Sabido es que el histórico Reino de España tiene, en el matritense Palacio de la Moncloa, a un inquilino que, con ego y descaro, desprecia todos los fundamentos de una sociedad orgánica, abierta en el buen sentido y libre. Además, lo hace con un recalcitrante odio sobre Cristo, para empezar, aparte de vulnerar el principio de la Verdad.
Todo ello le ha llevado a un ambiente que trasciende la mera corruptela política, que destaca por una ansias enormes de detentar el poder a toda costa, socavando los principios de la separación de poderes y de la isonomía jurídica. Huelga decir que, aunque no haya fusiles ni tanques, aspira a emplear todos los medios posibles para perpetuarse (propaganda, control del voto por correo, etc.).
De ahí que no deba de sorprendernos su desprecio hacia la libertad, la dignidad y la propiedad privadas que son intrínsecas al Occidente judeo-cristiano de raigambre grecorromana y aristotélico-tomista. Pero aquí se va a otra cuestión que casa más con la actualidad política y económica.
A la tercermundización del país, expresada en el estancamiento salarial, el deterioro del poder adquisitivo, el imparable expolio fiscal y la inseguridad del país se le suma un impulso geopolítico determinante. Se refiere uno a su férreo interés en alinearse a las dictaduras narco-comunistas hispanoamericanas.
Pero es que su afán por erigirse como el «líder internacional antifascista y progresista» le ha llevado a liderar la izquierda más antisemita de Europa, ante lo cual parece, que en ocasiones, negligentes líderes socialdemócratas como Macron y Starmer, y la mismísima Ursula von der Leyen, guardan un grado de prudencia considerable.
Pese a su férreo empeño en «combatir el discurso de odio» y ser pionero en «pseudoherramientas» de nombres tan extraños y cursis como «Hodio», su legado será el estímulo de los mensajes de odio y los linchamientos contra los judíos (hubo episodios relevantes en la pasada edición de La Vuelta Ciclista y, recientemente, en el Cementerio Judío de Barcelona y el Museo Reina Sofía de Madrid).
Dígase pues que la férrea apuesta por el progresismo y la inclusión se ha basado en potenciar la versión woke del Judenfrei que en su día promovió el Tercer Reich alemán bajo el liderazgo de Adolf Hitler. Se ha fomentado el linchamiento contra quienes exhiben la bandera de Israel o, abiertamente, profesan el judaísmo (algo similar al pretérito señalamiento de negocios nazi-germánicos).
De hecho, en redes sociales, se puede ver cómo ha conseguido, indirectamente, granjearse el apoyo de sectores falangistas, neonazis o de otras ramificaciones del «sector turuleco» (que responden a una obsesión patológica contra la libertad económica, apuntando de manera irracional y constante a los judíos, a los seguidores de la Escuela Austriaca, a los homosexuales de derechas y a determinadas prelaturas personales cristianas, sin ruborizar en recurrir para ello a medios de la extrema izquierda frentepopulista).
Así pues, se le habría dado la razón al economista y filósofo austriaco Friedrich August von Hayek, quien explicó, en su libro Camino de servidumbre, que el socialismo tenía una de sus raíces en las corrientes colectivistas que también alimentaron al nazismo, hasta el punto de confluir en un proyecto común de planificación y organización total de la sociedad. Recordaba que todos los proyectos socialistas se basan en una planificación coercitiva que puede desembocar en socialismo.
Hayek señalaba a diversos intelectuales alemanes como precursores del nacionalsocialismo, pese a proceder del socialismo. Recordó, por ejemplo, al socialista de cátedra Werner Sombart y a Johann Plenge, quienes exaltaban la “organización” y la planificación estatal frente al individualismo liberal. En esa misma línea situó a Othmar Spann y a otros autores corporativistas que defendían la subordinación del individuo a la comunidad nacional. Todos ellos fueron generando un clima intelectual colectivista en el que la transición del socialismo al nazismo resultó menos una ruptura que una radicalización de premisas ya asentadas.
Hayek subrayó además que muchos de estos autores procedían de una tradición fuertemente marcada por el pensamiento de Marx, al que en su juventud él mismo había estudiado con atención. A partir de Marx, el socialismo alemán fue desplazando el énfasis desde el internacionalismo obrero hacia la idea de una comunidad orgánica dirigida por el Estado, manteniendo, eso sí, el ideal de superar el capitalismo y someter la economía a la planificación.
Ese giro teórico en cuestión facilitó que sectores socialistas se acercaran al nacionalismo radical y acabaran nutriendo al NSDAP, que conservó el rechazo marxista al liberalismo y al mercado, pero lo reorientó hacia un proyecto explícitamente nacionalista y racial. En este sentido, para Hayek el nazismo no rompía con la tradición socialista alemana, sino que llevaba a un extremo algunas de sus premisas colectivistas y antiliberales.
Ergo, la simbiosis entre neonazis, falangistas y anticrísticos planificadores no debería de sorprendernos (no se incluye a los países árabes en su conjunto porque incluso Catar, con diferencias geopolíticas respecto a Emiratos Árabes Unidos, estaría «recogiendo cable» y cuidando su imagen). Pero lograrlo, lo ha logrado. El grupo terrorista Hamás, al que apoyan más de dos terceras partes de la población palestina, ha vuelto a aplaudir con euforia a Pedro Sánchez, como ya hiciese en 2023. Le agradecen que haya anulado la asistencia diplomática en Israel, retirando a su embajadora Ana Sálomon.
Además, este aplauso se sumaría a la reciente alegría de la República Islámica de Irán, que aplaudía en redes sociales al régimen dictatorial posmoderno de Moncloa por su «No a la Guerra», ese mismo mensaje con el que pretenden que la gente se deje de preocupar por la seguridad en los barrios humildes, la eficacia del ferrocarril o el acceso de los jóvenes a la primera vivienda.
Con lo cual, aunque sea con aires de modernidad progresista e incluyente, ese mismo líder político que ha normalizado en su integridad al brazo político de una banda terrorista vasca está arrastrando a España. Sí, a que sea proyectada en el mundo como un país tercermundista, aliado a regímenes narcocomunistas hispanoamericanos y a países islámicos cerrados a la occidentalización y alegres en cierto modo para el sátrapa ruso Vladimir Putin.