Fui a ver la película Los domingos alentado por la recomendación de varios amigos. Me aseguraban que la película no era la típica del género panfletario que ha hecho de la expresión “cine español” un remoquete peyorativo. En todo caso, los tiempos ya no están para hacer filípicas sesgadas, que atraen la subvención pero no la taquilla. Los tiempos, además, y mal que le pese a Silvia Gil, están dando relieve a la fe cristiana. La Iglesia Católica, con todos sus defectos y sus virtudes, sigue siendo un lugar para trascender al agujero de ozono o el CO2.
Vista la cinta, y tras una reposada reflexión, disiento un tanto de la aclamación general. Pero he de decir que comparto en parte las valoraciones que había recibido. Estoy de acuerdo con que para los tiempos que corren no está mal ver una película planteada con elegancia. Entiendo a quienes, con naturaleza altamente empática, sienten el sufrimiento de quien odia a la institución eclesial, eficazmente representado por Patricia López. Pero tampoco puedo dejar de dar la razón a quien critica que en medio de esa aparente ecuanimidad de la narración la Iglesia queda retratada en algo que está entre la aspiradora de conciencias y el congelador.
En primer lugar, creo que Los domingos participa de esa manía de narrar las historias como documentales, recurso que difundió profusamente Montxo Armendáriz, no siempre con igual acierto. Ruidos de cubiertos, conversaciones insulsas, entonaciones planas… Los actores, si bien están bien elegidos, no pueden decir mucho más de lo que el guión no dice. El padre es casi totalmente plano (menos cuando en una desaforada escena se muestra injustificadamente cruel trayendo el desliz sexual de su hija delante de toda la familia). La abuela y las hermanitas, la novia del padre, como si no estuvieran. El tío político deja asomar un carácter que podría haber sido interesante de haberse desarrollado. La priora (es muy lista la directora Alauda Ruiz de Azúa poniéndonos a una mujer que fue bella de joven y que todavía destella algo tras la máscara de la represión) sólo tiene teorías sobre el discernimiento, pero apenas es humana (ni lo es tampoco la monjita nonagenaria); el sacerdote es un cartón joven con cara de simpático. Tengo esa sensación que me producen tantas películas españolas de que hay muchas máscaras, pero pocas personas con calor humano.
De la protagonista hay que reconocer que la actriz hace un excelente trabajo en líneas generales, con su físico de «una chica más» de su edad. Pero su vocación no trasluce apenas nada de la inquietud cristiana sobre el prójimo, que parece no existir para ella más allá de lo obvio; incluso nos deja un guiño de crueldad cuando despide a su tía con un bien medido rictus de severidad, diciéndole que “rezaré por ti”. No digamos ya nada de que en medio de una vocación tan firme, como en el fondo parece ser, su aventura erótica no produce ninguna consecuencia. La situación es inverosímilmente ambigua, porque la pareja para, detiene la relación por la llegada de la familia. ¿Qué ha sido entonces? ¿Un dejarse llevar, auténtica pasión… mera curiosidad? O, si estaba dispuesta a perder su virginidad, como se podría pensar, ¿cómo eso no se transluce en el proceso de discernimiento? La directora, por cierto, no está mal documentada, y maneja conceptos que el cine español suele ignorar, como es el del discernimiento o la desolación y la consolación en la oración. Frente a curas tiranos, pederastas o monjas retrasadas esta película es un gran avance en el trato del cine a la iglesia, desde luego. Pero me resultó fría como el pescado, excepto en el abrazo final que el padre da a su hija.
Casualmente -y aquí viene el trece del título- había visto a Millán Salcedo en la Casa de Cultura de Beriain una semana antes. Sus anuncios en Instagram me hacían temer que tal vez era su momento de retirarse. Millán tiene ahora un deje pastoso al hablar. Pero quería ir a ver a quien, a mi modo de ver, es una referencia del humor de final del siglo XX.
Iba, pues, con mis precauciones; y lo diré con dos palabras: me cautivó. Y ahora lo diré con más de dos: me reí hasta las lágrimas, como hacía tiempo no me reía, y me tocó la fibra cordial. Más allá de su genialidad, que también admiro en Josema Yuste, Millán siempre me había abrumado un tanto por su irresoluta postura histriónica, sin márgenes ni respiro. Ahora, aun sin dejar de ser quien es, hay márgenes y respira el humorista y el hombre. Uno se encuentra con un tipo de carne y hueso, honesto, tierno en el fondo, tan ingenioso o más que antes. Ha perdido el falsete como ha perdido la punta de la lengua (causa de ese deje del que hablé arriba), cosas que él mismo cuenta, pero da igual, es más, lo hace más grande todavía. Se intuye que su vida no ha sido siempre tan divertida como se podría suponer lo fue en la época de los especiales de noche vieja, pero hace una apuesta por el humor magnífica. Se le podría reprochar un par de comentarios pasados de rosca -que creo desprovistos de malicia- porque no dejará de ser quien es, pero es más que curioso que habla largo y tendido de su paso por los salesianos y el ejército y no habla mal ni sobre los curas ni los militares. Es más, cuenta lo mucho que aprendió tanto con unos como con otros. Añadiré a todo esto que, en los tiempos que corren, es loable la naturalidad con que trata la sexualidad.
No diré que hace ninguna confesión explícita de credo (mas bien explicita que ni él tiene muy clara cuál es su postura oficial), pero no se separa en todo el espectáculo de su medalla de María Auxiliadora que, cuenta con gracia y verosimilitud, le ha sacado de tantos apuros y a la que nombra a cada paso. Se sorprendería Millán si algún devoto le dijera que está haciendo una catequesis mariana más efectiva que la que muchos harían desde el púlpito. Nunca pensé que iba a tener la oportunidad de pedirle desde la butaca un bis y que ese bis fuera la canción del perro de Paca de Carmona y que Millán la cantara:
En el coto Doñana han matao,
han matao a mi perro.
¡Ay qué potito cuando saltaba,
no había otro perro como mi perro…!
Se me llenan los ojos de lágrimas sólo de transcribirla en el ordenador.
Yo tuve la sensación de que Millán Salcedo hoy tiene mucho que contarnos y que no ha hecho más que empezar. Le deseo la mejor de las suertes y que María Auxiliadora le siga protegiendo.
Y para ir terminando se me ocurre que a lo mejor es más probable que la tía progre y atea en la vida real le diga a la sobrina que quiere ser monja: “Cariño, si vas a ser feliz, adelante”. Llegado el momento de la verdad, quién sabe cómo reacciona el corazón.