La hoguera islamo-izquierdista asola Europa Occidental

El mes de julio fue, en países como España, un mes intenso en materia de incendios forestales. Este tema fue ocasionalmente utilizado como arma política, en función de las demarcaciones regionales en las que ocurriese. Y sí, es cierto que estos se han vuelto cada vez más frecuentes debido a la absurda burocracia que impide limpiar los montes en las temporadas de bajas temperaturas.

Ese mismo mes acabó con un escenario meridional de «guerra híbrida» que no solo ha puesto en estado de sitio, caos y pérdidas económicas a un enclave de las Españas en el Norte de África. Este también ha supuesto un desafío para toda Europa, despertando preocupaciones no solo entre los sectores más escorados hacia la derecha en su sentido más amplio. Ceuta y Melilla están situadas en una frontera exterior de la Unión Europea, como ocurre entre Bielorrusia y países como Polonia y Lituania.

Nada de esto era una novedad, sino algo que podía esperarse debido al tipo de criterios que rigen el ordenamiento político de España y de buena parte de los Estados-miembro de la Unión Europea. El caso es que, posteriormente, a lo largo del mes de septiembre, se dispararon las preocupaciones sobre una posible incursión del Kremlin de Rusia en la zona OTAN, tal y como lo sugerían ciertas provocaciones del sátrapa totalitario Vladimir Putin.

No se ha entrado, ciertamente, en una guerra militar como tal entre la OTAN y el Kremlin de Rusia. No obstante, hay ahora mismo una tensión mucho más notoria en las zonas que están más alejadas de las fronteras con países eslavos orientales y rusoparlantes en cierta proporción. Le interese o no a Rusia por cuanto y en tanto pueda desear el desgaste socio-económico de ciertos «bloques», lo cierto es que ha confluido con la nada sorpresiva incursión exponencial de los bárbaros en buena parte de los conglomerados metropolitanos europeos así como con los intereses particulares o colectivos de las distintas fuerzas de carácter izquierdista. Los matices varían, aunque haya ciertos patrones sugerentes.

En España, la amenaza subversiva comenzó en un momento de «estratégica precampaña electoral». Se aprovechó el deshaucio de una mujer con un significativo poder adquisitivo que estaba pagando un precio inferior a las estipulaciones del mercado en una zona altamente cotizada de la almendra central metropolitana para controlar el relato en una convocatoria electoral por parte de las figuras humanas que son capitales en el entramado mafioso e intervencionista que gobierna España. Y sí, se sabe que este puede perder el poder, pero necesita amenazar a la «coalición de derechas» (y a ciertos gobiernos autonómicos que no controlan) con excusas como la vivienda (pese a la progresiva ausencia de libertad inmobiliaria), la educación y la sanidad. De hecho, se puede ver la violencia en recientes actos de Santiago Abascal en Galicia y en Asturias.

En Portugal se intentó hacer una expansión paniberista de «la causa contra la especulación y los fondos buitre» (contretamente en Oporto y en Lisboa). No obstante, a diferencia de lo que se estipula en la delegación del Gobierno de España en Madrid, no se considera que deban de aprovechar el legítimo derecho a la protesta para distorsionar la paz pública y degradar el entorno de modo que se altere la libre circulación de turistas, trabajadores, residentes y otros transeuntes del espacio público.

En Italia se ha optado por incendiar las calles de los prósperos núcleos metropolitanos septentrionales (principalmente, el de Milán), donde hay un movimiento masónico y bolchevique bastante bien organizado así como unas guetificaciones halal que deberían de empezar a preocupar. La excusa fue el «coste de la vida» (aprovechando además que existe una coalición de derecha que tomó conciencia del asunto y consideró el despliegue militar así como los mecanismos de detención preventiva), igual que en el hipertofiado, endeudado y estrangulador Estado francés se intentó alegar al pretexto de los «recortes en educación» cuando se trata de uno de los principales focos de la caída de Occidente, como ocurre, en el caso español, en la metrópoli de Barcelona.

El patrón, allá donde se ha ido más allá de la sentadilla y la acampada, siempre es el mismo. Grupos violentos escorados a la extrema izquierda junto a inmigrantes musulmanes indispuestos a adaptarse en la sociedad que les ha acogido (y a veces les mantiene coactivamente por medio del efecto llamada del Bienestar del Estado) optan por alterar gravemente el orden público. No solo incendian contenedores y lanzan piedras contra vehículos policiales, sino que destruyen establecimientos comerciales sin piedad y permiten que se roben los objetos presentes en los mismos. De igual modo, aparte de amenazar a viandantes, siempre hay una serie de mensajes comunes contra el capitalismo, contra la libre empresa y en favor del islamismo (de ahí que se aprecien varias banderas palestinas y que pueda haber varios MENAS implicados).

Eso sí, pensar que lo más grave solo puede pasar en Barcelona o en París es un grave error que puede estar vinculado a la cerrazón ocular que aún persiste en nuestras sociedades. Para empezar, cualquier ciudad debe de estar en alerta ante estos movimientos, teniendo en cuenta posibles particularidades para ser honestos. Por ejemplo, la presencia de las bandas latinas en Madrid (en cuyas acampadas participa el grupo terrorista islamista y pro-Hamás llamado Samidoun) o la influencia de la kale borroka y de otros entornos de la izquierda abertzale en las Provincias Vascongadas y en el viejo Reyno de Navarra. Incluso habría que prestar atención a los entornos universitarios donde hay bastante hostilidad contra los estudiantes que no casan con ciertas consignas, como se puede apreciar en los entornos activistas y bolcheviques de la UCM, la EHU-UPV y la UAB, inter alia.

Hay un acuerdo consuetudinario e internacional entre la izquierda y el islamismo para subvertir el orden y la paz pública en la Civilización Occidental. Principios como la propiedad privada y las libertades concretas están seriamente amenazados. La izquierda pretende explorar nuevas vías políticas y culturales para implementar el Estado Único, atomizando al máximo a los individuos y anulando sus creencias religiosas para que tengan una mayor fe cortoplacista estatista. Mientras, el islamismo es empleado por la primera por cuanto y en tanto quiere arrebatar cualquier atisbo aristotélico-tomista, grecorromano y judeo-cristiano. Sí, se focaliza en el islamismo, ya que hay países islámicos que son mucho más seguros y prósperos que ciertas urbes europeas, aparte de estar más abiertos a la occidentalización (precisamente, los Emiratos Árabes Unidos, si bien es cierto que otros países como Catar, Jordán y Barein apuestan por una inmigración controlada y no admiten a cualquier «inmigrante musulman», como ocurre con los palestinos).

Nada de esto ha de intimidarnos, sino llevarnos a tomar conciencia. Hay que evitar pedir perdón ante una izquierda que nos empobrece económica y moralmente, explorando nuevas fórmulas de esclavitud, lavado cerebral y sumisión. Pero igualmente hay que ser consciente de que no solo hubo bárbaros cuando el Imperio Romano pudo caer, sino en la actualidad. Precisamente, regidos por las interpretaciones más extremas de una «religión» articulada como ideología política» o dominados por unos criterios tercermundistas y de arraigo nulo ante las sociedades en las que han recibido demasiados beneficios. Y sí, mano dura por la vía penal contra aquellos que perturbe la paz pública y declare el terrorismo callejero. La sociedad abierta no es lo que los «jefecillos» de las turbas revolucionarias contemporáneas nos hacen creer.

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