Lo público catastrófico entre Urda, Mbappé y Mao

La catastrófe de Urda, apenas unos meses después de la de Adamuz, no ha servido para que las feministas dejen de culpar de ella a los hombres, los ecologistas al calentamiento global o el comunismo a la privatización del sistema ferroviario. El problema que las personas con un pensamiento integrista interpretan cualquier suceso de la realidad referenciándolo tan sólo a su neura. Irene Montero no elige los cereales que desayuna pensando en cuál sabe mejor, sino cuál es más feminista. Un comunista tampoco puede aceptar que la explicación de cualquier clase de mal no sea ser insuficientemente comunista, por eso sigue habiendo comunistas aún. Sólo así se explica que haya políticos y comentaristas en España capaces de atribuir Urda o Adamuz a una supuesta privatización, cuando la red ferroviaria es pública, su gestión es pública, su responsable es un ministro y los trenes que operan en la red son de una sociedad estatal. Es absurdo pretender que ha habido una privatización del sistema ferroviario español sólo por permitir circular por una red pública sin sobrecargas, bajo las condiciones y dirección pública, pagando además un canon, a algunos operadores privados que, por otro lado, no son tan privados, teniendo en cuenta por ejemplo que Iryo es una sociedad bajo el control público del estado italiano. Por si fuera poco, la red ferroviaria de alta velocidad japonesa es privada y no ha tenido accidentes en décadas, pero todo esto no es más que una pequeña consideración general hasta llegar al personaje que hoy nos interesa, que no es Oscar Puente sino Mao.

Seguramente todo el mundo recuerda la reciente polémica entre China y Mbappé por las palabras de este último llamando dictador a Mao Tse Tung, por un inocente meme en el que se colocaba la cara de Mbappé sobre la del carnicero dictador chino. Puede parecer que aquello fue una mera anécdota, pero no es así en realidad. Es la constatación de que China no ha evolucionado ideológicamente tanto como pensamos y que, defendiendo así a Mao, sigue siendo una dictadura instalada, no sólo formalmente, sobre la estricta ortodoxia comunista. No sólo eso, es también la constantación de que no ya en China, sino en España, un futbolista francés puede criticar sin que pase nada a Trump, pero no se puede criticar a Mao. ¿Quién manda entonces aquí? ¿Quién amenaza la libertad de expresión? ¿Trump o Xi Jinping? Pero no perdamos la conexión de las catástrofes públicas con la figura de Mao.

El dictador Mao, con su programa comunista El Gran Salto Adelante, decidió por ejemplo prohibir la agricultura privada, lo que llevó a la Gran Hambruna China entre 1959 y 1961 la cual provocó varios millones de muertos por inanición en las zonas rurales. El número no se conoce exactamente porque los regímenes comunistas no se caracterizan por su transparencia ni en la China de Mao ni en la Rusia de Chernobil. Y sin embargo el asunto que nos interesa hoy de Mao no es la Gran Hambruna sino la rotura de la presa de de Banqiao. La presa de Banqiao y otras muchas más se construyeron a principios de la década de 1950 en pleno auge del Gran Salto Adelante de Mao. Fueron promocionadas por la propaganda del régimen como presas de «hierro» e indestructibles. Hubo técnicos que por el contrario denunciaron sus deficiencias, pero fueron purgados por ser enemigos del pueblo y malos comunistas. El resultado fue que la presa de Banquiao no pudo aguantar la fuerza del tifón Nina en 1975, pero no sólo eso. La rotura de Banqiao provocó el fallo en cadena de otras 61 presas comunistas indestructibles en cadena. La consecuencia más de 200.000 muertos y la mayor catástrofe hidrológica de la historia.

No se sabe el número exacto de muertos con precisión porque la catástrofe fue clasificada por el régimen comunista chino como secreto de estado. Ahora ya no es tan secreto pero casi nadie ha oído hablar de esta catástrofe comunista. Otro gran éxito (ocultando verdades, no construyendo presas) no sólo del comunismo sino de la figura incriticable de Mao. Tal vez por no hablarse nunca de estas cosas queda gente que aún se cree que los accidentes se evitan dejando siempre las cosas en manos del estado. Por supuesto el capitalismo es un sistema imperfecto, el problema es que no se trata de elegir entre un sistema perfecto y otros imperfectos, sino de elegir en todo caso entre distintos sistemas imperfectos, y entre el imperfecto sistema comunista y el imperfecto sistema capitalista no sólo es que la superioridad del sistema capitalista es abrumadora, sino que entre el comunismo y cualquier otro sistema imperfecto el comunismo prácticamente siempre es el sistema peor.

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