Ikurriña o nada. La ablación nacionalista.

El nacionalismo vasco exige a los ciudadanos de Navarra y Euskadi que elijan entre sentirse vascos y sentirse españoles. No admite que uno pueda ser vasco y español al mismo tiempo. He ahí donde radica el veneno, el origen de todos los problemas y la diferencia entre el nacionalista y el no nacionalista. Ser nacionalista consiste en aprender a que la mitad de lo que uno es rechace a la otra mitad. Para el 99% de los habitantes de Euskadi y Navarra, esto supone dejarse amputar voluntariamente la mitad (al menos) de su identidad y su pasado. Supone tener que elegir voluntariamente entre el padre y la madre y suprimir a uno de los dos. Renegar de uno de los idiomas que habla; o más estúpido aún, renegar del único idioma que habla. Renegar de sus raíces, de su pasado, de su historia, incluso de sus apellidos, que deben ser adecuadamente euskaldunizados. El nacionalismo vasco enseña a sus adeptos a sentirse impuros, manchados, contaminados por una parte de sí mismos de la que tienen que liberar a la otra hasta pensar que jamás existió. El objetivo final del nacionalismo vasco es obligar a la población a acudir a un referéndum en el que decida (ni siquiera de forma totalmente voluntaria) su mutilación definitiva. Ante este mensaje que pretende una “construcción nacional” de ciudadanos tullidos, mutilados y amputados, es urgente avisar a todo el mundo de que esto es falso. Nadie está obligado a tomar la decisión traumática de amputarse nada. Es posible sentirse vasco y español, mucha gente se siente intensamente ambas cosas y es la prueba evidente de que es posible, por eso la existencia de esta gente molesta tanto al nacionalismo. La ablación nacionalista es un mito. Existe un nacionalismo vasco que dice ikurriña o nada, como acabamos de ver en la respuesta que ha dado el gobierno de Euskadi a una sentencia del Supremo, pero la actitud del lehendakari no tiene equivalencia en el lado no nacionalista. La ikurriña, en la mentalidad nacionalista de Ibarreche, presupone la exclusión de la bandera española y viceversa, más aún en el caso de la bandera de Navarra a la que la ikurriña, en definitiva, no trata sino de suplantar. Para los no nacionalistas, en cambio, no hay problema alguno en que la bandera española ondée junto a la ikurriña. Que no se equivoque nadie por tanto a la hora de señalar quién es el intolerante, el excluyente y el que genera un problema de convivencia. Si uno tuviera que cortarse una pierna para entrar al PNV, en Sabin Etxea sólo habría telas de araña. Que nadie sea pardillo y piense distinto porque lo que le obligan a amputarse no sea una pierna sino una parte de sus raíces y de su pasado común. Y como la ablación nacionalista es un mito y una exigencia artificial sólo exigida por el nacionalismo, no se ampute usted nada, no renuncie a nada de lo que es y encuentre en ello un buen motivo para no hacerse nacionalista.

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