, Izquierda Castellana, GSK, los CDR, Jardún o antes Jarrai… Conocemos también los partidos, sindicatos y plataformas que simpatizan con estas organizaciones y deploran toda detención de sus miembros violentos. ¿Pueden entrar en resonancia al mismo lado del muro los viejos conocidos con los nuevos violentos de origen extranjero? Tal vez los nuevos españoles y los delincuentes importados tienen ya sus propias organizaciones, sus propias plataformas, sus propios intereses, o partidos y plataformas, quién sabe si gobiernos, tratando de utilizarlos.

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