El incendio de Valencia: ¿cómo se apaga un fuego de manera progresista, sostenible y animalista?

El atroz incendio que ha tenido lugar en Valencia ha servido, más allá de la tragedia, para poner sobre el tapete algunas cuestiones objeto de debate, como por ejemplo la demostración, una vez más, de lo necesarios y beneficiosos que son los impuestos y lo público, y que nadie que quiera que los bomberos acudan a su casa si hay un incendio se queje de pagar demasiados impuestos.

El hecho, sin embargo, es que el servicio de bomberos podría privatizarse como casi cualquier otro. Podría haber empresas dedicadas a la extinción de incendios y que los ayuntamientos o las comunidades contrataran sus servicios, como sucede en tantos otros sectores. A lo mejor era un servicio que no tenía menos calidad y resultaba más barato. Pero el caso es que casi nadie está planteando ahora mismo la privatización de los bomberos, aunque teóricamente sería una medida posible, sino la buena gestión del dinero público. O sea, que si uno quiere poder llamar a los bomberos si se quema su casa, ¿tiene que pagar un 100% de impuestos? Y si uno quiere poder llamar a los bomberos, ¿no puede cuestionar si se está gestionando bien el dinero de sus impuestos? ¿Por qué no se puede cuestionar el presupuesto de RTVE o el del Ministerio de Igualdad y conservar el derecho a llamar a los bomberos? ¿En qué momento querer que haya bomberos en caso de incendio se convierte en una mordaza para no poder cuestionar la gestión del gobierno o la política de gasto? Precisamente faltará el dinero para las cosas importantes, como los bomberos, si el dinero público se pierde entre la mala gestión, los gastos prescindibles y la financiación de los chiringuitos ideológicos.

En medio de todas las cuestiones sobre las que se está hablando, por otro lado, se encuentra también el protocolo de actuación de los bomberos en el incendio. ¿Fue un acierto, como indica el protocolo, pedir a los residentes que se quedaran en sus pisos en vez de tratar de abandonar el edificio? Parece ser, en defensa del protocolo, que es lo más adecuado en la mayoría de los incendios, ¿pero lo era también en este caso? Aunque haya un protocolo que funciona en el 90% de los casos, ¿no hay nadie que pueda cuestionar el protocolo en el otro 10% de los casos?

Por otra parte, parece que el estado no comete errores, que nos salva siempre de todos los males, y que todo impuesto, toda mala gestión o toda limitación a la libertad queda justificada por ello, ¿pero no ha fallado claramente la normativa para que el edificio ardiera como una tea? Y no es que estemos pidiendo con esto más normativa, sino una normativa eficaz y que se cumpla. ¿Cómo es posible que haya ardido un edificio de esta forma con las montañas normativas y burocráticas que levantan a nuestro alrededor las administraciones centrales, locales y autonómicas? ¿Para qué sirve -con lo que cuesta- todo ese exceso de regulación?

Finalmente, otro debate respecto al incendio es el de las mascotas que también murieron víctimas del fuego. Naturalmente es una perdida muy dolorosa para su dueño la pérdida de una mascota, pero además de incomparable a la de un ser humano, ¿debe por ejemplo ponerse en peligro la vida de un bombero por salvar a una mascota? ¿Se le puede exigir eso a un bombero? ¿Se le debe exigir? En las oposiciones a bombero, ¿debe favorecerse a los bomberos con ideas animalistas que se comprometan voluntariamente al rescate de mascotas incluso a riesgo de su vida? ¿Deben ser discriminados el resto de bomberos? Si en un piso de un edificio en llamas hay un bebé en una cuna, y en otro piso una cesta con 5 gatitos, ¿a quién debe rescatar el bombero? Desde luego hay gente que piensa que rescatar al bebé sería una decisión especista, y el dueño de los gatitos podría decir que él quiere más a sus gatitos que al bebé del vecino y que le dolería más perder a sus gatos que al hijo del vecino. ¿Cómo de lejos vamos a llevar el debate sobre el animalismo? ¿Dónde está el límite? ¿En qué momento dejamos de hacer pie con el suelo?

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