Abordar acertadamente el diagnóstico de los problemas de fondo de Europa es una cuestión esencial para poder evadir el camino al precipicio en el que estamos avanzando. Sabedores de esto, algunos sencillamente tratan a toda costa de evitar el debate y hablar siquiera de estos problemas de fondo. Cuestionar la agenda no está en la agenda. Europa es una especie de palabra fetiche que convierte todo en indiscutible, como si Bruselas fuera una instancia divina. Todo lo bueno viene de Europa, si tenemos algún problema la salvación también llegará desde Europa. Si Europa nos envenena no tenemos ninguna defensa, porque no tenemos anticuerpos para filtrar nada que llegue de Europa. Europa es el bien absoluto. Entonces, ¿por qué van las cosas tan mal estando en Europa? ¿Nos va a salvar la Unión Europea de los problemas generados por la Unión Europea? ¿Quién escribe la agenda europea? ¿Cómo hemos llegado a pensar que si la agenda europea nos salvará o nos condenará no depende de lo que escribamos nosotros en esa agenda? ¿En qué momento hemos acogido acríticamente que la agenda nos llegue escrita por otros?
Respecto a todas las cuestiones ha tenido lugar un interesante diálogo entre el economista Daniel Lacalle y Jorge Buxade en el canal de Youtube del primero. Como todo el mundo sabe, los grandes debates tienen lugar en nuestros tiempos en el ámbito digital y las redes sociales, por eso precisamente los poderes dominantes tienen tanto interés en ponerles coto. No es por todas las cosas malas que puedan pulular por las redes sociales, que efectivamente pululan, sino porque los gobiernos echan de menos ese mundo en que con cuatro llamadas a directores de periódicos o dueños de un canal de televisión tenían la información controlada.

Que Jorge Buxadé es eurodiputado y vicepresidente de VOX son hechos bastante conocidos, pero es mucho menos sabido que, desgaste de codos mediante, es además abogado del estado. También resulta reconfortante en la conversación escuchar a un político español que haya leído y pueda citar a Ludwig von Mises, uno de los padres de la Escuela Austriaca de Economía. Lamentablemente padecemos una clase política en la que ni los comunistas se han leído el Manifiesto Comunista y en la que hay figuras, incluso al máximo nivel, que han plagiado más textos que los que han leído en su vida.

