Otra vez la soberanía alimentaria y energética

El cierre del estrecho de Ormuz pone en riesgo el tráfico global de petróleo y gas, aseguran algunos titulares que también extienden el riesgo a los alimentos y todo tipo de suministros. Parece sin embargo a la vista de un simple mapa que se trata de afirmaciones un tanto exageradas. El estrecho de Ormuz es efectivamente un cuello de botella, pero sólo para el tráfico por el Golfo Pérsico. Desde luego hay una afectación para el petróleo, ya que implica el tráfico de Emiratos o Kuwait o parcialmente de Omán y Arabia Saudí, pero no es tan preocupante para todo lo demás. Irónicamente es China uno de los países más hipotéticamente afectados por su dependencia del petróleo árabe. Otra cosa, sin embargo, es que realmente nos encontremos ante un problema de suministro como el que se produjo durante el cierre pandémico.

El escenario de la pandemia fue bastante más preocupante que el de Irán porque en aquel caso sí que hubo un problema global y no puntual como el que ahora enfrentamos. Los confinamientos, paralización de actividades y cierres de fronteras se extendieron por todo el planeta. La situación por tanto no es comparable en absoluto. Ni lo es por la extensión, ni lo es por el tiempo que pueda durar la capacidad iraní de atacar el tráfico marítimo. En este caso además puede que la propia China esté interesada en garantizarlo. Es decir, casi con total seguridad China está ofreciendo a Irán inteligencia e información que obtiene de sus satélites para atacar las bases estadounidenses. Si China quiere garantizar su propio suministro de combustible, es probable que condicione su asesoramiento a Irán a que Irán no bloquee el tráfico marítimo. Por otro lado, toda lanzadera de misiles iraní que revele su posición con un lanzamiento puede darse por destruida en cuestión de minutos. Es de prever por tanto que la capacidad iraní para seguir lanzando ataques decrezca de forma sustancial en cuestión de días.

Sea como sea, aunque sin alarmismos, volvemos a tener sobre la mesa el problema de la soberanía alimentaria o la soberanía energética. No tenemos un problema permanente, pero tenemos problemas puntuales que se suceden permanentemente y hay que contar con ellos porque seguirán ocurriendo. Podemos aguantar un tiempo sin chips de memoria RAM, pero sin comida y sin energía no podemos pasar. Existen ámbitos por consiguiente en los que el suministro tiene que estar garantizado de forma constante, y esto es casi imposible careciendo de soberanía energética y alimentaria, o sea produciendo nuestra propia energía y nuestra propia comida.

No está de más por consiguiente volver a preguntarnos de nuevo qué estamos haciendo con nuestro modelo energético y con nuestro sector primario. Todos los pactos que estamos abrazando destruyen nuestra autonomía energética y alimentaria. Desde la Agenda 2030 hasta el Pacto Verde, pasando por Mercosur, habría que abandonar todos esos compromisos que nos abocan a la dependencia, la ruina y por tanto a la sumisión. Hay quien en este momento reivindica las renovables por este mismo motivo, y efectivamente las renovables son deseables en una cierta proporción del mix energético, pero no es posible garantizar el suministro y la estabilidad de la red sin el respaldo de fuentes de energía disponibles 24/7 a demanda, como el gas o la nuclear. Puesto que no tenemos gas, y el gas natural emite además CO2, no queda tampoco otra apuesta razonable que la energía nuclear.

La crisis de Irán seguramente pasará y lo hará sin tardar demasiado, pero habrá más crisis. No sabemos cuál será la próxima crisis ni donde pero si de algo tenemos certeza es de que siempre hay crisis. Para afrontar las crisis futuras no hace falta ser adivino, sólo hace falta observar las carencias, dependencias, debilidades y riesgos que estamos afrontando con las crisis de los últimos tiempos.

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