El PSOE certifica la muerte del Tratado de Schengen

El pasado jueves 30 de julio, España fue escenario de un enésimo acto de invasión migratoria que hizo saltar todas las alarmas. De manera descontrolada, por tierra y mar, decenas de miles de personas entraron en las ciudades autónomas de Ceuta y de Melilla. Nada de esto resultó ser fruto de un «objeto automovilístico o submarino no identificado».

Los agentes fronterizos marroquís permitieron que de manera masiva y descontrolada, multitudes de personas cruzasen los límites políticos y geográficos con España. Del mismo modo, nadie hizo gran cosa (ni a priori ni in situ ni a posteriori) para intentar contener o revertir esa invasión. Incluso es posible que los servicios de inteligencia tuvieran algún indicio previo que pasó totalmente inadvertido.

De ahí que la ciudad de Ceuta, principalmente, esté sumida en el más absoluto caos. Hay un evidente colapso en los servicios básicos así como un desabastecimiento que se suma a la temerosa decisión de no abrir supermercados y entidades bancarias. De hecho, hay mucha gente con miedo a salir a la calle y, para recordar, se dieron órdenes gubernamentales de no disparar ni pedir identificación a muchos de estos deambulantes invasores.

De hecho, no solo es que no se haya pedido, por parte de las autoridades españolas, acción concreta alguna al entramado político cuyo rey es Mohamed VI. Los llamados MENAS, que en muchos casos son jóvenes en edad militar, con buen aspecto fisiológico (no lo digo en el mismo sentido que el sector de opinión progre, homosexualista y sadomasoquista), serán «redistribuidos» por el Ministerio de Infancia entre las distintas CC.AA. Aunque aquellas que están co-gobernadas por VOX se han comprometido a suspender las subvenciones a asociaciones «pro-invasión» y, como es el caso de Extremadura, a frenar por la vía judicial muchos de estos «repartos».

Ergo, Moncloa está incrementando la «tensión» sobre centros de acogida cuyos trabajadores están en la más absoluta indefensión y sobre las zonas en las que estos están situados. De igual modo, habrá mayor probabilidad de incremento de la inseguridad en determinados suburbios y focos de alta concurrencia como los festivales o los intercambiadores de transporte público. Sabido es que los activistas «progres» y «sindicales» no acogerán a nadie en sus casas (tampoco, en los casos que proceda, en esas enésimas viviendas en propiedad). Ni siquiera ese clero que se ha alejado de la realidad y se ha arrodillado al completo al régimen posmoderno dictatorial y revolucionario del sanchismo.

Estos ataques no pueden considerarse, en ningún caso, una novedad. La inseguridad fronteriza de España es una realidad, tanto en los aeropuertos de Barajas y de El Prat así como en las fronteras principalmente meridionales e insulares. Las fronteras terrestres de Ceuta y Melilla deberían de tener un muro similar al que hay en la frontera de Polonia con Bielorrusia o a las vallas electrificadas que habilitó Hungría en parte de su frontera con Serbia a raíz de la crisis de los llamados «refugiados». De igual modo, el Ejército debería de surcar las aguas canarias, andaluzas y murcianas para contener cualquier ofensiva (no solo aquellas conectadas con el narcotráfico, problema para el que se desprovee de recursos a la Benemérita).

No obstante, en esta ocasión, las alarmas se han encendido en buena parte de la Unión Europea. No necesariamente en aquellos países cuyos gabinetes tienen a formaciones (si es que no se limitan a dar apoyo parlamentario externo) con cierto interés en frenar la invasión migratoria, que pueden estar a la derecha del Partido Popular Europeo o formar parte de las «arrepentidas socialdemocracias nórdicas».

Los máximos representantes ejecutivos de Italia, Dinamarca, Austria, Bélgica, Bulgaria, Chipre, Croacia, República Checa, Estonia, Finlandia, Alemania, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, Malta, Países Bajos, Polonia, Rumanía, Eslovenia, Eslovaquia y Suecia han remitido una carta a la Comisión Europea en la que se exige una reunión urgente orientada a frenar la inmigración irregular, mejorar la coordinación comunitaria en seguridad exterior y la consideración de la Declaración de Chisinau. Es más, Italia ha desconsiderado a España del Espacio Schengen, pretendiéndose hacer lo mismo en Finlandia, Dinamarca y Suecia. Otros países, mientras tanto, se han limitado a reforzar controles fronterizos, como es el caso de Francia y Portugal

En cualquier caso, la libre circulación europea se convirtió, hace mucho tiempo, en una utopía. Pero no solamente por lo impracticable e ilegítimo que pueda ser el Estado Único Europeo, entendido como mecanismo neosoviético de corte centralista y progresivamente intervencionista. Es más factible la descentralización que la armonización de una ingente cantidad de comunidades. De hecho, ha habido fricciones en materia migratoria que fueron uno de los motivos de persecución, acoso y derribo del globalismo contra los gabinetes gubernamentales de Robert Fico, Mateusz Morawiecki (aunque la fachada difiriese mucho de la realidad, al menos, por las «visas misteriosas») y Viktor Orban. Igualmente, se trata de todo aquello que está motivando el auge de las «nuevas derechas» en Europa, las cuales, si se suma a PATRIOTS, ECR y ESN, compondrían el tercer bloque parlamentario en el Europarlamento.

La lógica del tiempo ha avalado a las «denostadas formaciones xenófobas, trumpistas y ultranacionalistas» (incluso a los países que defienden sus fronteras como Polonia, Hungría, Israel e, incluso, los países musulmanes, tal y como se puede ver en Emiratos Árabes Unidos, en Catar y en Egipto). La idea de Europa no se reduce a un politburó neosoviético, sino a una serie de factores normativos y culturales, para los que conviene no importar a culturas invasoras contrarias a la libertad, la dignidad humana y otros fundamentos de raigambre judeocristiana, aristotélico-tomista y grecorromana. El continente, sobre todo su parte occidental, ya no es solo menos competitivo debido a la burocracia y el expolio fiscal lato sensu, sino progresivamente inseguro. Lo que se divisa en París, Bruselas, Berlín, Barcelona y otras muchas ciudades europeas equivale a la invasión de los bárbaros en el Imperio Romano.

Ergo, la civilización europea necesita seguridad fronteriza, pero también poner soluciones ante lo que ya está dentro. Se ha de exigir que quienes no acaten determinados valores y amenacen con la promoción de falsos credos o del terrorismo sean expulsados. Hay que acabar con el efecto llamada que por ejemplo se da en materia de acceso a la sanidad o de ayudas para el pago de gastos de vivienda en régimen de propiedad o de alquiler. Y sí, si hace falta gente, hay que pensar en una visión largoplacista que fomente y facilite la natalidad de los europeos (libertad económica, pero también un cambio de mentalidad). Es más, el impacto de la Inteligencia Artificial puede crear necesidades que hagan obsoletos los «trabajos repetitivos». Así que demos gracias a la tolerante mafia pesoística, subordinada a Marruecos, por evidenciar el problema.

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