La deuda pública de los políticos alimenta y justifica al Bitcoin

El amor de los políticos por el gasto tiende a superar las barreras ideológicas y es una especie del mal transversal. Tampoco nos podemos extrañar. Para el político es una tentación casi invencible usar el gasto público como una palanca para aumentar su popularidad. Lo que pasa es que la palanca de la popularidad un político casi nunca la mueve voluntariamente hacia atrás, así que la tentación permanente es gastar más para comprar popularidad. Este mecanismo se sustenta por otro lado en una importante ignorancia del pueblo, que de algún modo no se da cuenta aún de que el cheque que el político te mete en el bolsillo derecho sale de tu bolsillo izquierdo o viceversa. El político te compra el voto no con su dinero, sino con tu propio dinero. Endeudarte es otro modo de comprar tu voto con tu propio dinero. El caso es que los gobernantes son adictos al gasto porque el votante, con carácter general, premia en vez de castigar al gobernante que gasta. No es casualidad, sino el resultado de un gran esfuerzo de propaganda estatalista, que se haya convertido en palabra anatema el “austericidio” en vez del “gasticidio”, como si la austeridad fuera algo malo o pudiera llevar a alguien a la ruina, cuando es precisamente la prodigalidad y el exceso lo que arruina a particulares y estados.

Desde el presidente Trump, prometiendo un cheque público de 5.000 dólares si gana las midterms, hasta Melenchón proponiendo convertir la deuda pública francesa en una deuda perpetua que no ofrezca interés, proliferan a izquierda y derecha las propuestas de gastar y gastar dinero público para mantener la ilusión de crecimiento. Que el crecimiento es ilusorio o está dopado lo evidencia esta necesidad constante de huir hacia delante con más y más gasto público y más deuda del gobierno. De los hombres de negro con tijeras y los rescates a la portuguesa o la griega en la crisis de 2008 hemos pasado a que la ortodoxia sea por el contrario el déficit público crónico y el endeudamiento creciente sin pausa. Al menos el keynesianismo proponía usar el déficit público como contrapeso sólo en las recesiones, pero ahora el déficit público es constante. Esta nueva ortodoxia autodestructiva empieza sin embargo a mostrar sus primeras grietas.

Entre los múltiples indicadores desajustados de los últimos tiempos el más reciente y preocupante es el repunte global de los tipos de interés en todos los bonos de deuda pública. El caso más significativo, por su importancia, es quizá el de los Estados Unidos, donde los tipos de los bonos a 10 y 30 años se encuentran en máximos de los últimos tiempos. Lo peor y más preocupante es que estos máximos no se deben tanto al repunte de la inflación, que también, como al crecimiento salvaje de la deuda pública y a las maniobras de los bancos centrales para hacer posible, a costa de las personas, ese brutal crecimiento del endeudamiento de los estados.

En el caso de los EEUU, por ejemplo, la Reserva Federal ha anunciado un gran proyecto para comprar bonos del estado y bajar así artificialmente su tipo de interés, lo que permitiría a Trump seguir endeudándose más. En el caso de Francia, la propuesta de Melenchón obedece a que el Banco Central Europeo tiene 630.000 millones de euros en deuda pública francesa. La pregunta es, ¿de dónde saca el dinero el BCE para comprar 630.000 millones de deuda pública francesa? Obviamente el dinero no lo pone la señora Lagarde de su bolsillo, sino que el BCE compra la deuda pública francesa imprimiendo billetes de euros. Es decir, el BCE financia la deuda francesa (o española) imprimiendo billetes que diluyen el valor los billetes existentes y generando inflación. O sea, que la administración nacional nos empobrece asfixiándonos con impuestos y, como eso no basta, la administración europea diluye el valor de nuestro dinero imprimiendo más billetes y comprando más deuda. Entre los impuestos y la inflación, ¿entienden ustedes ahora por qué son más pobres cada año que pasa?

A los ciudadanos se les puede engañar u ocultar la realidad, pero los mercados son un poco más duros de roer. Por este motivo suben los tipos de interés de la deuda pública, porque la deuda pública ya no la compran los inversores si no ofrece rentabilidades más altas, y los inversores exigen rentabilidades más amplias porque perciben tres tipos de riesgos. Primero la inflación, alimentada en parte (ahora con el agravante del petróleo de Ormuz) por la propia compra de deuda pública a costa de imprimir más dinero. Segundo la solvencia, espoleada por este mismo mecanismo y por el volumen general respecto al PIB de la deuda pública, ya hablemos de la UE, de Japón o de los EEUU. Tercero el riesgo político, ante la emergencia de personajes como Melenchón que defienden una especie de default, o como queramos llamar a una deuda que no se borra pero tampoco se paga.

Todo lo anterior podría tener un beneficiario que sería el bitcoin. El bitcoin nació precisamente como una moneda alternativa a la que manejan gobiernos y estados, de la que existiera un número fijo y perpetuo de unidades, concretamente 21 millones de bitcoins. Se trataba justamente de tener una moneda que no se devaluara por la creación de más moneda, en un contexto en que las cuentas públicas de casi todos los países están descalabradas y cada vez más descalabradas, y en el que la ortodoxia financiera se ha sustituido por acudir constantemente a la manivela de fabricar más dinero. Si el diagnóstico de Satoshi Nakamoto ya era certero en 2008 a la vista de lo que pasó en la anterior crisis financiera, no digamos ahora que la deuda global se ha multiplicado. ¿Es un riesgo enorme invertir en bitcoins? Sin duda, ¿pero mayor que invertir en deuda pública francesa si se convierte en un socio de gobierno o en presidente Melenchón? El bitcoin es una apuesta arriesgada, pero cada vez que los políticos y sus banqueros centrales le dan a la manivela de imprimir billetes más justificada, y los políticos y banqueros centrales no dejan de darle a la manivela. En este sentido vivimos una vez más en la paradoja. Los políticos que más odian un invento anarco como las criptos, al ser los que más le dan a la manivela de crear más dinero, son al mismo tiempo los que más alimentan su necesidad y más justifican su existencia. ¿Son las criptos el salvavidas ante el descontrol de la deuda? Puede que sí o puede que no, pero de lo que no cabe duda es que el descontrol de la deuda provoca la necesidad absoluta de buscar salvavidas, sean los salvavidas las criptos o no.

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