El udaleku de Bernedo, la Isla de Epstein abertzale

El udaleku de Bernedo es un campamento de verano cimentado según sus propios organizadores, la organización Sarrera Euskal Udaleku Elkartea, en «el euskera, el feminismo y el auzolan». Bueno, en eso, las duchas nudistas con los monitores y las prácticas raras y obscenas con los niños, según están denunciando muchas familias. Hablamos de menores entre 13 y 15 años que están narrando un infierno sobre el que ya investigan la Ertzainza y la Fiscalía.

Los menores refieren no sólo la normalización de las duchas en común en las que las participaban desnudos no sólo los niños sino también los monitores. También se llevaban a cabo prácticas de cocina desnudos. Otra costumbre en el campamento era al parecer que los niños tuvieran que chupar los dedos de los pies a los monitores para poder conseguir la merienda. Hay niñas menores que están relatando cómo al principio se negaban a ducharse, pero que al final tuvieron que acceder por la presión de los monitores y porque si no pasaban los días y no podían ducharse y tener higiene.

De todo lo anterior se están conociendo no sólo los testimonios de los menores y las denuncias de sus familias sino incluso las cartas que estos menores enviaban a sus casas durante los días de campamento. Esas cartas manuscritas que les llegaban a los padres una vez concluido el campamento son ahora una prueba de cargo.

En defensa de las actividades del campamento, sus organizadores alegan que está siendo víctimas de una campaña de bulos y de «ataques transfobos». Aseguran los responsables que los monitores normalizaban las duchas mixtas bajo el pretexto de que si algún niño no se identificaba con el género masculino o femenino podía sentirse, literalmente, «categorizade».

Por los datos que se van conociendo gracias a los padres, varias niñas han quedado traumatizadas tras su paso por el campamento y han tenido que recibir atención psicológica. Los responsables del campamento defienden las duchas mixtas para que los niños experimenten conjuntamente y con los monitores su propia desnudez y su cuerpo con naturalidad.

No es lo menor en todo este escándalo que ya el año pasado al menos un educador advirtiera a la Ertzaintza de lo que estaba pasando. La denuncia cayó en saco roto. No sólo eso. Este verano el caso ha saltado a la luz por medio del testimonio público de varias familias afectadas en un digital, elcomun.es, después de que la organización responsable del campamento y las instituciones vascas se desentendieran de sus denuncias. Básicamente las autoridades parecen no haber hecho nada eficaz hasta que ha saltado el escándalo.

Desde luego en las redes sociales de la organización en las que se promocionan estos campamentos no aparecen imágenes ni descripciones de todas estas escandalosas actividades. No serán tan normales por tanto cuando las ocultan para que los padres no sepan dónde mandan a sus hijos. Cuando ciertas actividades y sus consecuencias son por otro lado indistinguibles de un abuso es que son un abuso. Aquí no hablamos sólo de un mal servicio, de un mal cuidado o de una baja calidad, sino de algo mucho más oscuro y probablemente contemplado en el Código Penal.

Por otra parte, en este caso no pueden dejar de señalarse dos realidades preocupantes. Mezclar en las duchas y otras actividades a los niños y niñas desnudos, añadiendo a continuación a los monitores, no es sino la culminación de una lógica perversa que ya hemos encontrado en nada menos que programas educativos obligatorios como Skolae. La lógica de la eliminación de los géneros conduce efectivamente en último término a las duchas y los vestuarios comunes. La normalización de la desnudez a que tras mezclar a los niños y las niñas desnudos aparezcan también desnudos los monitores. La excusa de la desexualización de la sexualidad (?) a que los niños interactúen entre sí o los monitores con los niños de forma inapropiada y como si todos fueran adultos. Como todo son tabúes sociales impuestos por el patriarcado y el capital y es el monitor el que decide todo lo que no es imposición, los niños acaban duchándose con él y en el mejor de los casos chupándole el pie.

Si además todas estas actividades inmorales (y seguramente a pesar de todo aún ilegales) se practican al abrigo de la lucha contra la transfobia, y bajo la etiqueta del feminismo y la euskaldunización, se convierten prácticamente en inatacables. Hemos creado una sociedad en la que es un estigma mayor ser acusado de tránsfobo, machista o euskarafóbico que ser acusado de ducharse desnudo con niños o hacerles chuparte el pie a cambio de la merienda. Por eso las denuncias no han prosperado. Por eso la autoridad incompetente no ha empezado a decir que va a hacer algo hasta que se ha desatado un escándalo social. Nos devora como sociedad el monstruo devorador que hemos decidido crear. Que un escándalo como este brote en un ámbito en el que ciertos eslóganes se abrazan con particular intensidad quizá no es casual.

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