El Ayuntamiento de Pamplona también odia al coche

La Agenda 2030, la “transición energética”, la electrificación y la estatalización del transporte, no son sólo consignas y objetivos de la izquierda. Una parte de la derecha ha abrazado completamente este mismo discurso. Un discurso que, por cierto, ahora se encuentra en la base de la inflación, la ruina, la dependencia y la escasez energética que nos acecha. No obstante, esa parte de la derecha sigue aferrada a los mantras de la izquierda. Como para pedirle una revisión autocrítica a la izquierda, ni siquiera ante la evidencia de la devastación a la que nos está llevando esa transición energética, cuando hasta una parte de la derecha sigue comprando la mercancía averiada. Mercancía averiada para la mayoría de la población, pero un chollo asegurado a la sombra del BOE para quien sabe enriquecerse en los aledaños del poder. Pero no hablamos del enriquecimiento de algunos a costa de la Agenda 2030, la electrificación y la transición energética, sino del empobrecimiento general al que nos pueden llevar esas políticas.

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Durante la legislatura pasada, Asirón tuvo que aguantar fortísimas críticas a costa de todas las obras sostenibles y amabilizadoras con las que puso vuelta al aire media Pamplona. Hete aquí sin embargo que todas esas obras se han mantenido. Nada se ha revertido. Pero no sólo es que nada se haya revertido, sino que las obras para seguir dejando vuelta al aire Pamplona, ensanchar las aceras, crear carriles bici y hacer imposible la circulación en coche se siguen practicando casi igual que si siguieran dirigiendo la ciudad Bildu y Podemos.

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Desde luego podemos apostar por un modelo de urbanismo basado el odio a los coches y su destierro, pero entonces primero hablemos claro, y segundo después no lloremos.

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En este sentido cabe señalar que de lo que se trata no es de sustituir los coches con motores de combustión por coches eléctricos. O sea, si se cierra el centro de las ciudades a la circulación, si se está dejando a los coches sin carriles, y si se está diseñando una ciudad sin lugares donde aparcar, entonces también los coches eléctricos son inviables. El objetivo no es por tanto que todo el mundo tenga un coche, pero eléctrico. El objetivo es que nadie tenga coche. De hecho, dada la pesadilla logística en que se puede convertir un viaje largo en coche eléctrico, lo interesante quizá podrían ser precisamente los coches eléctricos urbanos. Pero en cambio estamos imposibilitando el uso del coche justo en los entornos urbanos. ¿Para qué quedan entonces los carísimos e impopulares (en el sentido de inaccesibles) coches eléctricos? ¿Para la España vaciada? ¿Para los viajes largos?

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Una pregunta pertinente sería quién ha decidido acabar con el coche. ¿La gente? ¿Todos los usuarios y propietarios de coches han decidido que dentro de unos años harán sus desplazamientos en bici? ¿O esta es una de esas cosas que se han decidido, cuesten lo que cuesten, pero que nadie sabe muy bien quién, o dónde, o cuándo las ha decidido, aunque de repente se hayan convertido en incuestionables?

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Aunque la bici puede parecer un proyecto de futuro, lo cierto es que es un invento muy antiguo, y que más bien era un medio de locomoción para pobres. La mayoría de los ciclistas no eran ciclistas voluntarios. El sueño de un ciclista era poder comprarse algún día un coche. En el que poder recorrer largas distancias en poco tiempo, sin cansarse, sin tener que ser joven, sin pasar frío, sin pasar calor, sin mojarse, sin caerse, en el que poder llevar bultos, varias bolsas con compra u objetos pesados. El futuro es volver a desplazarse como lo hacían en el pasado los pobres, pero felices porque a un ciudadano pobre ya no se le llama pobre, sino un ciudadano sostenible. Tenemos que carecer de casi todo para ser sostenibles.

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Por supuesto los coches siempre han sido un objeto particularmente detestado por las izquierdas. El coche particular era un signo del triunfo capitalista. Mientras las calles de las ciudades occidentales se llenaban de luces, de neones, de escaparates iluminados y de coches particulares, las ciudades de los países socialistas estaban vacías y oscuras. Irónicamente es a eso a lo que parece que pretenden devolvernos, con la imposibilidad de circular en coche y el racionamiento energético.