¿Por qué una región tan potente, rica y educada como Europa se encuentra paralizada? ¿En qué momento y por qué ha dejado de ser una potencia pujante? ¿Por qué se han gripado las tradicionales locomotoras del continente? Europa ha dejado de ser una potencia en todo lo demás en el momento en que se ha convertido en una potencia burocrática. La UE es una acumulación de estructuras burocráticas de tal calibre que hasta la propia cúpula es redundante, con una absurda y encarecedora duplicidad en Estrasburgo y Bruselas. La burocracia nacional española es inmensa, pero por si fuera poco toda la burocracia estatal española sólo es un engranaje en una burocracia europea todavía mayor. Como toda gran burocracia elefantiásica, la europea es grande, lenta, torpe, ineficiente y carísima. Pero además es extremadamente débil, como cualquier mecanismo innecesariamente complicado y lleno de piezas prescindibles. Aquí tenemos por tanto el primer problema. Buxadé y Lacalle coinciden en la necesidad de un cambio de paradigma. No se trata de cambiar los planes, sino de desplanificar Europa. La planificación y la híperegulación nos asfixian. En China o la antigua URSS había menos planificación estatal que actualmente en la Unión Europea. Cuando un plan de la burocracia central absoluta no funciona, en vez de desplanificar se hace otro plan para tratar de solucionar los desastres generados por el plan anterior, que por supuesto sea todavía más ambicioso, más caro, más intrusivo y más desastroso que el anterior. Frente a esto Buxadé y Lacalle apuestan por un plan de adelgadazamiento y puesta en forma, un “estado fit”, que cambie totalmente su enfoque para pasar de ser un estado obstaculizador a ser un estado facilitador de cualquier proyecto, iniciativa, empresa o innovación.
“El déficit comercial europeo con Pekín fue en 2025 de 1.000 millones diarios, el doble que antes de la pandemia”
— miquel alberola (@miquelalberola) June 15, 2026
China y la UE se encaminan a una gran colisión https://t.co/oCbB1Uob8F
No sólo es que el regulacionismo sea un mal en sí mismo, sino que además todo se regula en un sentido autodestructivo y funesto. En este sentido cabe citar la inmigración descontrolada y masiva que está dando lugar, por un lado, a apabullantes problemas de seguridad, convivencia, vivienda, calidad de los servicios públicos o costes de las pagas y ayudas públicas, y por otro a una evidente situación de reemplazo cultural y poblacional. Se nos está vendiendo el encuentro de culturas como una bendición, pero el hecho es que, primero, los encuentros de culturas siempre son conflictivos, y segundo que el resultado de ese encuentro depende de cuál sea la cultura dominante. Es decir, del encuentro entre los romanos y los hispanos, los galos o los germanos, resultó una civilización superior porque predominó la cultura grecolatina y cristiana. Cuando en cambio el encuentro fue con los bárbaros y fueron estos los que predominaron, se produjo la caída del Imperio y el medievo. Daniel Lacalle aportó un dato significativo: entre los inmigrantes musulmanes en Gran Bretaña hay más que se alistan al ISIS que al ejército británico. No está mal como síntoma. Las oleadas de inmigrantes que llegan a Europa no llegan de un lugar más próspero con una civilización superior. O ellos se convierten a nuestro modelo de civilización y nuestros valores, o nuestro hogar se convertirá en la clase de sitio pobre y violento del que ellos están viniendo.
Los incendios de iglesias cristianas alcanzan en mayo su cifra más alta del año en Europa.
— THE OBJECTIVE (@TheObjective_es) June 13, 2026
Lo cuenta Pablo Salvador (@pabloigles).
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Además de la inmigración masiva y descontrolada, el otro gran lastre de la agenda europea es la llamada transición energética. Europa impone a sus empresas los llamados ETS (Emissions Trading System), o derechos de emisión de CO2, en virtud de los cuales sólo se puede emitir una cantidad determinada y decreciente de CO2 y para hacerlo hay que pagar el coste de esos derechos. Esta política impone unos costes reales salvajes (directos e indirectos vía electricidad) que afectan especialmente a sectores intensivos en energía como el acero, cemento, química, fertilizantes y aluminio. Esto genera desindustrialización relativa, pérdida de competitividad y cierre o relocalización de capacidad productiva. El sistema actúa como un arancel interior o impuesto al desarrollo. Al encarecer sistemáticamente la producción dentro de la UE (mientras la energía es ya más cara por dependencia externa), penaliza la inversión y la expansión industrial europea frente a competidores globales. Las industrias europeas compiten en un mercado mundial donde el precio del carbono es cero o muy bajo en la mayoría de países. Esto no solo frena el crecimiento interior, sino que distorsiona la asignación de recursos: las empresas destinan capital a cumplir regulaciones en lugar de innovar o expandirse. Además se genera un mercadillo en el que, al ser decrecientes, los ETS cada vez cuestan más, los precios son más asfixiantes, y quienes emiten menos de lo permitido trafican con sus ETS con los que necesitan emitir más.

La agenda extremista verde no sólo destruye la competitividad industrial europea, o eleva hasta niveles disparatados el precio de la energía, y con el precio de la energía el precio de todo lo demás, también destruye el sector primario condenando a los agricultores, ganadores y pescadores a la extinción, con sobrecostes, limitaciones y normativas que sin embargo no tienen que cumplir los países extranjeros que inundan los mercados europeos con sus productos. Estamos autodestruyendo el mercado de la automoción, nuestra industria languidece por falta de competitividad, el sector primario amenaza con la extinción, y respecto a la IA y las nuevas tecnologías lo único que tenemos son normativas. ChatGPT, Claude, SpaceX, Tesla, Amazon, Instagram, Youtube… ¿Dónde están las grandes empresas equivalentes europeas que garanticen nuestra pujanza futura? Seguramente un cierto nivel de normas o de fiscalidad es imprescindible, como de azúcar o de rayos ultravioleta, pero a partir de cierto punto la proporción empieza a ser venenosa. El único producto en el que ahora mismo somos imbatibles los europeos en en inventarnos regulaciones y normativas, cada vez más limitativas y catastróficas. Además de que así nunca nadie se hizo más rico, tampoco se hizo nunca nadie más libre emitiendo más y más normas. O conseguimos convertir los estados de la UE en esos estados “fit” de los que hablan Lacalle y Buxadé, o sólo nos queda morir en la cama víctimas de la obesidad mórbida. ¿Nos hemos envenenado solitos o nos han ayudado desde fuera? Sea como sea, si no damos un giro ahora nos habremos comido el veneno del plato a dos manos.