Alarma, coronavirus

Redacción 16 marzo 2020 Noticias, Noticias destacadas
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Desgraciadamente para este gobierno no somos súper inteligentes. Sin embargo, lo del coronovirus lo veíamos venir hace tiempo todos menos el gobierno. Puede que no desde el principio, pero desde luego sí desde hace varias semanas. O sea, que el gobierno no puede escudar su imprevisión en que hacía falta ser súper inteligente para prever la situación, o por lo menos un escenario extraordinariamente complicado. Una prueba palpable entre muchas es la noticia de que la Volkswagen había planteado ya un ERTE preventivo ante un posible parón en la producción. Parte de los componentes del Polo y del T-Cross proceden de Italia, donde ya se estaban llevando a cabo cuarentenas y bloqueos en determinadas regiones como sucede ahora en toda España. Esto pasaba el 27 de febrero, como para pretender ahora el gobierno, sus terminales mediáticos y los ciberactivistas radicales que no había quien pudiera prever la situación.

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Hace semanas también que hay quienes empezaron a acumular provisiones en sus casas ante lo que pudiera suceder, lo que generó toda una campaña de memes y mofas en la red a cuenta de las enormes necesidades de papel higiénico de los paranoicos. Ojalá alguien en el gobierno hubiera tenido la mitad de sensatez que uno de esos paranoicos que todo esto se lo veían venir. Hemos pasado en un parpadeo del no caigan en la histeria y no compren comida al no salgan de sus casas en 15 días. Pero como la gente que no estaba paranoica no tiene despensa y no se va a comer las pastillas del lavavajillas, haber seguido los llamamientos a la calma implica hacer un paréntesis en la cuarentena, ir al súper y mezclarse con cientos de personas no paranoicas a ver si queda de todo y nos toca la cola del que no está tosiendo. Pedir un gobierno con gente simplemente tan previsora como la que dirige Volkswagen quizá sería pedir demasiado, pero a lo mejor nos hubiéramos conformado con un gobierno al nivel de la gente que compraba latas de comida y papel higiénico. Estremece pensar que hace sólo una semana los mismos que ahora imponen la cuarentena domiciliaria llamaban a cientos de miles de personas a concentrarse el 8M. No era imprevisible, lo veía todo el mundo menos el gobierno.

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Por lo demás, el mundo se enfrenta a un reto claramente histórico por culpa de esta pandemia. Si todos nos quedamos en casa 3 meses, en todos los países del mundo, claro que habrá desabastecimiento. Las cosas no aparecen por arte de magia en las estanterías de los hípermercados. Alguien tiene que hacer todas esas cosas. Si hay desabastecimiento eso también significará que se han ido a la ruina las empresas que nos abastecen. Por tanto o la cuarentena no es cuarentena, con lo que sigue el contagio, o el desabastecimiento acabará dando la razón a los chalados que llevan un mes acumulando papel higiénico. Desafortunadamente los hechos a fecha de hoy dan más la razón a los chalados que a los gobernantes en los que ahora tenemos que confiar. Es decir, tanto la mujer del presidente como la del vicepresidente están contagiadas: por supuesto que les deseamos lo mejor pero, ¿cómo confiar en que saben lo que se hacen si en su casa ya están infectados? No es ninguna caricatura decir que Iker Jiménez lleva un mes dando mucho mejor información que Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o TVE. La pública. La de Pablo Iglesias. La que da la mejor información. Puede que no mucho peor que otras, pero con nuestro dinero.

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El señor Pablo Iglesias merece capítulo aparte porque casi podría decirse que ha intentado aprovechar la crisis sanitaria para implantar una dictadura comunista desde la vicepresidencia. Las discusiones del consejo de ministros del sábado que se han filtrado reflejan que Pablo Iglesias intentó (y consiguió parcialmente) convertir España en Venezuela en un día: nacionalizar la sanidad privada, los colegios, las energéticas, los medios de comunicación… Efectivamente, el coronavirus y la emergencia real en que vivimos son el caldo de cultivo perfecto para un revolucionario sin escrúpulos. Lo que se supone que Iglesias propuso en el consejo de ministros, por otro lado, coincide con lo que sus ciberactivistas estaban pidiendo en masa a través de las redes sociales en el mismo momento. Puede que sea el momento de ofrecerle alternativas a Pedro Sánchez. No por ser un tipo maravilloso que las merece, sino precisamente por ser un desastre. Si fuera maravilloso podría a lo mejor apañarse sin nuestra ayuda, pero siendo tan desastre es probable que la necesite. Otra cosa es que la rechace, pero eso sería otra carga más en su mochila, para cuando toque pesar su mochila.

