El feo laberinto vasco y el tablero inclinado a favor de Bildu

Estamos a dos semanas de las elecciones vascas, que se celebrarán el domingo 21 de abril. La disyuntiva es cómo de desastroso será el resultado electoral. O puede que estemos ante una falsa disyuntiva, si creemos que realmente puede haber un resultado menos desastroso que otro. A fin de cuentas la llegada al poder de Bildu no sería más que la consecuencia lógica de un proceso social que lleva décadas alimentado por aquellos que ahora pueden parecer la alternativa a Bildu, pero que son quienes han hecho fuerte a Bildu, quienes han posibilitado que Bildu canibalice la sociedad.

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En este sentido casi sería una sorpresa que no ganara Bildu, o acaso un mero retraso más del momento inevitable. Un gobierno vasco que no estuviera encabezado por Bildu no hará, a fin de cuentas, otra cosa que seguir haciendo más fuerte a Bildu. El éxito de Bildu es el resultado de décadas de alimentar la idea de que todo lo bueno es aquello defendido por Bildu.

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En el conjunto de España, la izquierda es víctima del principio de que mejor cuanto más a la izquierda. Si la derecha es el mal absoluto y la izquierda el bien absoluto, y creamos una escala del 1 al 10 bajo semejante premisa, entonces no tiene sentido otra cosa que colocarse en el 1. Si cuanto más a la izquierda mejor, ¿por qué no estar en el extremo?

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En el caso de los nacionalistas opera el mismo principio. En una escala nacionalista del 1 al 10, si lo bueno es ser nacionalista, ¿por qué alguien iba a colocarse en el 4 ó en el 6 en vez de en el 10? En el momento en que se acepta este marco referencial, los partidos de extrema izquierda o los más nacionalistas son los más beneficiados, los únicos beneficiados. O tú también te colocas en la casilla más extrema de la escala, compitiendo por la máxima radicalidad, o tu propio discurso de que cuanto más izquierdista o más nacionalista mejor a quien le deriva los votos es al partido que es percibido como más izquierdista o más nacionalista que tú. Es por esto que en Cataluña ERC y Junts pugnan por ver cuál es más radical, es por esto que Bildu le puede ganar al PNV y es por esto que nada bueno puede salir de las elecciones vascas o catalanas, puede que tampoco de unas nacionales si no cambiamos el marco referencial. El problema es dónde esta el tope de de esta deriva. ¿En lo más extremista que pueda llegar a proponer el mas extremista? ¿Y que sería eso? ¿Seria todavía algo compatible con la paz y la libertad?

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No nos lanzaremos por tanto al ámbito de la futurología diciendo que lo lógico es que Bildu gane las elecciones vascas, pero desde luego no nos sorprenderemos si las gana. Sería la culminación del constante blanqueo y la continua validación de las ideas de Bildu. Bildu se beneficia por partida doble de ese marco mental en el que cuanto más izquierdista mejor y cuanto más nacionalista mejor. ¿Cómo puede ganar votos el PNV a Bildu diciendo que es menos nacionalista o menos progresista que Bildu? ¿Cómo puede ganar votos ERC diciendo que es menos nacionalista que Junts? ¿Cómo puede ganar votos el PSOE diciendo que es menos izquierdista que Podemos o que Bildu? Pero si partidos como el PSOE comenzaran a decir que ser izquierdistas sólo es bueno hasta cierto punto, o si partidos como el PNV empezaran a decir que el nacionalismo sólo es bueno hasta cierto punto, ¿cómo iban a justificar su tinglado o su acumulación de siglas para perpetuarse en el poder? ¿Cómo iban a hacer para no ser aplastados por  el marco que ellos mismos han levantado? Se encuentran atrapados en su propia deriva y su propia deriva favorece al más radical: en Cataluña a Junts, en el País Vasco a Bildu, en Galicia al BNG… Las únicas alternativas son romper el marco o tratar de ser tú el más radical. El problema de intentar presentarse como el más radical estando en el poder es que lo que haces es a la vez el límite de tu radicalidad. El que está en la oposición siempre puede decir que iría más allá si tuviera el poder. Tú no puedes decir que irías más allá de lo que vas si ya estás en el poder.

Dicho esto además el PNV se presenta con un candidato que no conoce nadie y que sólo tiene 1.500 seguidores en Twitter. Puede que mejor, si Pradales es uno de esos candidatos cuyas posibilidades de ser votado descienden conforme aumenta su grado de conocimiento. En todo caso se trata de unas elecciones plagadas de pesos pluma o de títeres insignificantes a la sombra de los que realmente toman las decisiones. Bildu, por ejemplo, ha desplazado a Otegui de la candidatura a lehendakari para colocar a un insulso desconocido. De esta forma se les facilita a los socialistas un escenario en que el lehendakari no sea Otegui, pero sí alguien de Bildu.

De hecho la peculiar forma de nombrar al lehendakari en la CAV puede ser la clave en todo el proceso. Aunque se suele hablar mucho de la difícil disyuntiva de los socialistas si tienen que elegir entre dar su apoyo en el País Vasco al PNV o a Bildu, y las posibles represalias en Madrid de parte del despechado por esta elección, lo cierto es que la elección del próximo lehendakari puede ser fruto de un proceso automático. Si Bildu es el partido más votado, el lehendakari puede ser el candidato de Bildu. El peculiar esquema para elegir lehendakari es que, entre los diversos candidatos, sólo se puede votar a favor de uno o abstenerse. De este modo, al no poder votarse en contra, se nombra lehendakari al que tenga más votos a favor. Si todo el mundo vota por su propio candidato o se abstiene, como no puede votarse en contra, ganaría el candidato del partido con más diputados. El candidato del PNV podría también ganar con la abstención del PSE, evitando mojarse, y el voto a favor del PPE, para evitar un lehendakari de Bildu. Lo que en todo caso es de temer es que, si se reactiva el proceso separatista y se organiza una consulta, esta vez el golpe puede ser simultaneo en Cataluña y la CAV. Con el agravante del desarme penal del estado que Sánchez ha proporcionado a los golpistas a cambio de sus votos.

Mención especial merecen los 180.000 vascos que a lo largo de las últimas décadas se estima que han tenido que salir de la CAV huyendo del irrespirable clima nacionalista. Pese a que algunos se empeñan en discutir las cifras, y pese a que efectivamente es difícil determinarlas, un reciente estudio del CEU-CEFAS (Centro de Estudios, Formación y Análisis Social) cifraba en esos 180.000 vascos anteriormente citados el número de personas políticamente exiliadas de la CAV. En las últimas décadas la población vasca ha crecido y ha recibido población, pero ha perdido población autóctona. Este hecho resulta llamativo porque es un caso excepcional en el conjunto nacional. Siendo la CAV una de las regiones más ricas y con más empleo de España, no es por motivos laborales que se explica esta notable y atípica migración de población autóctona entre el conjunto de comunidades españolas, que no han contemplado una pérdida de población autóctona similar. Obviamente la desaparición de 180.000 electores, expulsados por la ideología dominante, representa una alteración sustancial del censo electoral. Así pues que antes o después ganara Bildu sería lo normal en un marco demencial. En un marco en el que además todavía hoy para celebrar un mitin determinados partidos han de ser protegidos por la policía o en el que, aunque ETA ya no mate, encontrar un candidato o formar una lista en determinadas localidades es una auténtica heroicidad.

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