¿Y por qué deberían Zapatero o Sánchez ser honrados?

El caso Zapatero ha dejado perpleja a la izquierda. De hecho, la izquierda sigue en un estado de negación respecto a las actividades de Zapatero. Diríase que sucede como en aquella historia en la que un extranjero acudía a denunciar que le habían robado en una comisaría de un país musulmán, pero como el Corán prohíbe robar, el extranjero acababa detenido por calumniar a la población local. La historia puede ser cierta o leyenda urbana, pero la moraleja es la misma. Es como cuando Alberto Garzón aseguraba que «un delincuente no puede ser de izquierdas». Por consiguiente, si alguien denuncia a un líder socialista de corrupción tiene que ser una falsedad, una campaña de la ultraderecha, de los pseudomedios y de los golpistas con toga. Seguramente por eso la izquierda no vio venir lo de Zapatero. Seguramente por eso sigue sin querer verlo.

Lo de Zapatero se parece también a lo de los vecinos de un asesino o un violador en serie, que tras ser detenido todos dicen que jamás hubieran sospechado nada, que parecía una buena persona, que era tímido, educado, amable, respetuoso y callado. No es infrecuente, sin embargo, que después se vayan conociendo detalles en los que, pese a las declaraciones de los vecinos, aparezcan detalles y comportamientos bastante perturbadores. En el caso de Zapatero efectivamente hay muchos comportamientos previos que impiden calificar ahora como de sorpresa todo lo que se está descubriendo.

Como en todos los casos anteriores de corrupción, la reacción del PSOE, de la izquierda en general, no está siendo arremeter contra los corruptos, sino arremeter contra aquellos que descubren y denuncian su corrupción. No hay socialistas corruptos, hay medios, jueces y policías golpistas. Cuando los medios, los jueces y los policías persiguen la corrupción de la derecha es democracia y justicia, pero cuando persiguen la corrupción de la izquierda es golpismo. Volvemos al argumento circular de Alberto Garzón, que tampoco es un argumento particular de Garzón sino un forma generalizada de pensar en la izquierda, por lo menos en la práctica. Un delincuente no puede ser de izquierdas. Ni hay izquierdistas malos, ni hay derechistas buenos. Alguien de izquierdas sólo puede ser demócrata y bondadoso. Por tanto no hay delincuentes de izquierdas sino conspiraciones de la derecha. La URSS no era auténtico socialismo. Venezuela no es una dictadura. Y ya puestos a lo mejor es que Zapatero era un derechista encubierto como Errejón.

Por el contrario, alguien podría pensar que la izquierda es más vulnerable que la derecha a la corrupción y al arraigo del mal en general. La cuestión nos lleva al origen de la conciencia y de la moral. Sánchez se declara abiertamente ateo, Zapatero es agnóstico. ¿Por qué tendrían que comportarse bien entonces Sánchez o Zapatero?

Dios lo ve todo, la policía no. Este es un buen motivo para que los creyentes se comporten de forma moral. Para un ateo que quiere hacer algo mal, todo se limita a hacerlo sin que nadie lo descubra. El creyente, además, tiene que retorcer la realidad para intentar autoconvencerse de que lo malo que hace en realidad está bien, y que por tanto aunque Dios lo ve no lo va a castigar. O lo va a entender y perdonar en su infinita bondad.

Por otro lado, el creyente puede basar su moral en normas objetivas con una base trascendente. Es decir, en un universo puramente material matar a un ser humano no es objetivamente distinto de matar a una cucaracha. La diferencia de valor entre la vida de una cucaracha o un ser humano es meramente subjetiva, antropocéntrica, partículas de materia en ambos casos sin más valor en un caso que en otro, azarosamente organizadas que pasan a organizarse de otra manera al perder la vida, que se transforma en otra cosa ni más ni menos valiosa en el conjunto del universo. Tan derecho positivo era la legislación nazi como el código de circulación español. Toda moral que intente establecer un ateo sólo puede basarse en convenciones o imposiciones. En cualquier caso cosas exteriores al sujeto. No existen límites objetivos ni internos. ¿Por qué aceptar entonces un límite externo y convencional, que hoy puede ser uno y mañana otro, en el momento en que choca contra nuestro interés?

La ley humana, además, no solo se puede incumplir, sino que también se puede cambiar, para que donde decía que algo no podía hacerse pase a poder hacerse. La ley además en el fondo no es nada. La ley no es lo que dice la ley sino lo que los tribunales dicen que dice la ley. Lo importante no es el reglamento, sino si el árbitro pita penalti, por eso es más importante poder nombrar al árbitro que escribir el reglamento. También respecto a esto estamos viendo muchas cosas en el sanchismo. Bueno o malo, legal o ilegal, es lo que determinan los fiscales o los magistrados que previamente he nombrado. Todos los fiscales o magistrados que yo no he nombrado son gente sin independencia, golpistas con toga que no son de fiar.

En el orden de justificaciones a Zapatero también estamos viendo un uso extensivo del sofisma en virtud del cual Zapatero es en realidad un benefactor de la humanidad. Aprobó el matrimonio gay y las leyes de dependencia. Acabó con la ETA. Por supuesto habría mucho que discutir sobre la verdadera bondad, el presupuesto o el propósito de alguno de esos actos, pero en todo caso no se puede justificar que por haber aprobado el matrimonio gay Zapatero pueda ahora robar lo que quiera.

Otro argumento en defensa de Zapatero que también estamos contemplando es el de que Zapatero no le reventó con un bate el retrovisor del coche a su vecino. O sea, que frente a todas las acusaciones que le están cayendo encima, el coche de su vecino no lo tocó. Por tanto el resto de acusaciones hay que tomarlas con precaución. Si no tocó el coche de su vecino, a lo mejor tampoco hizo nada de todo lo demás. O puede que matara a seis gatos y se comiera dos niños, pero es falso que lo hiciera llevando una gorra roja. Mucho cuidado con los bulos de la extrema derecha y sobre todo, haya que negar lo que haya que negar, nunca dudar de la superioridad moral de la izquierda.

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