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En medio de toda la vorágine, casualmente el Jefe del Estado anuncia que renuncia a la herencia de su padre, Juan Carlos I, ante la oscura sospecha de que esa herencia puede ser dinero sucio, dinero opaco, dinero utilizado para inundar de millones a las queridas de un monarca irresponsable y con poca cabeza si se confirma lo publicado. El anuncio de la renuncia, de todos modos, de algún modo da carta de naturaleza a lo sospechado y lo publicado.

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En estos días proliferan los justificados agradecimientos a los profesionales de la salud publica, un agradecimiento absolutamente merecido y justificado. Sin embargo, da la impresión a veces de que tras ese agradecimiento loable hay una intención de denigrar a los profesionales de la salud del sector privado, que por supuesto también trabajan a destajo contra el coronavirus, ahora ya bajo las órdenes directas del gobierno. Resulta ya un poco cansina esta insistencia de la izquierda en menospreciar o estigmatizar a todas las personas que trabajan en el sector privado. Recordemos por otro lado que buena parte de lo que está sucediendo por la escasa previsión en esta crisis la tienen los gobernantes, o sea los máximos dirigentes del sector público. De algún modo hay un conflicto lógico entre lo poco que confiamos en los políticos y lo mucho que confiamos en lo público. Y por supuesto muchos de los dirigentes de lo público que han fallado estrepitosamente, que han retrasado la adopción de medidas, que no tenían ningún plan ni previsión, que el sábado aún no tenían ni idea de qué hacer, ahora apelan a lo público como para participar del mérito de los profesionales de lo público y diluir su inutilidad.

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La situación actual implica gestionar un par de riesgos en difícil equilibrio. Uno de los riesgos es no conseguir frenar la velocidad de expansión del coronavirus, el otro riesgo es destruir la economía. Estamos parando la economía porque sobreponderamos el valor de la salud, pero tenemos que intentar parar la economía sin destruirla. En realidad no está claro hasta qué punto poner un país en cuarentena puede acabar con el virus. En cuanto decaigan las medidas de cuarentena, es posible que vuelvan a subir los contagios. Lo que se puede conseguir es bajar la velocidad de propagación para que no haya una saturación del sistema sanitario. Pudiendo atender bien a los enfermos, habrá menos muertos. Habría que ver sin embargo si tiene sentido prolongar las cuarentenas más de 15 días, que es lo que corresponde a un período de incubación. Teniendo en cuenta además que la cuarentena es parcial y que tenemos que salir a comprar comida y medicinas o a trabajar en labores y sectores esenciales para evitar un colapso social, podemos pensar en el éxito de la cuarentena para reducir los contagios, pero no para acabar con la pandemia por completo. Seguramente todo esto lo saben los expertos y trabajan en la esperanza de avanzar por ese equilibrio entre rebajar la velocidad de contagio y no destruir totalmente la economía. Por no mencionar la esperanza de que nos encontremos ante un virus estacional.

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Quizá no tenga mucho sentido practicar la numerología con esta enfermedad. Nadie sabe si la propagación seguirá una progresión lineal, si las medidas de contención serán muy eficaces o si aparecerá un cisne blanco. No obstante, Angela Merkel adelantó un escenario con un 60% de la población infectada. Los datos sobre los infectados sugieren un 80% con un cuadro leve, un 20% con necesidad de asistencia hospitalaria y entre un 1% y 3% de fallecimientos, aunque la mortalidad real es esquiva ya sea por las peculiaridades de cada país o por el desconocimiento de las cifras reales de infectados (ante la avalancha de positivos ya sólo se verifican los casos graves). La buena noticia es que dentro de unos meses la inmensa mayoría habrá superado la enfermedad. La mala noticia es que el mundo se dividirá entonces entre los que hayan superado la enfermedad y los muertos. Alejándonos de un escenario tan adverso como el de Merkel, una mortalidad del 1% nos podría parecer baja, y en realidad lo es, pero si llegáramos a tener 1 millón de infectados eso se traduciría en 10.000 muertos, 30.000 si la mortalidad fuera del 3%, 60.000 si fuera del 6% como en Italia. Y si los infectados fueran 10 millones… hagan ustedes mismos los cálculos. Quedémonos en casa, si tenemos que salir protejámonos lo mejor que podamos, blindemos a nuestros mayores, y confiemos en Dios, en el ingenio humano y en las medidas de contención.

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Hablando de ingenio humano, el libre mercado también empieza a adaptarse al nuevo escenario. Las grandes cadenas de distribución comienzan a ofrecer masivamente servicios de envío de alimentos a domicilio, o de pedidos online que se recogen en el parking del establecimiento y son depositados en el maletero con un número de pedido, sin contacto con nadie. Vamos a sufrir duramente, vamos a perder seres queridos, pero la oscuridad total, como el vacío, no existe. Sólo existen momentos con más o con menos luz. E incluso cuando mayor es la oscuridad, más destaca una luz.

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Esta noticia la publicamos el 19 de diciembre de 2007