A la izquierda española y a los nazis no les gustan los libros

A la izquierda española y a los nazis no les gustan los libros. Es curioso lo que está pasando con la izquierda española y la presentación del libro de Juan Soto Ivars sobre las denuncias de violencia de género falsas. Soto Ivars, obviamente, no niega ni aprueba la violencia contra la mujer (¿alguien hace eso en España?), lo que hace en su libro es poner sobre el tapete una realidad que se quiere negar: existe la violencia contra las mujeres, pero también existen las denuncias falsas. ¿Por qué la izquierda tiene que negar, contra toda evidencia, la existencia de denuncias falsas? En primer lugar porque ha dividido a los seres humanos en un género santo y puro, las mujeres, y en un género terrorista y malvado, los hombres. En segundo lugar, porque en base a lo primero ha decidido cargarse el principio civilizatorio de la presunción de inocencia, cuando es un hombre el acusado por una mujer de violencia: hermana, yo sí te creo. No puede haber por tanto “hermanas” que mientan por odio, interés o despecho, o habría que restablecer la presunción de inocencia. ¿Y si alguien osa escribir un libro recogiendo los casos de falsas denuncias y el drama que han vivido muchas personas a causa de ellas? Los nazis marcaron a la izquierda el camino de lo que hay que hacer con los libros indeseados.

Tan absurdo como negar la existencia de las denuncias falsas es pretender que las denuncias falsas benefician a la mujer en general. Una denuncia falsa en particular puede beneficiar a una mujer en particular, pero desde luego no beneficia en absoluto a las mujeres en general. ¿Cuántas abuelas no pueden ver a sus nietos por culpa de una denuncia falsa? Los hombres falsamente acusados, ¿no tienen madres, hermanas, hijas o nuevas parejas que sufren? Por supuesto las falsas denuncias provocan un sufrimiento y un estigma a veces abrumador a los hombres falsamente acusados, pero el sufrimiento de los hombres no puede ser computado. Los hombres son mujeres malformadas, seres humanos de segunda, no importa su sufrimiento.

El caso es que la izquierda ha decidido no sólo cargar verbalmente contra Soto Ivars, sino boicotear las presentaciones de su libro. Siguiendo el ejemplo de la horda abertzale de Pamplona, la izquierda ha decidido empezar a mandar escuadristas a las presentaciones de libros de Soto Ivars. Cuidado con ese, que piensa. Cuidado con ese, que escribe libros. ¿Quién eres tú para decidir sin permiso de la izquierda lo que puedes leer?

El que no piense como ellos es Charlie Kirk

Todo esto podría parecer una defensa específica a Soto Ivars, pero lo que estamos defendiendo con estas líneas en realidad es el derecho de todos a la libertad de expresión. Negamos a la izquierda la potestad de decidir lo que se puede y no se puede decir, lo que se puede o no se puede escribir, y dónde se puede hablar o se puede presentar un libro. Si reconocemos a la izquierda el poder, que no el derecho, a decidir lo que se puede pensar y lo que no, aquí sólo se va a poder pensar lo que diga la izquierda. Viendo lo que ha pasado en Sevilla, ¿qué podría pasar si Soto Ivars decidiera presentar su libro también en Pamplona? ¿Qué posibilidades habría de que compareciera la horda abertzale para impedirlo? ¿Se puede presentar un libro o pronunciar una charla todavía en Pamplona sin el permiso de la horda abertzale? ¿Quién manda a la horda abertzale (o la que sea) y quién se aprovecha de ella? Como mínimo quienes la aplauden y no la condenan.

Terminemos sin embargo con dos consideraciones positivas respecto a todo este asunto. La realidad es que a Soto Ivars la izquierda le está haciendo una promoción impagable. Sin duda el libro de Soto Ivars tiene méritos propios para ser interesante, pero la izquierda lo va a convertir en un superventas. La otra consideración es que cuando para sostener tu discurso tienes que quemar o prohibir los libros de los demás tu discurso ya ha muerto, aunque aún no lo sepas. Donde no llegas con los argumentos intentas llegar con las prohibiciones. Prohibir lo que dice el otro es un reconocimiento implícito de que lo que dice el otro es más convincente que tu discurso.

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