Zapatero, la sonrisa del mal

Zapatero es un político que se ha intentado caracterizar por su sonrisa, su “talante” y sus maneras suavonas mientras sus hordas te llamaban asesino o rodeaban tus sedes. El Prestige, el Yak42, el 11M… guante de seda en puño de hierro. “Bambi de acero” llegó a denominarlo Alfonso Guerra, entonces con admiración y reconocimiento. El primer Terminator tenía el intimidador aspecto de Arnold Schwarzenegger, pero en la tercera entrega de la saga ya era una rubia maciza. Cuanto más peligroso era el asesino cibernético, más inocente y agradable era su aspecto. Hasta los robots se dieron cuenta de que parecer inofensivo y ser capaz de sonreír mientras se come crudo a un niño es una ventaja estratégica. Las plantas carnívoras funcionan también igual que Zapatero, invitando a acercarse a sus presas con sus colores atractivos y llamativos.

El que te va a vender una moto averiada intenta parecerse más a San Francisco de Asís que a Nosferatu. Es primero de engañología no parecer el demonio cuando lo eres. Si el demonio sale a pasear por la calle no será con el aspecto de Alien para que todo el mundo salga corriendo aterrado. El truco del demonio es siempre no parecer lo que es. Cuando el demonio adopta una forma seguramente es la de alguien por el que la gente se siente atraida, alguien que inspira confianza y seguridad, no alguien del que todo el mundo huye aterrado. El demonio es un seductor. Quien por tanto se ha sorprendido mucho por las revelaciones respecto a Zapatero es que sólo miraba su aspecto superficial.

Desde luego la izquierda del PSOE ha dado un giro en las últimas horas a raíz de las evidencias. Ya no ven tan clara la inocencia de Zapatero. “Pinta feo”, reconocía Belarra un día después de su defensa cerrada. “Quizá me equivoqué”, reconocía también Rufián por haber defendido a Zapatero el día anterior.

El hecho, sin embargo, es que todos ellos siguen hablando de lawfare. Esto no obstante es una contradicción. Para que pueda hablarse de lawfare, Zapatero tendría que ser inocente. Si se reconoce que el caso de Zapatero apesta, entonces ya no se puede hablar de lawfare. Lo que también está repitiendo la izquierda es que, con indicios o no de corrupción, esto no le habría pasado a Zapatero si no fuera un referente de la izquierda. ¿Pero qué significa eso? ¿Que los referentes de la izquierda no pueden ser investigados si se corrompen? Más bien tendría que ser la izquierda la que debiera examinar a quién convierte en sus referentes. En esta misma línea la izquierda insiste también en si las acusaciones contra Zapatero provienen de Manos Limpias, de Trump o del cazador de la madre de Bambi. En realidad es irrelevante. Aunque fuera verdad, que además no lo es, los casos no se pueden juzgar, salvo en las dictaduras, en virtud de la ideología de los denunciados o los denunciantes, sino en virtud de las pruebas aportadas. Lógicamente quien vaya a aportar pruebas contra Sánchez o Zapatero no va a ser en principio Oscar Puente.

La tesitura del sanchismo sólo admite dos escenarios. O una huida hacia adelante, terminando de reventar el estado de derecho, o una recogida legendaria de cable. Tampoco es impensable, si el sanchismo determina que no le es posible subvertir la democracia, que veamos de repente a Javier Ruiz, Intxaurrondo o Santaolalla empezar a perjurar que desde el primer momento fueron ellos quienes más radicalmente cuestionaron a Zapatero, y que nadie les ha ganado a ellos a exigir que se investigue hasta el final y con todas las consecuencias la corrupción de la izquierda. Por lo demás nada sorprende ahora de Zapatero para quienes, tras su sonrisa, eran capaces de ver al hombre con el que las elecciones se celebraron con las sedes de su rival rodeadas, al hombre que convirtió en enemigos de la paz a quienes se opusieron a sus pactos con la ETA, al hombre que reabrió las heridas de la Civil, al hombre que empezó a destruir la libertad educativa con la asignatura ideológica de Educación para la Ciudadanía, al hombre que decidió que el enemigo no era la ETA sino la derecha, y que había que resucitarla y reintroducirla en las instituciones para pactar y formar mayoría con ella, o al hombre que se ha hecho rico trapicheando con la sangrienta dictadura chavista y blanqueándola. Para todo el que quisiera verlo era imposible hacerse rico mercadeando con la tiranía chavista dentro de la moralidad, pero además todo indica que tampoco era posible dentro de la legalidad.

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