Hasta el CIS refleja que la amenaza fascista es imaginaria pero el peligro ultraizquierdista real

No es que el CIS sirva para mucho, al menos al ciudadano. Los estrambóticos resultados de las encuestas del CIS sólo admiten dos posibles interpretaciones. Una es que simplemente le ofrecen a Pedro Sánchez los resultados que quiere ver, aunque después no tengan nada que ver con la realidad. La otra interpretación es mucho peor: se trataría de dar credibilidad a un resultado futuro en las generales que nadie pueda creer. Si el día de las generales nos encontramos con una victoria increíble de Sánchez, que al menos Sánchez pueda decir que el CIS sí la preveía y que por tanto no es tan increíble. Los barómetros del CIS resultan no obstante, pese a su descrédito general, interesantes en comparación con ellos mismos y con la evolución en el tiempo de algunos de sus parámetros.

Así, por ejemplo, las encuestas del CIS suelen preguntar a los encuestados por su autoubicación ideológica, representando el 1 la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. ¿Qué es lo que se aprecia según el CIS en esta escala? ¿Una amenaza en la extrema derecha? Por el contrario, lo que se observa es que hay un porcentaje de la población mucho mayor en la extrema izquierda (el 18,%%) que en la extrama derecha (sólo el 8,1%). Entre los dos puntos más extremos de la izquierda de la escala, el 1 y el 2, hay un 24,8% de la población, mientras que entre los dos puntos más extremos de la población, el 9 y el 10, sólo hay un 9,8%, ¿dónde está entonces la mayor amenaza extremista? ¿En la derecha o en la izquierda donde hay 2,5 veces más de extremistas?

Considerando que el 5 representa el centro de la escala, y que la izquierda ocupa el 1,2,3 y 4 de la misma, observamos otro fenómeno curioso. La casilla más numerosa de la izquierda es con diferencia la más extrema, la 1. El ultraizquierdista es el elemento más representativo de la actual izquierda. Esto choca con la impresión general de que cuanto más extrema es una posición en general menos respaldo tiene.

Otra observación interesante es que, si comparamos la última encuesta del CIS con una de 2019, comprobamos hasta qué punto han cambiado los resultados con el sanchismo. Cuando llegó Sánchez al poder, la extrema izquierda era la opción minoritaria de la escala. La inmensa mayoría de las personas de izquierdas se autoubicaban en el 3 y el 4 de la escala, en las posturas más moderadas. Se ha verificado por tanto una radicalización pronunciada de la izquierda en España. De hecho, es probable que el crecimiento de la derecha sea un reflejo de esa previa radicalización extrema de la izquierda. El izquierdista moderado, desde la llegada de Sánchez al poder, es una especie en vías de extinción. El producto del actual discurso de la izquierda española es un extremista.

Cabe preguntarnos al final a qué responde esta radicalización y si es un objetivo buscado o no. En realidad, lo que está sucediendo con la corrupción nos permite observar el desarrollo de este fenómeno de radicalización en tiempo real. Ya los pactos de partida con Bildu, la extrema izquierda y los golpistas iniciaron un giro radical hacia el extremismo. La lógica de aquellos pactos era irrevocable. No sólo es que para pactar con la extrema izquierda o los golpistas había que blanquearlos, sino que sólo convertir en nazis a los rivales justificaba el pacto con aliados de dudosa calidad democrática. La inevitable dinámica de radicalización comenzó de aquel modo.

La corrupción del PSOE actúa ahora como aceleradora y potenciadora de esa radicalización. Cuantos más casos de corrupción atenazan al PSOE, más hace falta subir la altura del muro para evitar que los votantes pasen al otro lado. Y para subir el muro hace falta más polarización y más división. Polarización y división es por tanto lo que Sánchez ha traído a España durante su presidencia, no de forma accidental sino deliberada y consustancial.

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