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En los países socialistas la gente no tenía coche porque no podía. No tenía recursos ni para comida, como para comprar un coche. Pero además en el rechazo de la izquierda a los coches latía un prejuicio ideológico. El coche era una exaltación de la propiedad privada y el individualismo. Frente al transporte público, colectivo, conducido por un funcionario del gobierno, a través de una ruta planificada por los burócratas de la administración, el vehículo particular permitía a los ciudadanos particulares sentirse libres eligiendo el punto de origen y de destino de sus trayectos, la hora de salida y la de llegada, cambiar los planes sobre la marcha sin tener que perder los billetes, elegir la ruta, la temperatura, las paradas, poder llegar a destino sin estar empapado en sudor… y por supuesto disfrutar del placer de conducir, algo que en el futuro seguramente la gente no conocerá y sólo se podrá disfrutar en circuitos.

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Si ya tenemos problemas con la electricidad ahora, imaginemos lo que podría pasar cuando todos los coches fueran eléctricos. Dónde iría el consumo, dónde irían los precios. Pero además cómo generaríamos toda la electricidad necesaria para mover todos los vehículos. Ahora mismo estamos comprobando la vulnerabilidad de las renovables y su intermitencia. Dependiendo del viento o de la luz, hoy produces 100 y mañana produces 10. ¿Qué hacemos el día, la semana o el mes que sólo producimos 10? ¿Paramos el país? ¿Paramos todos los coches? ¿Racionamos el consumo energético cada vez que haya un valle en la generación de las renovables? Cuando las renovables no generan, como hemos renunciado a la nuclear, lo que hacemos es acudir al gas, lo que ahora también estamos viendo hasta qué punto nos puede resultar caro y hasta qué punto nos hace vulnerables y dependientes. Y encima el gas emite CO2, cuando todo este lío en el que nos hemos metido se supone que era justo para dejar de emitirlo. Si a estas alturas ya vemos las carencias del modelo de la electrificación y de la transición energética, ¿de veras queremos seguir avanzando por esta camino sin revisar nada? Si ya a este nivel de demanda tenemos los problemas que tenemos, ¿qué pasará cuando todavía crezca muchísimo más la demanda?

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Como decíamos en el titular, si de todas formas queremos matar al coche pues hagámoslo, pero hablando claro y sabiendo lo que hacemos. No lloremos después por Landaben si estamos empeñados en cargarnos los coches. Todas las normativas de los últimos años, además del urbanismo y la fiscalidad, van dirigidas a encarecer el coche, a dificultar su producción, a convertirlo en un producto minoritario, a encarecerlo, a exclusivizarlo, a convertirlo en inaccesible para el ciudadano común. Cuando hayamos desmantelado todo el sector del automóvil, no nos hagamos los sorprendidos por el paro y la desindustrialización.

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Otra derivada interesante en este debate es la de la famosa España vaciada. ¿Y cómo la van a llenar erradicando el coche particular? ¿Pondrán una estación del AVE en cada pueblecito para poder llegar? ¿Un aeropuerto? ¿Una boca de metro? ¿Cuántos postes de recarga pondrán en Gallipienzo para poder ir y venir con el coche eléctrico? Entre el precio del vehículo y el de la energía, ¿cuántos kilómetros habrá que hacerle a un coche eléctrico para rentabilizarlo? ¿O lo de llorar después sobre la España vaciada también es otro discurso hueco y los de Davos, Bildelberg o Ganímedes lo dan todo ya por políticamente amortizado y nos toman el pelo también en esto como con todo? Y seremos felices, y no tendremos nada, y el dinero electrónico de la tarjeta quedará bloqueado por pensamientos y actividades ecoinsostenibles contra el gobierno. Todo para el pueblo pero sin el pueblo. El gobierno intenta defender la ecosostenibilidad frente a la ecoinsostenibilidad de los gobernados. La democracia frente al electorado. La libertad de expresión frente a los que se expresan. Somos el enemigo. El gobierno está en guerra contra nosotros.

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