El padre especulador de Irene Montero

El padre de Irene Montero se llamaba Clemente Montero. Era natural de Ávila y trabajó toda su vida como empleado en una empresa de mudanzas. Era una persona por tanto modesta, un trabajador español equiparable a muchos otros, sin ingresos extraordinarios. Falleció el 11 de junio de 2018 en Madrid, por culpa de un cáncer. Tenía 60 años al morir. Irene Montero, hija única, recibió una herencia de unos 250.000 euros, de la que los principales elementos patrimoniales fueron:

  • Una vivienda en Madrid. Concretamente un piso en el barrio de San Blas-Canillejas.
  • Una vivienda en Ávila.
  • Un almacén, un trastero y varias fincas rústicas también en Ávila.

Irene Montero es dueña del 50% del dominio de estas propiedades ya que, como se ha señalado, recibió la propiedad por herencia y el otro 50% pertenece a su madre. Esta herencia, por otro lado, le sirvió a Irene Montero para justificar que pudiera comprar un lujoso chalet en Galapagar: «porque mi padre falleció de cáncer con sesenta años y me dejó una herencia porque soy hija única, por eso y porque tengo una pareja con la que me pude comprar con mi dinero la casa que me ha dado la gana». No está claro sin embargo que Iglesias y Montero no compraran su chalet de Galapagar antes de recibir esta herencia, pero no va a ser esta la cuestión que nos ocupe en esta ocasión.

¿Qué sentido tiene esta introducción? Para empezar desmontar todo el discurso de Podemos de que los arrendarores de pisos y los rentistas son especuladores y magnates. Según datos del Banco de España, aproximadamente el 92% de las viviendas en alquiler en España son propiedad de particulares o pequeños propietarios. Buena parte de ellas son, como en el caso de Montero, viviendas heredadas de los padres que los hijos ponen en alquiler. Es contra esta gente contra la que la izquierda defensora de okupas y perseguidora de propietarios está legislando.

También se desmiente a sí misma la propia Irene Montero, heredera de un importante capital inmobiliario, cuando asegura que el capitalismo es incompatible con la vida y que en él no se puede vivir bien. Por el contrario, su propio ejemplo y el patrimonio amasado por su padre, un sencillo empleado de mudanzas, deja bien a las claras la capacidad de ahorro que al menos hasta hace unos años, precisamente cuando empezamos a cargarnos el capitalismo, tenía un humilde trabajador español.

Buena parte de las viviendas en alquiler, son en realidad la herencia de los padres de muchos arrendadores. Es decir, la vivienda es la forma que tuvieron de ahorrar muchos españoles de nuestras anteriores generaciones. Y efectivamente fue una buena y sensata manera de ahorrar. La vivienda también sirve a otros arrendadores, al alcanzar cierta edad, para conseguir una hipoteca inversa que les ayude a complementar su pensión o sus gastos en la vejez. ¿Qué pasaría si ahora a la gente, como pretende Rufián, se le impide invertir los ahorros en vivienda y se le obliga a invertir en criptomonedas, cuadros o vino? ¿Cree Rufián que esas son inversiones más productivas y sociales que la vivienda? ¿Cree que son más seguras? ¿Cuánto hubiera heredado Irene Montero si su padre hubiera seguido los consejos de Rufián y se hubiera gastado los ahorros en vino? ¿Cómo hubiera avalado Montero su chalet en Galapagar?

Por alguna extraña razón, la izquierda ha decidido que es malo que la gente invierta en vivienda, que sería mejor que invirtiera en oro y alcohol, o en bitcoins, y que el problema de la vivienda es que haya gente que invierta en comprar un piso. Sin embargo, ¿qué pasaría si la gente invirtiera en bitcoins en vez de en viviendas? ¿Cómo respondería Rufián dentro de unos años a los ahorradores que a lo mejor se han quedado sin nada por invertir en criptomonedas? Por otro lado parece que Rufián no entiende demasiado bien el concepto de las criptomonedas. De una parte, la gente no puede vivir en criptomonedas. Si inviertes en un piso, puedes alquilarlo y alguien podrá beneficiarse socialmente de ese alquiler. Si eso lo hace mucha gente, habrá muchos pisos construidos y muchos pisos en alquiler. Eso aumenta la oferta y reduce los precios. De otro lado, uno de los atractivos de las criptomonedas es su capacidad para escapar al radar y control estatal, incluido el fiscal. Aparte de aumentar el ahorro y la oferta de vivienda, la inversión en vivienda es transparente y rentable para el estado. Resulta por tanto bastante paradójico que Rufián invite a invertir en criptomonedas en vez de en viviendas, o que llame especuladores a los que invierten en un piso en vez de a los que invierten en criptomonedas.

Rufián es una máquina de lanzar latiguillos tan populistas como catastróficos, que sólo triunfan porque el público que recibe esos eslóganes es todavía más ignorante que Rufián respecto a los problemas que aborda. El problema con los eslóganes populistas y disparatados es que al colisionar con la realidad producen resultados devastadores. La diferencia entre ser listos o tontos es ser capaz de prever esos resultados antes de aplicar esas medidas, o bien ser socialista y no entender las contrapartidas hasta quedar sepultado por los escombros.

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Un comentario

  1. Sí está clara la famosa envidia de esta gente. Pero no porque no tengan, alguno habrá, sino porque con lo suyo no les basta, quieren lo suyo y tambíen lo tuyo, que seas un tirado, y que tengas que depender de ellos. Es exactamente con «el derecho de la mujer a abortar». Abortad vosotras que yo ya llevo tres. No seáis racistas y que vengan todos los inmigrantes a vuestros barrios, mientras yo vivo en mi exclusiva urbanización privada. No tengas coche, que te cargas el planeta, ya voy yo en el mío con una funcionaria de chofer, que además es la que me cuida los hijos. Y que la Sanidad sea pública, pero espérate que yo voy a un hospital privado. ¿Y los hijos a la pública? Pues la tiparraca esta está llevando a los suyos a una elitista eco escuela progre en el «obrero barrio» de Las Rozas. Pero claro, ya sabemos que esta gente vive de los que no dan más de sí, de aprovecharse de gente que oye, algunos tendrán buena fe, y otros mucho resentimiento.

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