La indiferencia indiferente

Leía estos días que para los estoicos sólo la virtud lleva a la felicidad, y el vicio a lo contrario. Las demás cosas son indiferentes para la realización del hombre, aunque entre esos indiferentes los estoicos distinguen los indiferentes preferidos, que contribuyen a nuestra preservación, como puede ser la buena comida o el tiempo soleado, frente a los no preferidos, como la enfermedad o la pobreza. Y luego quedarían aquellas cosas ante las que somos genuinamente indiferentes, “tales como si el número de pelos de nuestra cabeza es par o impar”.

Me ha impresionado este último tipo de indiferencia porque se me presenta como cruda imagen de la reacción social tras el trágico accidente ferroviario en Adamuz. Naturalmente que nadie en su sano juicio diría que es absolutamente indiferente a un accidente mortal. Pero mírese con más frialdad y se verá que para una parte de la población los cincuenta fallecidos le suponen en la práctica la misma preocupación que podemos sentir por cosas que nos son genuinamente indiferentes.

Aunque suene exagerado -o insanamente malvado-, me pregunto si no es verdad que ya desde la pandemia, desatrosamente prevenida por una comisión de guiñoles, una suerte de anestesia coloca las tragedias en un nimbo de extranjería, a la misma distancia que nuestro interés por saber cuántos pelos tenemos sobre la cabeza. La vida sigue y uno sale a los bares y no encuentra expresiones de indignación.

La vida sigue y, normalmente, en una población de más de cuarenta millones ni las riadas llegan tan lejos ni es probable que sea justo yo el que coja ese tren. Como dijo la ganadora de pasapalabra, la red pública en España nos ha dado mucho y está encantada de pagar impuestos. Cuando entre muchos y mucho anda el juego no es momentos de finuras: el mundo nunca ha sido fácil, viene a decir la concursante. Tampoco es fácil que por probabilidad te ocupen la casa, sufras un robo o seas víctima de una violación. No ocurre eso en cada manzana de la ciudad. Incluso si ocurriera en cada portal, somos dieciséis familias en mi comunidad: ya sería mala suerte.

Las tragedias que se podían evitar, los males a los que se les podría salir al paso antes de que estallaran no son importantes ni causan la general indignación que uno desearía. Me sorprendió, por ejemplo, que en mi trabajo no escuchara un solo comentario sobre Adamuz más allá de que “las cosas, a veces, ocurren”. La izquierda ha disfrutado de un aire de juventud, de desenfado salubre, de bonhomía laica; una sagrada patina las excluye de cualquier responsabilidad para esa parte de la población que sigue chiquiteando, hace años tras los atentados de ETA, hoy viendo salir al un jefe de la banda a la calle y tras retirar cincuenta cadáveres de los vagones de un tren. Pero uno no pierde la esperanza y subrayo el pretérito perfecto: “ha disfrutado”, hasta ahora. Cada día nos despiertan con noticias sobre sus negocios corrompidos, su hipocresía de puteros, sus títulos universitarios inventados, sus estafas a Hacienda, su colaboración con la Venezuela de Maduro, su pleitesía a Marruecos, su displicencia en la lucha contra el narcotráfico, su compincheo con los golpistas catalanes; y la deuda y el precio de los huevos no dejan de subir, Begoña no entrega ni los correos ni su pasaporte y Sánchez quiere buscar votantes entre emigrantes ilegales. Esta semana mismo, una agresión sexual del jefe operativo de la policía nacional y un entramado empresarial montado por el despacho Nummaria a Borja Cabezón, adjunto a la secretaría de Organización del PSOE, para eludir el pago de impuestos. Todo presunto y apestando. Ya uno se pierde entre tanto bulo de la fachoesfera. Porque en breve, la manoseada expresión se registrará en el diccionario de la RAE como ‘noticia de corrupción gubernamental’.

Es el momento de reivindicar la dignidad de la indignación. Qué diría usted si su marido hubiera cogido ese tren, si su familia fuera la que estuvo días esperando en el barro a que llegara ayuda alguna, si se encontrar su casa ocupada. Cómo no se indigna usted por pagar ya cuatro euros por un cartón de huevos. Hay esperanza, porque las últimas elecciones demuestran que la izquierda está herida; pero el PSOE no desaparece, cosa inaudita.

Es evidente que Sánchez no es tonto y se ha parapetado en un muro muy grueso. Cómo no vamos a pensar que a base de grabaciones en saunas tienen a más de un juez comprado, como a base de talonario tienen a medios comiendo de su mano; y crece la multitud de funcionarios que miran el reloj para no estar ni un minuto más atendiendo en ventanilla. Se aprovechan de que el poder judicial decente es lento como un mamut congelado en Siberia. Y han conseguido que su Majestad el Rey -él sabrá lo que hace- haga discursos sobre lo bien que vivimos en democracia.

Todo lo cual me lleva a otra reflexión: no es momento de pedir explicaciones a nadie. Las explicaciones que puedan dar Puente o Sánchez sobre los trenes, los negocios de Air Europa, Plus Ultra, los bonos de Venezuela o el novio de Bono tanto dan. Dejando a un lado que estar gobernados por inútiles que pagan favores a sus queridas no nos sale gratis, este gobierno encabezado por el pseudodoctor Sánchez tienen un historial tan turbio que hace inútil su palabra. Van a mentir y si no lo hacen ya es tarde. La única salida de este gobierno es la de la disolución. Y esa es la idea que mañana tarde y noche la oposición debería estar repitiendo sin cansarse: que España no merece seguir en manos de un gobierno que nunca miró por el bien de España y que hoy ya sólo mira de reojo el banquillo. 

Javier Horno Gracia

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