La verdad sobre la brecha de género: ¿las mujeres cobran un 15% menos o trabajan un 15% menos de días?

La celebración del 8M ha sido ocasión de que muchos medios y agencias de noticias, valga la redundancia, hayan vuelto a agitar la injusticia de la brecha salarial de género. Los titulares son que las mujeres trabajan dos meses al año gratis. Bonito y escandaloso titular que confirmaría la opresión del patriarcado y el malvado género masculino sobre la mujer, ¿pero cuánto hay de verdad en el titular?

Como consideración inicial, la existencia real de la brecha de género es casi un imposible metafísico y desde luego legal. Si las mujeres trabajaran gratis dos meses al año no habría ni una mujer en paro. Ningún empresario contrataría a un hombre pudiendo pagar dos meses menos a una mujer por hacer lo mismo. Los eslóganes feministas contienen muchas veces su propia refutación en el enunciado. Por otro lado, pagar menos a una mujer que a un hombre por el mismo trabajo es absolutamente ilegal. No es ya que cualquier mujer podría denunciar esa situación y no habría juzgado laboral en España que no condenara a la empresa, es que habría que pensar, para que esa situación fuera posible, en una complicidad absoluta de todos los sindicatos con los empresarios en esa discriminación laboral no denunciada. Por no hablar de la administración, en la que también existe la brecha de género.

Si entramos a analizar los artículos que se han publicado y tienen la decencia de explicar la metodología utilizada para medir la brecha de género, nos encontramos con una situación sorprendente. ¿Cómo se mide la brecha de género? Se toma el promedio de lo que cobran todas las mujeres, se toma el promedio de lo que cobran todos los hombres y se comparan, ¿pero estamos comparando lo mismo? Por ejemplo, ¿hay el mismo porcentaje de titulados en el lado masculino que en el femenino? ¿Qué trabajos escogen mayoritariamente los hombres y qué trabajos escogen las mujeres? Es decir, comparar sin más el grupo de las mujeres y el de los hombres no tiene sentido si a un lado y otro hay porcentajes distintos de ingenieros y empleadas del hogar. La comparación adecuada sería, ¿cobra lo mismo una ingeniera que un ingeniero? Como mucho, se podría sostener que la brecha salarial no es tal, sino que la brecha se produce en la formación, y efectivamente puede haber una brecha de género en la formación académica y laboral tras la brecha salarial, pero esa brecha no existe ya, habría que buscarla en las generaciones con más de 50 años. Actualmente, de hecho, son apreciablemente más las mujeres con estudios superiores que el porcentaje de hombres.

Así y todo también hay que tener en cuenta las carreras y profesiones que mayoritariamente escogen las mujeres, porque tampoco escogen lo mismo. Una vez más habría que comparar lo que gana una enfermera con lo que gana un enfermero, lo que gana un profesor con lo que gana una profesora, o lo que gana un fontanero con lo que gana una fontanera. Si no, no estamos comparando conjuntos realmente homogéneos y no sabemos si realmente existe una brecha de género injusta. Es injusto que la mujer cobre menos por hacer el mismo trabajo, pero para eso hay que partir de la base de que efectivamente estamos comparando que están haciendo el mismo trabajo, cosa que no se hace cuando se mide la supuesta brecha de género.

Abundando en la idea anterior llegamos a una de las cuestiones fundamentales en este debate, que es el número efectivo de horas trabajadas. Sería injusto que las mujeres cobraran menos que los hombres por hacer el mismo trabajo, pero a lo mejor no estamos comparando a mujeres y hombres con el mismo trabajo cuando hablamos de la brecha de género, y tampoco de si trabajan las mismas horas. Si la brecha de género se explica por tener trabajos distintos o trabajar distinto número de horas, entonces no hay ninguna injusticia.

Efectivamente los datos del INE nos confirman que los hombres trabajan alrededor de un 17% más horas que las mujeres, por tanto cuando comparamos el promedio de lo que cobran los hombres con el promedio de lo que cobran las mujeres no se está teniendo en cuenta, además de muchas de las cuestiones anteriormente citadas, que los hombres trabajan más horas y que las mujeres tienen más contratos parciales. El promedio de las mujeres cobra dos meses menos que el promedio de los hombres porque trabaja dos meses menos. El debate entonces podría ser por qué las mujeres dedican menos horas al trabajo y más a la maternidad o los cuidados, y si esto es una elección libre y por tanto no fruto de ninguna imposición. En cualquier caso la brecha salarial no sería por ser hombre o mujer, porque habría la misma brecha entre un hombre y una mujer que entre una mujer que hubiera elegido los cuidados y la maternidad y una mujer que no hubiera tomado esa elección. ¿Queremos por otro lado eliminar la maternidad para cerrar la brecha salarial? Podemos en cambio compensar esa brecha para no perjudicar la maternidad, pero no estaríamos ante una discriminación de género sino ante una diferencia real de horas trabajadas que compensaríamos no por ser injusta o impuesta, sino para no desincentivar o penalizar la maternidad.

Llegamos así a la conclusión final de que la brecha de género es un mito, un bulo, una herramienta propagandística para construir un falso relato sobre la dominación masculina y la maldad de los hombres. La principal razón por la que persiste este relato de la brecha de género, que compran incluso muchos políticos de la derecha, es que es un tabú que no se permite discutir pese a la evidencia de los hechos, como la delincuencia importada. Cuando no se puede hablar de algo o ponerlo en cuestión es que probablemente se trata de una afirmación desrazonada, tanto más prohibida cuanto más desrazonada. La única razón por la que multitud de medios y políticos siguen hablando de la brecha de género es porque no está permitido dudar de ella bajo acusación de machismo. No estamos por tanto ante una cuestión de datos y hechos sino ante una cuestión de atreverse o no a cuestionar el discurso único obligatorio.

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