El fracaso económico sanchista del modelo de crecimiento hindú

Hace tiempo que Pedro Sánchez se ha salido del modelo occidental para gobernar. El modelo occidental es incompatible con las necesidades de Sánchez. De entrada, para llegar a la presidencia Sánchez necesitó asociarse con partidos que son enemigos declarados de las democracias occidentales, y cuyos referentes son China, Cuba o la URSS. Además las otras patas de Sánchez eran los golpistas catalanes y el partido del etarra secuestrador. ¿Cuál iba a ser el resultado de mezclar agua con cianuro? ¿Qué el cianuro se volviera inofensivo o que se envenenara el agua? Pero eso sólo era el principio, cuando conseguir el poder era el fin y no sólo un medio.

Cuando Sánchez llegó a la Moncloa el poder era un fin. Ser presidente era la meta. La presidencia era suficiente para su egolatría. Pero conforme han ido estallando todos los casos de corrupción en su entorno familiar y en la cúpula de la organización del PSOE, el poder para Sánchez ha dejado ser un fin para convertirse en un medio, el medio para evitar responder ante la justicia por todos los casos de corrupción. La estrategia jurídica de la defensa de Sánchez es mantener el poder, seguramente porque no tiene otra estrategia eficaz. Conservar el poder como sea no es ya por tanto una opción sino una necesidad. Esto por supuesto nos saca del bloque occidental y nos alinea junto al totalitarismo internacional. No es no a la guerra, sino sí a la corrupción.

Mantener el poder como sea implica cambiar el censo importando millones de votantes y esto tiene tanto consecuencias en el campo político, pero también en el terreno económico. También en el espacio económico cambiamos de alienación como resultado inevitable de lo anterior. De este modo, la importación de millones de inmigrantes aparte de buscar el voto de Sánchez nos aboca a un nuevo modelo en que el crecimiento económico ya no se basa en la cualificación y la productividad de la población, sino en la mano de obra barata y sin cualificación. Ya no seguimos el modelo sueco o danés sino el hindú. Sánchez presume de que crece el PIB y la ocupación, pero eso es no ya lo normal sino lo inevitable, al menos por un tiempo, cuando se dispara el crecimiento poblacional. El problema es que más población no significa más riqueza en términos relativos. La India es el país número 1 por población, pero sólo el 6 por PIB y nos desplomamos al puesto 140 si hablamos de PIB per cápita. Más población no implica más riqueza. La India tiene la sexta tarta más grande del mundo, pero como toca repartirla entre 1.500 millones de hindúes tocan a una migaja de tarta para cada uno.

Lo mismo está sucediendo en España ahora que Sánchez ha convertido nuestra economía en un modelo que crece por población y no por productividad. Crece el PIB, al menos de momento, pero crece menos de lo que crece la población. En consecuencia, el tamaño de la tarta crece menos que el número de comensales y cada vez tocamos a menos tarta. Por eso no es que nos percibamos como más pobres que hace unos años pese a las palabras de Sánchez, es que efectivamente tenemos cada año menos tarta en el plato. Adiós Occidente, hola la India.

Políticamente, el modelo confeso ya es China. Teniendo ya controlada la mayoría mediática, el censo, la justicia y la policía, el siguiente objetivo son las redes sociales. En la admirada China de Sánchez e Iglesias, la gente no tiene libre acceso a X, ni a Youtube, ni a Instagram, ni a Whatsapp, ni a Google, ni a Facebook. Las causas judiciales de Sánchez, su entorno y su partido son un problema sólo en el modelo occidental. Esto no pasa en China. Pues no pasa nada, cambiamos el modelo y ahora apostamos por un nuevo orden mundial encabezado por la dictadura de Xi Jinping. No es que el modelo chino o hindú sean maravillosos, es que la alternativa es la Audiencia Nacional, el Supremo, la Fiscalía Anticorrupción y Peinado.

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